La didáctica del equilibrio

La didáctica del equilibrio

Todavía me imponen las paredes del viejo edificio de la Sociedad Filarmónica de Bilbao. Al cruzar sus puertas, bajo la voz y me quito figuradamente el sombrero, embargado por un incontenible respeto por la historia que alberga. Es un respeto cálido, natural, nada que ver con la frialdad que emanan los monumentos inertes que pueblan las ciudades recordando su historia. Debe de ser por la música. Ningún habitáculo consagrado a ella podría sentirse como algo distante porque el respeto es, como todos sabemos, algo que se gana, no que se impone.

Así, en ese ambiente de majestad amistosa, es como me senté —y me sentí— por primera vez ante una de las charlas del compositor, pedagogo y divulgador Mariano Jiménez, impulsadas y organizadas por Konpartitu en la Sociedad Filarmónica bilbaína. ¿Y qué hago yo aquí?, me decía una parte de mi cabeza, espetándome que, más allá de mi amor por el objeto de la charla (el legendario pianista Vladimir Horowitz) y por la música en general, no era yo precisamente un experto en eso que llamamos música clásica. ¿Será esto para mí? ¿Podré seguirlo apropiadamente o me escurriré por el agujero por el que se caen los neófitos cuando el nivel del discurso exige un bagaje importante? No era sólo la Filarmónica lo que me imponía, no.

Como crítico de jazz, oficio que llevo desempeñando desde hace más de una década, siempre he tenido mucho cuidado con intentar no dejar atrás a ningún lector. La música es algo que uno puede amar sin necesidad de saber demasiado sobre ella y, en ocasiones, quienes nos dedicamos a divulgarla nos olvidamos de ello. Afortunadamente, en este caso cualquier temor al respecto quedó disipado desde los primeros minutos de la conferencia, gracias al enfoque completo, cercano y equilibrado de Mariano Jiménez.

Jiménez, como buen compositor, tiene una gran noción del ritmo, así que su ponencia resultó ágil, pero no atropellada. Se apoyó en un orden lógico que, además, mantuvo el factor sorpresa necesario para que todo fluyese adecuadamente. Consiguió que todo funcionara gracias a ese equilibrio, tan arriesgado como gratificante, entre lo lúdico y lo culto, entre la anécdota y el dato.

Y no fueron estos los únicos equilibrios. Con cierto halo de prestidigitación, Jiménez recorrió la trayectoria del mítico pianista sin desatender ninguna de sus facetas, algo complicado en un personaje tan poliédrico como Horowitz. Presentar tanto al artista como al hombre fue el objetivo de Jiménez, y lo acometió con la erudición justa para que el oyente experto pudiera salir de allí con nueva información o, en el peor de los casos, con una buena cantidad de estímulos y recuerdos bullendo de nuevo en la memoria. Y, también, con la pulsión didáctica perfecta para sostener la atención de cualquier presente que pudiera no conocer al gran Vladimir ni de oídas. Así, las dos sesiones de la conferencia encandilaron a propios y extraños.

Siguió un programa claro, en el que alternó la audición de piezas con notas biográficas, material fotográfico y audiovisual y la divagación justa para descongestionar la trama principal. La narración de Jiménez nos llevó sin esfuerzo de los primeros años del genio a su irrupción en el panorama internacional, pasando por su matrimonio (y relación profesional) con Wanda Toscanini, sus inseguridades, su jovial faceta pública, sus periodos oscuros y el regreso crepuscular y delicioso que protagonizó en sus últimos años. Para todo ello, Jiménez se sirvió de diferentes fuentes, desde las más especializadas, a obras como la biografía de Horowitz de Piero Rattalino, publicada en castellano por Nortesur y Musikeon, o el inolvidable documental El último romántico (David y Albert Maysles, 1985). De esta forma, consiguió construir, en un mismo ejercicio, un retrato del maestro y un relato de su historia e impacto en la música del pasado siglo XX.

Porque, por encima de todo, siempre, la música. Nada de lo que escuchamos en las dos jornadas de ponencias sobre Horowitz tendría sentido sin un profundo amor y respeto por la música y por la figura del intérprete, de la que el pianista fue máximo exponente. La historia de Horowitz es la de un individualista, la de un artista que respira la música, devolviéndola a la audiencia convertida en algo personal y único. Así nos lo mostró Mariano Jiménez, ilustrando la figura que conocíamos, algunos más, algunos menos, y enriqueciéndola hasta alcanzar el equilibrio definitivo entre el hombre y la leyenda.

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