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Cooper-Moore: “La música siempre es un reflejo de quien te da el dinero”

Cooper-Moore: “La música siempre es un reflejo de quien te da el dinero”

Pianista, improvisador y creador de instrumentos, busca “llegar a tocar a Dios”

 

Fue empujar la puerta y recibir el impacto de un huracán de piano. La borrasca se había desatado minutos atrás, pero un error en la información de los organizadores del concierto me impidió asistir a la gestación de la tormenta. Las 88 teclas del piano recibían ya el impacto inmisericorde de Cooper-Moore. Los ojos, fijos en algún punto lejos del instrumento; la boca coreografía los sonidos que irradia el piano; los brazos, furiosos y arrebatados, se abren y cierran como un acordeón; los dedos rastrean feroces el teclado. “A veces la gente me pregunta si estoy enfadado”, se confiesa después. “No, no estoy enfadado, no lo estoy”, zanja. Donde algunos perciben rabia, el pianista siente “que la vida es una energía que me consume”. Y su música lo expresa. “Tocar música va de esto, de la vida que hay en mi interior. Me quiere consumir, así que la tengo que dejar ir. No puedo retenerla, debo dejarla ir”.

El incendio interior de Cooper-Moore se traduce fuera en un viento racheado de golpes y notas, de melodías que se inflaman y parecen descontrolarse entre barridos de un teclado que podría llegar a renunciar en cualquier instante. “Los sonidos salen de mí de forma estructurada y organizada”, explica minutos después de dejar ir la energía, aunque admite que “hay gente que no escucha esa organización”. La musicalidad de Cooper-Moore no es sutil, no está pulida. Es casi como asistir al trabajo de un escultor desde que se enfrenta al material que modelará para acabar siendo estatua. Solo que aquí no hay estatua, sino proceso, y puede llegar a interrumpirse de forma abrupta sin una conclusión formal. No hay objeto, sino medio, y es “para llegar a tocar a Dios”. Por eso “la música es solo una herramienta” y ésta se puede trabajar de múltiples formas. “No hay una correcta. Si consigues llegar a la gente, no importa qué nivel de técnica tengas”. Importa “unir al público”.

A mediados de los años ochenta, Gene Ashton cambió su nombre y adoptó los apellidos de soltero de su madre y de su abuela paterna. Nacido en el estado de Virginia en 1946, sus primeras experiencias como pianista fueron en la iglesia. Pasó una temporada en Boston, pero es neoyorquino desde hace décadas, desde que en los setenta llegó por primera vez a la Gran Manzana junto a los compañeros de su primer gran grupo, Apogee (con David S. Ware y Marc Edwards). Se estableció allí de forma definitiva en 1985 tras volver a casa y quedarse unos años.

En los setenta participó de forma activa en la escena de vanguardia de Nueva York, aquella que encontró refugio en los lofts de la ciudad. Durante algunos veranos, contó cuentos en el parque Prospect del barrio de Brooklyn. En ocasiones acompañaba sus narraciones, cuentos folklóricos recogidos de aquí y de allí, con canciones para las que utilizaba instrumentos que él mismo inventa y construye. “Son parte de mí, una manifestación física de quién soy y de lo que hago”, se explica.

Sentado al piano, Cooper-Moore busca involucrar al público, unirse a él y crear una comunidad. “Lo que siento es que soy una nebulosa, que soy las galaxias, los millones y millones de galaxias en el universo”. El objetivo, “que el público pueda llegar allí simplemente estando conmigo”. Pero cuando el viaje acaba, el pianista pone los pies en la tierra. “Soy un hombre negro”, responde inicialmente cuando le pregunto por el momento de polarización política y social que vive su país. Donde algunos vemos excepcionalidad, él siente que “como afroamericano, como un hombre negro que vive en los Estados Unidos, no hay diferencia”.

Más allá del racismo, el diagnóstico no varía. “Es lo mismo de siempre”, se arranca. “Pueden criticar a Marx, pero estaba en lo cierto. De lo que va esto es del trabajo y la explotación. Explotan a los trabajadores y explotan la Tierra”. Y para Cooper-Moore, Estados Unidos tiene un problema crónico: “El dinero es Dios”. Y ese Dios tiene un riesgo para el Arte. “La música siempre es un reflejo de quien te da el dinero”. Por eso prefiere depender de su gente y no de las corporaciones que están detrás de becas y fundaciones. “Si dependes de la comunidad para mantenerte, eso se va a reflejar en lo que haces”.

Al acabar el concierto, la gente se abalanza sobre los discos de Cooper-Moore. Cuestan lo que cada uno pueda o quiera darle. Se acercan a él amigos, familiares y aficionados. Se saludan, abrazan y fotografían. Él nació y vivió no muy lejos de donde acaba de oficiar la ceremonia, en las afueras de Washington. Dice que muchos de sus parientes nunca le habían escuchado tocar un solo de piano. Cuando terminamos la entrevista, ya prácticamente no queda nadie en el local. En la calle hace un frío helador. Es noche cerrada, está cansado, pero el pianista tiene un autobús de madrugada para volver a Nueva York. “Tengo que pasear al perro por la mañana”, me explica. Pura prosa después de la poesía. Como la que imagina para marcharse de este mundo. “Me gustaría irme tocando y simplemente desaparecer”. El alma del creador abandonando el cuerpo camino de la eternidad.

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