Tocar bajo cero

Tocar bajo cero

Pues no. Con este título no me refiero a la gélida situación de la música en directo en España, a no ser que seas coach de “La Voz” o hayas participado en “Operación Triunfo”. Se trata, literalmente, de tocar instrumentos fabricados con hielo a temperaturas inferiores a una decena de grados bajo cero. Así que no hay ninguna conexión con los triunfitos, exceptuando que estos me dejan frío.

Al parecer, todo comenzó hace 20 años en las cumbres nevadas de Colorado, uno de esos estados norteamericanos cuyo mapa es un rectángulo y donde los inviernos son casi tan largos como la segunda parte de “Blade Runner”. La juerga padre. Allí, un escultor venido a lutier llamado Tim Linhart decidió construir un contrabajo con todas sus partes esculpidas en hielo. El sonido resultante le embrujó de tal manera que resolvió consagrar su vida a dicha empresa. En la actualidad, reside en la Laponia sueca donde regenta un pequeño auditorio-iglú en el que actúa con su banda de instrumentos escarchados. Madre mía, cómo tiene que ser el día a día en Colorado para que acabes mudándote a Laponia. Desde el respeto.

 


Dejando aparte la belleza plástica del espectáculo de luz y hielo creado por Linhart, o la pureza del sonido de estos instrumentos comparados con los tradicionales, algo que, por otra parte, es complicado apreciar con un simple oído nivel usuario como el mío, lo que me parece realmente magnético es el concepto de que el calor corporal del músico pueda llegar a derretir el instrumento. Es decir, que el amor por la música pueda llegar a matarla. Es poético, es sublime… y es una pena que lo pongan al servicio de un repertorio tan garbancero como “The Final Countdown” de Europe o “Thank You For The Music” de Abba. No digo que tuvieran que interpretar únicamente partituras como el “Invierno” de Vivaldi pero, vaya, que hasta la banda sonora de la película “Frozen” resultaría más apropiada que los grandes éxitos del pop-rock sueco.

En este punto es cuando uno empieza a pensar que esto de la música bajo cero es un nuevo camelo para sacarte los cuartos, una mera atracción turística, otro circo, como el del sol, espectáculo que, por cierto, también me deja frío (sobre todo los diseños de vestuario de su estilista, Dios lo confunda).

Pero no, porque tirando del hilo uno descubre que el espabilado de Linhart no se inventó nada, que los instrumentos de hielo ya se usaban en Yakutia antes de que los comanches llegaran a Colorado y que en la Madre Rusia hay proyectos tan genuinos como Yarga Sound System.

 


Taladros, motosierras, botes de plástico, cables que no falten, anoraks feos, malos pelos, peores barbas y un local de ensayo que parece un secadero de tabaco donde los músicos afinan lingotes de hielo a modo de marimba, pero colgados como chorizos de cantimpalo. Así sí. Así uno recobra la esperanza de que la música bajo cero sea algo más que una estrategia de mercadotecnia, al menos en Rusia, donde la única idea que tienen de mercadotecnia es lucir el torso desnudo de Vladimir Putin.

 


Y mientras el iluminado de Colorado llega a declarar que el hecho de que el intérprete esté hecho de agua líquida y el instrumento de agua congelada facilita la conexión espiritual entre ambos, lo cual entonces también ocurriría chupando un Calippo, pese a sus evidentes connotaciones sexuales, la gente de Yarga Sound System apuesta por un fin más honesto: la conexión cultural. Esto es, explorar el folk tradicional de los nómadas del norte ruso fusionándolo con bases electrónicas sobre las que suenan instrumentos creados con el principal material que tienen a mano: el hielo.

Pero en esta exótica escena musical también hay espacio para el purismo más recalcitrante. En 2012, los percusionistas rusos Ethnobeat adquirieron cierta notoriedad informativa en su ámbito con una performance en la que sus miembros tañían los témpanos del lago Baikal cual tablones de txalaparta.

 


Y aunque en estas latitudes mediterráneas solo veamos el hielo cuando nos asomamos al interior de una copa de Gin Tonic, en las proximidades del Círculo Polar ártico no faltan quienes lo usan para facilitarse instrumentos. No son muy numerosos, no son muy conocidos, no creo que puedan vivir de ello, pero son tan persistentes como para organizarse en entrañables festivales a los que me encantaría asistir con una petaca de vodka en el bolsillo o, en su defecto, un termo de vino caliente.

 


Una vez me preguntaron si me gustaba la música brasileña y respondí que sí: Sepultura es uno de mis grupos favoritos. Me reprocharon que no se referían a eso. Yo sí. Así que, no me gustaría despedirme sin un pliego de descargo para con la música sueca: Hellacopters estará siempre en mi panteón de Dioses. Por eso, quiero que sea uno de sus componentes, Robbert Eriksson, quien ponga punto final a esta historia ártica marcándose un solo con una batería hecha con hielo. Un solo en el que parece invocar a los vikingos de antaño para que regresen de Valhalla y carguen sobre sus descendientes gritando “¡Muerte a Roxette!”.

 

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