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Inteligencia artificial y creatividad musical

Inteligencia artificial y creatividad musical

El pasado 21 de marzo el Doodle de Google hacía un homenaje a Johann Sebastian Bach con un pequeño juego de inteligencia artificial que a partir de las notas elegidas por el usuario completaba la composición con arreglos a la manera del gran maestro. Llegaban así al mainstream más mainstream los experimentos que comenzaron hace algo más de 60 años (el Centro de Cálculo de la Universidad Complutense, el referente en España, cumple ahora medio siglo, sirva este dato para hacerse una idea del uso de la tecnología computacional en la música en general). De ahí que la ilustración de Iban Gaztambide que acompaña estas líneas sirva para contextualizar con humor lo que, por otra parte, es un asunto muy serio como se verá.

La inteligencia artificial aplicada a la música se ha desarrollado en cuatro grandes campos, por simplificar, o por tratar de encuadrar las sugerencias más interesantes a lo largo de la historia, tal y como desarrolló Ramón López de Mántaras en el reconocido artículo canónico, La inteligencia artificial y las artes. Hacia una creatividad computacional, publicado en el libro El próximo paso: la vida exponencial (2017): el ámbito de la composición, el desarrollo de instrumentos que colaboren en la mejora de la interpretación, la expresividad y la improvisación.  Años de investigación que van desde el interés por la propia tecnología a, con el tiempo, la mejora de lo concerniente a la música sobre la que se aplica la Inteligencia Artificial.

Pero antes de nada, está el asunto de la creatividad, tan, tan vinculado a la música, a la composición y la interpretación. Ramón López de Mántaras, director del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial, desarma el mito romántico de la creatividad como don místico exclusivamente humano. “No niego que haya trabajos estéticamente muy valiosos. Pero creativos somos todas las personas (la creatividad es inherente a la inteligencia, no podríamos resolver problemas sin creatividad) y también otros seres vivos, como confirman trabajos de biólogos y etólogos sobre animales, primates casi siempre, pero también otros como la reciente investigación de unos cuervos de Nueva Caledonia que son capaces de inventar instrumentos“, comenta quien también es profesor de la Universidad de Sidney, precisamente horas antes de viajar a las antípodas el pasado 22 de abril.

López de Mántaras habla con pasión de la creatividad de los córvidos del archipiélago oceánico, que construyen ganchos para ayudarse en la captura de insectos, “sin haber visto nunca esta herramienta ni nada similar, es decir que no conocen el concepto de gancho. Sí han utilizado ramas y otros objetos para ayudarse en su alimentación, pero sin transformarlos: pues bien, estas aves son capaces de crear un concepto nuevo, una herramienta nueva. Se cae así el mito de que la creatividad es una cuestión humana, que hasta un pájaro puede ser creativo también hasta un cierto grado”, añade quien se presenta también como poeta y aficionado y músico de jazz.

Porque hay grados de creatividad: el del cuervo es alto grado de creatividad porque ha inventado algo nuevo y original en su mundo. Los cuervos de Nueva Caledonia son más creativos que las máquinas: “De entrada, lo quiero dejar claro, a día de hoy una máquina no puede hacer este tipo de operaciones”, resume para quien luego se quede maravillado ante artefactos que ya apuntaban maneras desde el ordenador ILLIAC que compuso la suite del mismo nombre en los albores de la informática, en 1958: un cuarteto de cuerda escrito de manera precaria siguiendo el proceso de generación y prueba. Y tiene su aquel, hay que reconocerlo, como se puede comprobar en este concierto homenaje a los profesores del citado Centro de Cálculo de la Universidad Complutense.

En efecto, el director del IIIA confirma: “Una máquina sí puede, combinando elementos existentes, crear productos nuevos. Por ejemplo, con las notas musicales, jugando con su duración, con la armonía, con las reglas de la música tonal occidental, se puede programar un algoritmo generativo que genera nuevas composiciones con valor artístico. Yo entiendo la creatividad como aquello que genera algo nuevo que tiene algún tipo de valor y coherencia. Y eso lo consigue la inteligencia artificial. Lo que no puede hacer es romper reglas, como hizo Schomberg e inventar un estilo nuevo, como la música dodecafónica. O ser Miles Davis e impulsar un estilo de jazz nuevo».

Eso sí, la Inteligencia Artificial sí trabaja en el ámbito de la expresividad: si la suite Illiac depende de la interpretación humana del correspondiente cuarteto para ofrecerse como obra artística, con el tiempo las investigaciones en Inteligencia Artificial consiguieron ofrecer posibilidades expresivas. El mejor ejemplo es el proyecto SaxEx, impulsado por el CSIC: la máquina recibe una base de ejemplos de interpretaciones de baladas de jazz de un saxo tenor, Pep Pascual, con distintos grados de expresividad desde la tristeza, la melancolía, cierta alegría, más o menos rítmica… y entonces la máquina analiza cómo este músico humano interpreta baladas de jazz, extrae la esencia de su forma de tocar y genera expresividad en un nueva balada. “Es decir, a partir de todo el conocimiento adquirido del modo de tocar del músico, a una nueva balada de jazz neutra la máquina le aporta la expresividad adquirida. ¡El propio Pep Pascual señaló que la máquina tocaba como él mismo!”, resume López de Mántaras.  Pero la máquina no puede inventarse una expresividad nueva, que no corresponda a la que ha aprendido de ese músico en concreto.

Cierto es: la máquina puede colaborar en una mejor interpretación, en mejorar desde la música el aprendizaje y la vida del instrumentista. Aquí llegan los hiperinstrumentos, instrumentos diseñados para aumentar el sonido musical con matices que le son propios y que le aumenten la expresividad humana y ofrezcan una sonoridad rica y viva. Se trata de aplicar a un instrumento tradicional elementos electrónicos. Quizás el más conocido es el propuesto por Tod Machover, del Media Lab del Massachusetts Institute of Technology, para el violonchelo. Machover, reconocido compositor norteamericano, es un auténtico adalid de las posibilidades transformadoras de la música como se recoge en su página web: Is it possible to see sound? Or touch sound? Or to have sound touch you so deeply that it can change your mind, your body, your life? (…) Whether it is creating genre-breaking compositions for the concert hall, «robotic» operas for worldwide stages, software that allows anyone to compose original music, or musical activities that can diagnose illness and restore health…

Y en esta filosofía (de indudables aires new age, todo hay que decirlo) interviene la creación de ese hiperchelo que no es otra cosa que el instrumento así como las manos del intérprete conectados mediante sensores electrónicos a un ordenador programado con un sistema parecido a SaxEx, que consigue analizar la manera en que el humano interpreta la pieza a partir de la partitura, el conocimiento musical y las lecturas de los sensores. A partir de aquí el hiperchelo se convierte en un instrumento activo capaz de alterar aspectos como el timbre, el tono, el ritmo y el fraseo, así como generar una voz acompañante. Yo-Yo Ma estrenó este artilugio tocando la pieza compuesta por Tod Machover titulada Begin Again Again.

 

¿Cómo actúa la Inteligencia Artificial en la improvisación?

El responsable del IIIA adelanta que “existen técnicas de inteligencia artificial que permiten generar nuevas improvisaciones, siguiendo ese trabajo previo de incorporar a la máquina patrones (normas de improvisación como las que se estudian en las escuelas de jazz) y casos. François Pachet, con su proyecto Flow Machines ofrece un sistema en el que el software que es capaz de generar improvisaciones o mejorar composiciones: recibe el input en tiempo real que hacen los músicos y los adapta al tempo que le llega. Está por debajo del nivel de improvisación medio, pero son apuestas interesantes”.

Como Genjam, artefacto dotado de algoritmos para improvisar jazz, que ha impulsado Al Biles. El nombre procede de la fusión de los conceptos “Genetic Algorithm” y “Jammer”, tal y como se conoce a los intérpretes de una jam session de jazz. Tal y como se recoge en la charla TEDx “GenJam’s Journey: From Tech to Music: Al Biles at TEDxBinghamtonUniversity”, Al Biles comienza a tocar con Genjam “Lady Bird”. El humano interpreta a la trompeta la melodía principal, mientras la máquina marca la segunda voz… Al Biles se dispone a improvisar durante una serie de compases y… Genjam le contesta siguiendo los patrones clásicos de las escalas de improvisación de jazz a partir de la improvisación de Al. Hasta llegar a un punto en el que ¡escucha e interpreta al mismo que tiempo que el trompetista! Ciertamente es un juego divertido, pero la máquina en este caso no expresa, simplemente interpreta notas a partir del conocimiento de los acordes, el tempo, la melodía, etc. del clásico de Miles Davis. En esta charla de Tedx, Al Biles explica al detalle cómo funciona el ingenio Genjam, del que apunta que no lo considera competencia al ser humano (aunque podría serlo, añade) sino como un colaborador, un buen colaborador, que es creativo, pero que sobre todo le hace al trompetista de jazz Al Biles más creativo.

Y aquí volvemos a lo que apunta Ramón López de Mántaras acerca de cuáles son los fines de estos experimentos y sobre todo cómo se pueden utilizar en beneficio de la humanidad: la IA aumenta, potencia la creatividad humana. Esta nueva y última generación de expertos que trabajan con la IA lo tienen claro: en este caso, no hablan de tecnología, hablan de música. Se ha dado el salto de la experimentación a la práctica.

“Lo que hemos hecho nosotros en expresividad se encuentra en un proyecto europeo, Praise, para la enseñanza de la música. El estudiante sube su interpretación a la plataforma que es capaz de hacer un análisis expresivo del trabajo del alumno, compararlo con la interpretación correcta y marcarle, en forma de feedback, un análisis crítico de su interpretación, pero también puede recibir un análisis de otros compañeros. Se crea una comunidad con el software, otros compañeros y el profesor. Esto permite que el alumno tenga un seguimiento de su actividad, con respuestas múltiples, que van más allá de la clase semanal con el profesor. Todos sabemos lo difícil que es estudiar un instrumento en la soledad de nuestra habitación”, reflexiona el también músico e intérprete de piano.

 

¿Y llegará un momento en que la máquina tenga conciencia de lo que está creando, de lo que está interpretando?

“No, tengo serias dudas. No estoy de acuerdo con quienes afirman que la inteligencia artificial con el tiempo sea consciente y tenga emociones. Es decir, nuestro sistema SaxEx puede interpretar de una manera u otra, pero es el oyente el que experimenta esa emoción, nuestro sistema ni siquiera es consciente: no sabe que está tocando música; está interpretando las instrucciones de un algoritmo”.

 

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