“Cuando me puse a cantarlos, llegó como una revelación, una epifanía, una conexión brutal”

Ángela Furquet reinterpreta las atmósferas sonoras de los cantos de trabajo en De sol a son, su primer disco.

«Los cantos de trabajo nacen de la vocalización espontánea, fruto del esfuerzo (intente el lector desplazar un gran peso sin emitir al tiempo un sonido) y concluyen en bellas melodías que sirven para alegrar el corazón de los trabajadores, donde las palabras se incorporan en un mensaje de aliento, de nostalgia y queja». José Antonio Millán en Tengo, tengo, tengo. Los ritmos de la lengua.
Y cantos de trabajo son los que sustentan el primer trabajo discográfico de Ángela Furquet, De sol a son. Un recorrido que va más allá de la mera compilación etnográfica o folklórica para convertirse en una recreación personal, desde el bagaje musical de la cantante castellonense, afincada en Barcelona. Una creadora que llegó a Cataluña en busca de convertir en realidad su pasión. Esta licenciada en Farmacia lo dejó todo por el estudio de la música, enfocado sobre todo al jazz.

De sol al son, producido por Carles Dènia y Aleix Tobias, es una obra personal de Ángela Furquet y el fruto de más de cuatro años de investigación. «Llevo 12 años estudiando en Barcelona y ya hace un tiempo comencé a percibir que conectaba más con el canto en castellano. Casi al mismo tiempo, la asignatura Músicas del Mundo me descubrió los cantos de trabajo: descubrí los cantos de trabajo de Castellón, de mi tierra, que nunca había escuchado. Una música con la que no tenía relación, pero cuando me puse a cantarlos llegó como una revelación, una epifanía, una conexión brutal a pesar de que la temática de los cantos no tenía nada que ver con mis inclinaciones e intereses», recuerda.

Surge entonces un tour de force para una cantante que parecía que tenía el jazz como universo: «Poco a poco comencé a cuestionarme por qué estudiaba el folklore americano cuando tenía estas músicas tan cerca. Así que empecé a escuchar a Eliseo Parra y otros folkloristas españoles para ir descubriendo ese patrimonio musical que bebe de la tradición oral. Con los cantos de trabajo me atrapó la idea del papel funcional del canto en un momento en el que vivía una crisis en lo musical, quizás por un exceso de jazz. Tanta improvisación, tanto Shorter, tanto Coltrane… pero que no me valían como referencia de mi canto. Esta crisis me llevó a intentar ir al origen de por qué cantaba», comenta esta farmacéutica que cambió la botica por los escenarios y la enseñanza.

Las explicaciones del lingüista José Antonio Millán en Tengo, tengo, tengo. Los ritmos de la lengua1 nos inspiran para preguntar a Ángela por su proceso de estudio, por si ha encontrado en él líneas que se repitan o determinadas características comunes entre las melodías. Ella responde que «Sí, hay letras y melodías que se repiten en toda esa investigación que realicé. Por ejemplo, en las nanas donde se encuentran muchas en tono menor, melódicas, dulces, también hay otra vía rítmica, repetitiva. Las canciones de trabajo se caracterizan porque han de quedarse en la memoria de la gente, se conservan por la tradición oral: son aquellas que se pueden cantar sin ser cantantes, con lo que nos limitamos a que tengan un registro de quinta y una melodía fácil de retener. De ahí que, en general, este tipo de sones mantengan ciertos paralelismos, por ejemplo, a uno y otro lado del Atlántico».

Pero si algo transmite De sol a son es que se puede entender la tradición como algo vivo. Ángela Furquet, compositora, arreglista, voz principal y percusión en este disco, no hace un ejercicio de simple recuperación, sino que se adentra en la canción desde la mirada contemporánea y desde su bagaje musical y melómano. Como ella misma señala: «Este proyecto es una reinterpretación de dichas atmósferas sonoras, que utiliza como semilla los cantos originales de sus trabajadores y, como tierra de cultivo, los elementos que nutren mi universo musical: el jazz, el folklore ibérico y el folklore latinoamericano».

Furquet ha seleccionado diez temas para este su primer trabajo, que va desde Galicia a las Canarias, pasando por Andalucía, Castilla, Extremadura, Mallorca, Cataluña y, especialmente, la Comunidad Valenciana. Para comenzar, «Mi arriero», un canto de trilla de Huelva, en el que el ritmo surge del paso de los animales y sirve también para mantener el monótono circular del trillo. Los arreglos de Ángela Furquet, aflamencados, permiten la recreación del paisaje onubense, mientras que, en el otro canto de trilla, el castellonense «Cant de cantar», la intérprete se ha permitido añadir unos versos para llevarlo a su era.

«Pauleta és l’ama» está dedicada a las mujeres de su familia, a su abuela, su madre y su hermana. Cantada como una nana, representa y reconoce a este tipo de melodías como canto de trabajo, tal y como lo confirma por su parte también José Antonio Millán: «Ha quedado memoria de muchos cantos de mujeres al trabajo: no sólo de lavanderas, sino también de panaderas, de mujeres moliendo el pilón (maíz) o preparando paños. Incluso muchos folkloristas piensan que las nanas serían también “cantos de trabajo”, porque al fin y al cabo hacer dormir a los niños es una tarea tradicional de las madres en todas las sociedades».

Uno de los momentos más bellos del disco es la transición que va de la soledad que transmite «De terrones y nostalgias», canto de arar abulense, a la algarabía de la gallega «A alegría da uva», canto de celebración que transmite alegría en todos sus versos.

De Mallorca procede el canto de siega «Es blat i sa calor», con improvisación contemporánea, inspirada en la acompasada tarea de coger la brazada de mies y cortarla con la hoz, para formar gavillas que luego se acarreaban hasta la era. Pero en la siega también había protesta como «Llanto de sega» que refleja a los segadores que se quejaban por el exceso de trabajo, obligados por el patrón.

«Que trone» es el tema que más se acerca a la interpretación tradicional, con Ángela Furquet alternándose con Carles Dènia en las estrofas irónicas, con algo de mala intención, y con un fondo de cascabeles, que recuerdan a los de las mulas mientras araban. Con la cacereña «De moras y guindillas», canto de recolecta, regresa el ritmo latino con divertidos coros en los que participan Judit Neddermann y Kathy Sey, también presentes en otros temas.

El disco se cierra con «La Soledad y la molinera», un canto de moler canario, donde Ángela Furquet da rienda suelta a toda su energía y versatilidad compositiva con unos arreglos contemporáneos, que beben del free jazz, que releen esa canción tradicional de la molinera en su quehacer solitario con el molinillo, cuando los pensamientos se dispersan.

En fin, diferentes labores de campo y de atención en el hogar que tienen vida propia. «El tipo de trabajo influye, claro, por la respiración, para expresar la frase», recuerda la intérprete castellonense. Y transmiten alegría, en general. «No he percibido un sufrimiento, sino una forma rutinaria de expresarse, de contar lo que sucede en el pueblo, de los amoríos de los vecinos o de animar al animal en el trabajo en el campo. Por ejemplo, la mayoría de los cantos de trilla van dedicados al animal. Así que, entre el calor, el polvo y los cantos se creaba una atmósfera agradable, si se puede decir así, por la que el animal y la gente llevaban mejor la tarea de dar vueltas al trillo en la era. De ahí vienen también los jaleos flamencos, del jaleo del campesino. En esos cantos había verdadero amor por el animal».

1 Millán dice en Tengo, tengo, tengo. Los ritmos de la lengua: “Como refiere el poeta latino Virgilio en las Geórgicas, los cíclopes, míticos forjadores en las entrañas del Etna: alternadamente y a compás levantan los brazos con poderoso empuje. Precisamente éste parece ser el origen remoto del palo (o estilo) flamenco llamado martinete, que es el nombre del mazo usado para trabajar los metales. El martinete, según el Diccionario académico es un palo flamenco que no necesita de acompañamiento de guitarra, procedente del cante de los forjadores, caldereros, etc., que se acompañaban con el martillo”

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