Pepito Arriola, la construcción de un prodigio

“Había realizado en cierto modo mi ideal de un muñeco de carne y hueso, y estaba obsesionada con él”.1

Las hermanas Josefa y Aurora Rodríguez fueron escultoras de ingenios. Cuatro productos salieron de su factoría: José Rodríguez (Pepito Arriola), Hildegart Rodríguez, Carmen Osorio Rodríguez y Pilar Osorio Rodríguez. José, Carmen y Pilar hacían música desde los tres años, Hildegart se desenvolvía en varias lenguas a los siete. Hermanos, hermanastros y primos, los cuatro fueron clasificados como niños prodigio, tratados como monstruos de feria, exhibidos como fenómenos. Metódicamente, minuciosamente, sus vidas fueron construidas desde el exterior, para llevarlas a escena y rentabilizarlas. Siempre que era necesario se inventaban verdades y se corrompía la realidad para que prevalecieran los intereses de sus hacedoras y, con ellos, los beneficios que reportaban. Aurora y Josefa administraron y condicionaron la naturaleza de sus humanas creaciones, ratas en el laberinto de su psicosis.

Aurora, adoctrinada en la teoría de la eugenesia sistematizada por Sir Francis Galton, creyó firmemente en la posibilidad de proyectar una versión mejorada de sí misma, un derivado genético optimizado. Con Hildegart sacó a subasta pública una perfección ficticia, y justificó sus abusos con la necesidad de una intervención violenta, profunda e inflexible, única forma de lograr sus objetivos. De hecho, Hildegart fue su mejor resultado, pero no el primero. Aurora, que se dirigía a su hija como «mi escultura de carne», hizo un ensayo previo con su sobrino, José Rodríguez Carballeira, un niño pianista que se fijará en la memoria colectiva con el nombre de Pepito Arriola, ese otro «muñeco de carne» del que habla en la declaración que abre estas líneas.

Josefa y Aurora, burguesas de provincias, lucían los ornamentos socializadores propios de su clase: conocimientos de música, conversación en francés. Esas serán las destrezas que potenciarían en sus retoños: José, Pilar y Carmen serán pianistas, Hildegart, políglota. Aquellos niños no podían crecer como médicos, ni como pintores, ni como ajedrecistas, la semilla solo tenía permiso para potenciarse desde lo que ellas eran. Vivian única y exclusivamente para ser lo que ellas anhelaban haber sido.

«Yo gozaba con el entusiasmo que el pequeño despertaba y con la admiración de las gentes. Veía en él más una obra mía, personal, que de su propia madre, porque era yo quien le había aficionado a la música, quien le enseñó a tocar, la que había despertado en él aquellas maravillosas aptitudes».

Aurora y Josefa compusieron para su público el relato de un prodigio llamado Pepito Arriola, el mismo que muchos años más tarde, en 1945 y muerta su madre en Alemania, se convirtió en el tutor legal de su tía Aurora, ingresada en el hospital psiquiátrico de Ciempozuelos desde 1933 ―cuando asesinó a Hildegart― hasta 1955, año en que murió. El círculo del destino se cerraba sobre el pequeño Arriola, que ejercía por fin de José Rodríguez Carballeira para cuidar a la mujer que lo imaginó. Pepito Arriola murió en Barcelona el 24 de octubre de 1954, olvidado por todos.
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El 12 de febrero de 1915, el pianista Pepito Arriola se presentaba en la sala de la Sociedad Filarmónica de Bilbao. Era la sesión número 204 de esta Sociedad.2 El concierto se integraba en una gira que visitaba varias sociedades filarmónicas españolas, como la de Zaragoza, donde Arriola había tocado unos días antes.3 Por aquel entonces, era un joven pianista de veinte años, pero su carrera declinaba y no conseguía hacerse sitio. Ya no era aquel niño definido como un «fenómeno mental» que atraía a un público para el que la música solo era un telón de fondo. Y cuando la prensa recogía sus conciertos, siempre hacía alusión a una infancia de la que nunca logró escapar.

El programa que defendió en Bilbao era muy exigente, en correspondencia con un intérprete experimentado y virtuoso que quiere impresionar a un público entendido: Concierto italiano, BWV 971 (Bach); Sonata Appasionata (Beethoven); Polonesa en la bemol mayor, op.53, Barcarolle, op.60, Estudio en do menor, op. 10, nº 12, y Sonata en si menor, op.58 (Chopin); Soneto 47 del Petrarca y Après une lecture du Dante, de Deuxième anèe de pèlerinage: Italie, S.161, nº 4 y nº 7 (Liszt); Preludio y Nocturno para la mano izquierda, op.9 (Scriabin). La prensa documentó con detalle aquel concierto:
«En la Sociedad Filarmónica ha obtenido Pepito Arriola uno de los más grandes triunfos de su brillante carrera. Los comentarios favorables para el arte de este eminente pianista y las aclamaciones entusiastas después de cada obra que ha interpretado han sido unánimes. (…). Las tournées de Pepito Arriola por las principales Filarmónicas de España están siendo un acontecimiento».4

En ABC leemos: «De regreso de su excursión artística en Portugal, donde tantos éxitos ha logrado, y después de un concierto maravilloso en la Filarmónica de Bilbao en que dio a conocer las primicias de algunas de sus obras originales, ha vuelto a esta corte el músico Pepito Arriola».5

¿Pero quién era este «eminente pianista» y compositor de apenas veinte años? Es difícil desenmarañar al sujeto, porque la biografía oficial de Pepito Arriola es mentirosa. Los datos personales y los profesionales fueron falseados por Aurora primero y luego por su madre. Como ya hemos apuntado, su nombre verdadero era José Rodríguez Carballeira, nacido en Betanzos el 14 de diciembre de 1895, de madre soltera y padre desconocido. El escándalo empujó a su madre fuera de la casa familiar y lejos de su ciudad, Ferrol. Josefa, siempre ególatra, dejó el cuidado del niño a cargo de la familia mientras ella huía a Madrid y París. Su hermana menor, Aurora, que por aquel entonces tenía dieciséis años, se hizo cargo de aquel «muñeco de carne».

Como todas las jóvenes de la alta burguesía de provincias, Aurora leía mucho, saludaba en francés y se entretenía con el piano, que hacía cantar para los invitados que visitaban los salones de su casa. Fue ella la que puso en marcha la maquinaria para la construcción del prodigio, la que propició la metamorfosis. Tres años de largas y aburridas tardes de lluvia sentados al piano entre el juego y la imitación convirtieron a José Rodríguez en Pepito Arriola, apellido de su abuelo materno. Y con este nombre frecuentaría el niño pianista las crónicas, los programas de concierto y las hemerotecas.

«Trababa de enseñarle todo lo que sabía. Yo (…) tocaba el piano y llegué a tener una afición desmedida por la música. Cuando tocaba, sentaba a Pepito a mi lado. A veces en broma, cogiéndole las manos le hacía aporrear las teclas».

El espectáculo estaba listo. El estupor, el extrañamiento y la explotación, también. Pepito Arriola se convirtió, a todos los efectos, en el paradigma del niño prodigio. Tal fue su impacto en el imaginario colectivo, que aún hoy encontramos sus fotografías en las portadas de los manuales sobre altas capacidades o talentos precoces. Cuando su madre, Josefa, se percató de las posibilidades de negocio, se lo arrebató a Aurora, y tras muchas semanas de duro entrenamiento, presentó al niño pianista en Madrid, en el Salón Montano, el 4 de diciembre de 1899. Le faltaban diez días para cumplir los cuatro años. Josefa inventó una biografía para el niño y para su relación con el niño ―se presentaba como viuda― y asumió el papel de agente, representante y relaciones públicas. Y no pudo ser más eficaz: en 1901 consigue la atención de la Casa Real que, además de su protección, otorga a Pepito una beca de 500 marcos mensuales para que estudie en Alemania.

Pocos meses después de su presentación en Madrid, y de nuevo tras un entrenamiento intensivo, concretamente el 21 de agosto de 1900, el profesor Charles Richet, catedrático de Fisiología y Premio Nobel de Medicina en 1913, presenta a Pepito Arriola como caso de estudio en el Congreso de Psicología organizado por la Universidad de París. Las actas de aquella convención y la lista de obras programadas por el joven pianista fueron publicadas en su revista científica en octubre de ese año. Pepito interpretó una marcha militar y un pasodoble supuestamente compuestos por él, una adaptación de La Marsellesa, una mazurca y algunas improvisaciones. Pero lo cierto es que el doctor Richet no estaba interesado precisamente en la música. Estudioso de una disciplina que él denominó metapsíquica, creía que aquel niño podría estar, digamos, poseído. Por algún espíritu, sí. Las manos de Arriola difícilmente alcanzaban sobre el teclado la extensión de cinco teclas, aunque algunos de los asistentes a aquel congreso aseguraron que los dedos del niño crecían ante sus ojos cuando se sentaba al piano. Rosalie Thompson, famosa clarividente presente en el congreso, tuvo una visión: aquel niño se fusionaba con la figura de un hombre mientras tocaba.6

Con estas credenciales y como es fácil suponer, la carrera internacional de Pepito Arriola fue vertiginosa: se convirtió en el prodigio oficial a todos los efectos. Apenas cumplidos cinco años, se publica su primera biografía.7 Una vez instalado en Alemania y bajo la atenta mirada de Arthur Nikisch, Pepito Arriola estudia composición con Richard Strauss, y se hace pianista con el gran Alberto Jonás. Toca para el emperador Guillermo II y, en 1903, es nombrado hijo predilecto de la ciudad de Leipzig.

En 1906 Josefa se casa con el médico y explorador Amado Osorio y Zabala, fundador del Instituto Ruber. Tienen dos hijas, Carmen y Pilar Osorio Rodríguez, también pianistas precoces acreditadas por los medios.

En 1908, a los 12 años, Pepito Arriola está preparado para asumir una gira que recorre Alemania, Holanda, Inglaterra y Rusia, donde es recibido por el Zar Nicolás. Su madre, empresaria y agente incansable, envía telegramas puntualmente a la prensa española, siempre con textos triunfalistas. Poco después, en 1910, realizará su primera gira americana, con conciertos en Estados Unidos, Canadá, Argentina o Cuba. Viaja rumbo a América a bordo del trasatlántico Kaiser Wilhelm, donde el 24 de octubre ―tiene ya catorce años― participa en un concierto benéfico a favor de los huérfanos de la Marina.
Le acompaña en el escenario su hermanastra, Pilar Osorio, con la que frecuentemente formará un dúo pianístico en los años venideros. En aquel concierto benéfico, Arriola interpreta la Campanella y Liebestraum de Liszt, un compositor siempre presente en sus programas. Gustav Mahler, que viaja en ese barco, también participa en ese concierto, dirige y se sienta al piano. En los programas de mano, el nombre de ambos aparece con el mismo tamaño.

Durante los años siguientes, los focos que apuntaban al Arriola pianista se fueron apagando. Su actividad como concertista se oscurece para dejar paso al compositor. Pedro Téllez Cámara cataloga en su excelente trabajo hasta sesenta y siete composiciones de Arriola. Pero también con la producción compositiva debemos ser cautos. Como Téllez Cámara apunta: «resulta bastante llamativo cómo antes de 1901, es decir, con menos de cinco años, tiene compuestas ya diez obras, cinco de ellas con menos de tres años, lo cual nos lleva a la reflexión de si esa obra es verdaderamente suya, pues aunque fuesen creaciones totalmente originales de Pepito, difícilmente a esa edad tendría capacidad de anotar la música en el papel, teniendo que ocuparse de ello posiblemente su madre, lo que nos genera la duda razonable de cuánto hay de Pepito y cuánto de Josefa en estas composiciones tan tempranas que le permitieron llamar la atención como compositor a la vez de como pianista desde el inicio».

1 GUZMÁN ESPINOSA, Eduardo. Mi hija Hildegart. Barcelona: Plaza y Janés Editores, 1977, pp. 65-68.
2 RODAMILÁNS, Ramón. La Sociedad Filarmónica de Bilbao. Memoria de un centenario. Documentación. Bilbao: Fundación Bilbao Bizkaia Kutxa. 1998. Documentación, pp. 46.
3 TÉLLEZ CÁMARA, Pedro. Vida, obra, actividad musical y recepción de Pepito Arriola a través de la prensa (1899-1919). TFG. Universidad Autónoma de Madrid. 2015.
4Pepito Arriola en Bilbao». El País, 15-02-1915, p.7
5 «Pepito Arriola». ABC, 19- 02-1915, p. 14.
6 PYE M., DALLEY K., (Ed.). Ghost, Specters, and Haunted Places. New York: Rosen Publishing Group, 2012, p.126.
ZAMORA, Justo. Pepito Arriola: apuntes para una biografía de un prodigio músico. Madrid: 1900.

3 respuestas a Pepito Arriola, la construcción de un prodigio

  1. BRILLANTES hermanas Josefa y Aurora Rodríguez que fueron escultoras de ingenios. Cuatro productos salieron de su factoría: José Rodríguez, Hildegart Rodríguez, Carmen Osorio Rodríguez y Pilar Osorio Rodríguez..

  2. Había oido hablar de esta historia en un programa de “Carne Cruda” me dejó bastante impresionado, buen y terrorífico repaso! enhorabuena.

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