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Las vidas de los negros (del jazz) importan

Las vidas de los negros (del jazz) importan

Están las estadísticas y están las personas. Las estadísticas apuntan a que en Estados Unidos un ciudadano afroamericano desarmado tiene cuatro veces más probabilidades de morir por disparos de la policía que uno blanco. Y eso que los negros son solo un 13% de la población. Preguntadas por este periodista, las personas afrodescendientes corroboran con su testimonio lo que las estadísticas permiten intuir: el racismo institucional y su derivada de la violencia policial. Es casi imposible encontrar un estadounidense negro que no tenga para compartir al menos una mala experiencia con las fuerzas de seguridad. “Cada vez que se encienden las luces de un coche patrulla”, comparte el pianista Orrin Evans.

El asesinato el 25 de mayo en Mineápolis de George Floyd, cuando se encontraba bajo custodia policial, ha prendido la mecha de unas protestas que comenzaron en esta ciudad del medio oeste estadounidense y se han propagado por medio mundo. El vídeo de los 8 minutos y 46 segundos en que Floyd se asfixia bajo el peso de la rodilla de Derek Chauvin, un policía blanco con casi una veintena de quejas en su expediente policial, ha despertado la conciencia de millones de personas. Entre ellas, la del saxofonista Scott Robinson, que hizo sonar su saxofón contrabajo el mismo tiempo que duró el linchamiento de Floyd. “¿Cuánto son 8 minutos y 46 segundos?”, se preguntó. Como respuesta grabó una “pieza de protesta” que logró ejecutar durante ese tiempo exacto y sin interrupción gracias a un ejercicio de respiración continua. Irónicamente, aquello que le robaron a Floyd. “No fue divertido de hacer”, confiesa Robinson. “Y probablemente tampoco es más divertido de escuchar. Pero no debería serlo”, reflexiona.

La Casa Blanca de Donald Trump ha negado que exista el racismo institucional, pero las estadísticas, de nuevo las estadísticas, muestran unas disparidades económicas que difícilmente encuentran explicación si no es la de unas estructuras de estado que funcionan a favor de unos y en contra de otros. Según datos del censo, en 2017 una familia blanca tenía unos ingresos medios anuales de cerca de 70.000 dólares, por 40.000 en el caso de los afroamericanos. Larry Kudlow, asesor económico del presidente, niega el racismo. Según el saxofonista JD Allen, lo niega porque “no habla para todos los estadounidenses sino para un grupo en particular”. Pero Allen, que es negro y nació en Detroit, una ciudad de mayoría afroamericana, advierte que el “racismo de la piel” es una “distracción” contra el verdadero problema: el sistema económico. “Da lo mismo que no tengamos la misma cultura, lo que tenemos en común es la economía”, apunta. Sin igualdad en el acceso a los recursos, alerta Allen, no existe una auténtica democracia. La clase media, asegura, “es simplemente un parachoques entre ricos y pobres” establecido por el 1% para que el 99% “tuviera la ilusión” de que “puede llegar a ser rico”.

Pero la “distracción” de la que advierte el saxofonista tiene consecuencias reales, en ocasiones mortales, y Allen admite que afrontar la violencia policial “es un gran comienzo”. En su memoria guarda cómo en un viaje para tocar en Carolina del Norte él, un compañero músico y el conductor que les llevaba acabaron siendo apuntados por varios policías cuando buscaban un restaurante donde comer. “Les habían dicho que había tres tipos negros dando vueltas con el coche”, explica. Y eso, en determinados barrios de mayoría blanca, se siente como una amenaza. En febrero de este año, un joven afroamericano, Ahmaud Arbery, murió por los disparos de un joven blanco y su padre, policía jubilado, que lo emboscaron mientras corría por un barrio de mayoría blanca en el estado de Georgia. En 2012, el asesinato en circunstancias parecidas del adolescente Trayvon Martin en Florida, del que su autor quedó absuelto, dio impulso al movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan).

El miedo a la policía está generalizado entre la población afroamericana y es común que padres e hijos tengan en algún momento “la charla”: una conversación sobre cómo comportarse en caso de que la policía te pare. Orrin Evans, que vive en Philadelphia, “una de las ciudades más racistas”, explica que la rabia del momento está justificada, pero intenta suprimirla de sus hijos, que tienen 27 y 22 años. “Sé que eso suena a que me estoy lavando las manos”, admite, pero defiende que “solo quiero que mis hijos vuelvan a casa”. Por ello les aconseja que, si les paran, sigan cada indicación de los agentes, incluso “si tienes que obedecer hasta un nivel en el que no te sientas cómodo”. Después, añade, “ya encontraré una buena representación legal”. Sin embargo, Philando Castile murió baleado por la policía en 2016 después de cumplir todas las indicaciones en un control de tráfico en Minnesota.

El racismo no es un problema exclusivo de los Estados Unidos. A JD Allen lo llamaron por primera vez “negrata” en la localidad francesa de Clermont Ferrand, donde no le dejaron entrar en un club por el color de su piel. Y en Tel Aviv vivió una experiencia parecida a la de Carolina del Norte cuando la policía israelí le apuntó a él y a un amigo después de que un vecino alertara a los agentes de que “un par de negros” andaban “robando” por el barrio. Salían de una joyería en la que el amigo de Allen había comprado un anillo de compromiso para su futura esposa. Incluso ahora que es un jazzista reputado, el saxofonista ha oído que hay un club en la costa oeste del país que no lo quiere por ser “demasiado negro”. Hay racismo en la profesión porque, como recuerda Allen, “son personas las que tocan música”.

Orrin Evans corrobora la opinión de su colega, pero añade; “¡No me importa! Voy a seguir tocando sin importar qué”. Es una lógica de supervivencia, porque la música “es la forma con la que va a comer mi familia”. Hace dos años, Evans fue noticia al sustituir a Ethan Iverson como pianista en el afamado trío The Bad Plus, que desde 2000 se ha establecido como una de las referencias del jazz contemporáneo estadounidense. Una banda totalmente blanca hasta 2018. Al debutar, Evans leyó en un diario: “The Bad Plus llega con un nuevo look”. “¿Cuál es el nuevo look? ¿Que me he puesto una camisa nueva?”, ironiza recordando aquella noticia. Pero el pianista aplicó su máxima de seguir adelante haciendo oídos sordos y, en su opinión, aquel día “toqué lo mejor que puede tocar Orrin Evans”. Acabado el concierto, un espectador se acercó y le dijo: “He sido fan de The Bad Plus durante años, pero soy un auténtico americano y no pensé que me fuera a gustar contigo en la banda. Pero suenas genial”. Evans lo miró, se dio media vuelta y siguió a lo suyo.

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