Sonia Megías

Sonia Megías

Alguien me dijo una vez que no había que comprar los discos por la portada. Y tenía razón. Era el dependiente de una tienda de música que quería encasquetarme uno de Frank Zappa que a mí me parecía horroroso. Sí, amigos, yo desconozco a Frank Zappa por culpa de sus portadas, que siempre me han dado un pelín de repelús. Y creo que con esta confesión aporto bastantes pistas sobre las veleidades de mis gustos y sus consecuencias.

La cuestión es que, aunque todos hayamos comprado algún disco por la portada, pienso que lo que realmente nos define son, precisamente, todos aquellos que NO nos hemos llevado a casa debido, también, a sus portadas. Y, siendo como soy un hombre de prejuicios, no me cuesta reconocer que si algo no me entra por los ojos, es muy complicado que luego me toque la fibra, pese a que sea capaz de reconocer que me equivoco. A veces, incluso, prefiero equivocarme.

Y esto, muy a mi pesar, es lo que me pasa con la compositora Sonia Megías. No por la portada de sus discos, que no tiene, sino por todo lo que conforma su imagen como artista: su discurso, su vestuario, la puesta en escena, hasta el diseño de su página web, todo se me hace bola, todo actúa como un parapeto que me impide disfrutar de su música.

Sonia Megías es una compositora albaceteña de música contemporánea nacida en Almansa, una localidad de gran tradición musical cuya banda municipal ha llegado a mojarle la oreja a las valencianas en algún certamen de la cosa. Algo así como si un equipo lapón ganara a Estados Unidos al baloncesto.

Según ella misma, en sus comienzos se inspiró en la música espectral, una corriente francesa de los años 60 conceptualizada por Hughes Dufourt, cuyo ideal compositivo era el estudio del timbre del sonido partiendo de su «espectro» armónico. Hasta aquí, todo bien…

Me falta formación para realizar un análisis de la obra musical de Sonia Megías, pero encuentro suficiente talento y trabajo detrás de sus composiciones. El problema es que mis prejuicios se activan como leucocitos cuando la autora comienza a dotar a su música de cuerpo, de discurso y de puesta en escena. Solo con leer una declaración de intenciones suya mi organismo ya genera anticuerpos: «Me gusta vagar por los mundos del no-tiempo y el no-lugar y sacar a la consciencia rituales que nos conectan con las verdades ancestrales. Defiendo la música como religión, como modo de vida, como cosmovisión

Para explicarme mejor, propongo el siguiente experimento: escúchese a continuación su obra Tempsiabo (2006) sin prestarle atención a las imágenes del vínculo que aporto bajo estas líneas y, posteriormente, vuélvase a escuchar sin quitarle ojo al coro que la interpreta en esa supuesta performance: el «Coro delantal» dirigido por la propia autora, en el que puede abundarse en un segundo vídeo…

¿«Coro delantal»? ¿En serio? ¿De verdad que, en estos tiempos que corren, alguien pretende innovar con los componentes de un coro ataviados con delantales blancos y con las caras pintarrajeadas con deconstrucciones de claves de sol? Si al menos los delantales estuvieran manchados de sangre y fuera un coro de asesinos en serie, no sé, algo así como el «Coro Dexter», todavía, pero esto… Es más, el asunto podría resultar hasta naif si su punto de partida no fuera tan pretencioso, ya que Tempsiabo, según la autora, es «una invocación a la diosa en una lengua anterior al sánscrito». Ahí es nada. Debe ser que los sumos sacerdotes no indoeuropeos del 1500 a.C. invocaban a la diosa en delantal.

Entiéndaseme bien: no digo que para llamar la atención con una puesta en escena alternativa haya que orinarse en la cara de los asistentes, algo que, por cierto, ya he presenciado, pero esto del «Coro delantal» es de primero de performance. Porque, y volviendo a las raíces musicales de la autora, su «Coro delantal» no tendría nada que hacer, en cuanto a puesta en escena se refiere, contra la siguiente representación de una composición de otro espectralista, György Ligeti:

Y eso que Sonia Megías me parece una autora interesante con unas composiciones musicales sensibles, maduras e introspectivas, de esas ideales para escuchar con los ojos cerrados. Sobre todo, con los ojos cerrados, porque como los abras…

Así que sí, soy presa de mis prejuicios y me cuesta mucho superarlos. Por ejemplo, he leído en una entrevista que Sonia Megías se encuentra actualmente trabajando en una obra basada en la posible información que contenían los documentos quemados en la antigua biblioteca de Alejandría. Suena bien. Aunque mucho me temo que, acorde al gusto estético de la autora, en el estreno veremos esos documentos en COMIC SANS.

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