Hatsune Miku

Hatsune Miku

La fe es el motor que conduce al ser humano a creer en cosas de dudosa existencia, como Dios, la honradez de los gobernantes o que la próxima película de Almodóvar será la buena. Últimamente, incluso, hay millones de personas que han dado un paso adelante y se han lanzado a idolatrar a alguien que, manifiestamente, saben que no existe: Hatsune Miku.

Hatsune es una joven estrella del pop japonés que tiene la particularidad de que no es real: es un holograma. A mí me habría gustado más que esta circunstancia sucediera con Kiko Rivera, pero no estoy de suerte.

De momento, la fiebre desatada por esta artista virtual se circunscribe al lejano oriente, pero hay que estar preparados por si el fenómeno, como la gripe aviar, acaba contagiando nuestras listas de éxitos.

 

https://www.youtube.com/watch?v=qmf9JkedPR8

 

La música de Hatsune no es de mi gusto, no la entiendo. Lo que me fascina es el fenómeno. Que tampoco lo entiendo, pero es tan novedoso que me resulta irresistible. Y no sólo por el hecho de que se trate de un holograma. Gorillaz, por ejemplo, el grupo virtual creado por Damon Albarn y con un estilo que me es más afín, nunca me ha generado ninguna intriga. Al principio pensé que Albarn había formado una banda de dibujos animados sólo para acabar con los problemas de drogas que habían minado a Blur. Fin del morbo. Pero lo de Hatsune Miku me tiene loco. Sobre todo, ya digo, la escena que ha generado: sus seguidores se entregan a imitar su aspecto, consumen su mercadotecnia, aprenden sus coreografías, abarrotan a sus conciertos… ¿Qué bicho les ha picado a los millenials? ¿Qué les mueve a convertirse en devotos seguidores de una artista con quien nunca podrán sacarse un selfie?

En primer lugar, parece de cajón que la generación más tecnológica tenga entre sus ídolos a una artista virtual que pueden descargase como una app del móvil. Algo mucho más accesible, directo y sencillo que mendigar un autógrafo. Además, y visto el nivel de los superventas actuales, quizás la música ya sea lo de menos y lo importante, lo divertido, sea participar del artista en comunión con el resto de la parroquia en las redes sociales. La imagen, el aspecto, lo superficial desplaza así a lo esencial sin ambages, sin hipocresías, convirtiéndose en el centro de atención definitivo.

Leído esto, muchos torcerán ahora el gesto en una mueca de suficiencia y desprecio ante esta nueva tendencia, pretendiendo ser también los únicos guardianes del fuego sagrado. Pero hemos de recordar a todos aquellos seguidores de la llamada “música culta”, que corren tiempos en los que se ha despedido a una soprano del Royal Opera House por gorda, y en los que para triunfar en la música clásica no basta con ser un virtuoso del violín, sino que además hay que ser china y estar buena. O sea, que…

 

 

Sin embargo, opino que hay una razón aún más poderosa por la que las estrellas del pop vituales como Hatsune Miku pueden multiplicarse y llegar a eclipsar a otros ídolos de carne y hueso: los hologramas no envejecen. Según los datos aportados por sus creadores, Hatsune tiene 16 años, mide 1’58 y pesa 43 kilos. Y así va a mantenerse toda la vida a no ser que sus diseñadores quieran cometer un suicidio comercial. Esto significa que sus seguidores no tendrán que sufrir asistiendo al ocaso y decadencia de su adorada estrella de juventud. Nunca la verán ajada, gorda, alcohólica, saliendo de una clínica de rehabilitación, hinchada por el bótox o, peor aún, compartiendo cartel con El Consorcio en una tournée por Casinos.

Y, por supuesto, si tu ídolo nunca envejece, eso significa que tú tampoco. Ninguna vieja camiseta de tu holograma superstar te recordará el paso de los años y, siempre que fijes tu mirada en su imagen impresa volverás a conectar con el locuelo o locuela que fuiste en los años mozos. Otra cosa es que la camiseta siga siendo de tu talla, pero ese es otro tema.

Además, artistas como Hatsune Miku pueden ser la solución a problemas endémicos que traen de cabeza a todos los fanáticos de fenómenos de este tipo: Televisión Española debería plantearse solicitar que el holograma japonés participe por España en el Festival de Eurovisión. Igual hasta lo ganábamos y todo. Por echarle fe que no quede…

 

 

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