Keith Jarrett, Nude Ants y la importancia del contexto

Con el tiempo, uno acaba por entender —al menos en cierta manera— la importancia del entorno en el que actúa un músico. Es algo muy evidente, pero no siempre reparamos en que la interpretación de la música, más aún si hablamos de música improvisada, está enormemente condicionada por las circunstancias: desde elementos clave como el escenario y su disposición o el mismo estado del instrumento, hasta cosas tan prosaicas como que el intérprete haya discutido con su pareja minutos antes de salir a escena o que le haya sentado mal la merienda. Cada pequeña interacción del entorno con el músico, en este caso Keith Jarrett, condiciona en cierta medida lo que sonará en esa sesión, casi siempre de forma imprevisible: también la peor de las circunstancias puede rebotar contra una previsión fatal y acabar desembocando en un recital soberbio.

Keith Jarrett, intérprete interactivo como pocos, ha convertido algunos momentos de flaqueza provocados por su síndrome de fatiga crónica en verdaderos portentos discográficos, valiéndose de esa adversidad para sacar de su interior una magia que, tal vez, en condiciones óptimas se hubiese mantenido adormecida. No caeremos aquí en el tópico de afirmar que con todo en contra el artista se crece porque, en muchos casos, con todo en contra, el artista se va a pique como podría ocurrirle a todo hijo de vecino. No es cuestión de ensalzar la inconveniencia o la tensión como motor creativo, sino dar gracias porque, en ocasiones estelares, esa inesperada magia surgida de la fricción nos regale momentos únicos.

Entre los numerosos elementos que condicionan radicalmente una actuación destaca particularmente el espacio, la sala en la que se sitúan los músicos y su público. Aparte de cuestiones acústicas, tal vez lo más relevante en cuanto a la relación del artista con el espacio es escuchar a un mismo grupo tocando en un auditorio con miles de localidades y en un pequeño club con capacidad para poco más de 100 personas. Esto me viene a la cabeza reescuchando las grabaciones en directo del ya legendario cuarteto de Keith Jarrett con Jan Garbarek, Palle Danielsson y Jon Christensen, un grupo que, con solo un par de grabaciones de estudio, ejerció una enorme influencia sobre el jazz europeo a partir de finales de los años setenta.

En ocasiones se dibuja la estampa de este denominado «cuarteto europeo» de Jarrett como un reverso de su fabuloso «cuarteto americano» junto a Dewey Redman, Charlie Haden y Paul Motian. Sin embargo, las diferencias entre ambas formaciones son evidentes y muy marcadas: mientras el primero fue originalmente un encuentro puntual para grabar el extraordinario álbum Belonging, el cuarteto «oficial» de Jarrett fue un laboratorio creativo constante, basado en un arduo trabajo de campo y una actividad continua entre 1971 y 1976 que desembocaron en más de una docena de álbumes publicados a lo largo de los setenta. Cuando este grupo estable empezó a dar muestras de agotamiento, Jarrett se refugió en sus célebres recitales a piano solo y eventualmente resucitó la confluencia con Garbarek, Danielsson y Christensen en el álbum My Song, otra piedra angular del jazz europeo de la época.

En 1979, ya con el cuarteto americano disuelto, Jarrett tocó con Garbarek y compañía por última vez a lo largo de una gira que produjo al año siguiente un disco en directo tan criticado por unos como valorado por otros: Nude Ants. En pocas de las críticas recibidas no se hizo alusión a la música interpretada sino, principalmente, a las particularidades acústicas de la grabación, que en su momento fueron consideradas casi unánimemente como inaceptables según los exquisitos estándares del sello ECM. Efectivamente, desde el punto de vista técnico hay todo un abismo entre la excelencia acústica de Belonging o My Song y el sonido urgente y magro de Nude Ants, pero hay en esa urgencia abigarrada y terrenal una magia especial, que aporta algunas cualidades al disco que se entienden mejor hoy que en el momento de su publicación hace casi cuarenta años.

Cuando en 1989 el sello alemán publicó Personal Mountains, un registro grabado menos de un mes antes que Nude Ants durante la gira del grupo por Japón, muchos se preguntaron por qué demonios se guardó en el cajón una grabación tan superior desde el punto de vista acústico, primando las marrulleras tomas en el Village Vanguard que conformaron Nude Ants. Cuando en 2012 vio la luz Sleeper, un CD doble grabado también en aquella gira europea, la pregunta surgió de nuevo: ¿por qué una disquera que ha hecho de la calidad de sus grabaciones una seña de identidad decidió publicar un álbum como Nude Ants, habiendo disponibles registros muy superiores técnicamente? Para responder esta pregunta solo podemos conjeturar, aunque sea señalando algo que resulta obvio tras la escucha en profundidad de los tres discos: porque en el Village Vanguard el grupo suena crujiente, arriesgado, casi incómodo, feroz.

El propio Jan Garbarek ha declarado en alguna ocasión que no está satisfecho con su interpretación en Nude Ants, pero es precisamente esa leve sensación de imperfección la que insufla vida a su saxo, que suena en este disco más fiero que en gran parte de su carrera. Jarrett, por su parte, se muestra pletórico, muy elocuente y en gran sintonía con la sección rítmica, especialmente con un Jon Christensen que suena frontal y rotundo. Es esa cercanía del Village Vanguard la que se transmite, ese tocar al borde del escenario, con el reducido público clavándote la mirada a pocos metros de distancia. ¿Cuál es la principal diferencia, aparte de las circunstancias técnicas de grabación y el par de semanas de viajes y conciertos que los separan, entre Nude Ants y esos hermanos más aseados que son Personal Mountains y Sleeper? Este último se grabó en el Nakano Sun Plaza Hall de Tokio, un gran auditorio con capacidad para 2.222 personas. El Village Vanguard puede albergar, como mucho, alrededor de 120 personas.

Prestando atención solo a la discografía de Jarrett podemos aventurar que ese concierto en Tokio tuvo lugar en uno de las salas más grandes en las que Jarrett y los suyos habían actuado hasta la fecha (su célebre Köln Concert, por ejemplo, tuvo lugar en la ópera de Colonia, con aforo para unas 1.300 personas), y un espacio así condiciona inevitablemente a un intérprete. Tal vez sea un contexto más frío, pero también permite una mayor concentración, apoyarse en la distancia con el público y el aislamiento de un gran escenario para favorecer la introspección del grupo. Del mismo modo, uno sale al diminuto escenario del Village Vanguard a ser salpicado por el inmediato y cercano entusiasmo de la audiencia, a imbuirse de la historia que rezuman sus paredes y a despegar de forma más frenética y directa que nunca. Es ese un espacio en el que un músico ha de entregarse de otra forma, más incómoda, tal vez, pero también más vibrante. Y eso es lo que ofrece Nude Ants: cercanía y vitalidad.

Solo hay que escuchar el «New Dance» que da nombre al disco (Nude Ants es una especie de metátesis de New Dance) y compararlo con el mismo tema registrado en Sleeper para percibir esa cercanía y fogosidad. Esto no quiere decir que Personal Mountains o Sleeper no sean discos fabulosos, porque lo son, y completan a la perfección la fotografía del cuarteto en directo que ECM comenzó a mostrarnos en 1980. Escuchando los tres álbumes nos queda la tesis final: que el casi milagroso cuarteto de Jarrett con Garbarek, Danielsson y Christensen fue una unidad a la altura creativa de los mejores momentos de la carrera del pianista. Y, si quedan grabaciones del grupo por desempolvar, muchos estaremos encantados de escucharlas.

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