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La clandestinidad de los discos hueso

La clandestinidad de los discos hueso

«Son imágenes de dolor y daño que sostienen los sonidos del placer, frágiles fotografías del interior de ciudadanos soviéticos inscritas con la música que amaban en secreto»

La escena es familiar: películas, libros, la vida misma trasladará al lector al momento en el que se lleva a cabo la transacción clandestina en una esquina sombría de una gran ciudad. El intercambio entre dos personas, muchas veces desconocidas, de algo ilegal, prohibido, peligroso, por dinero u objetos de valor. Si uno de los protagonistas viste una gabardina, un abrigo o cualquier tipo de gabán, todavía resulta más creíble: algo llevará debajo del sobretodo. Ahora bien, si lo que se intercambian son viejas radiografías por botellas de vodka, en el Leningrado soviético de los años 50, la verosimilitud tiembla hasta que el investigador de la NKVD (Comisariado Popular de Asuntos Internos), la eficaz y cruel policía soviética, descubre que las radiografías son círculos con un agujero en medio con surcos como si fueran un disco de vinilo.

En aquella dictadura terrible (Stalin se mantuvo en el poder hasta 1953), en 1946 había gentes que no temían la dura represión de las purgas. Tampoco es que fueran kamikazes: más bien, personas inquietas que sabían que había otro mundo además del soviético. En Rusia y en el resto de Europa o Estados Unidos. Una de estas mentes atrevidas era Stanislav Philo que en ese año se traslada a Leningrado con un torno de discos Telefunken que había “adquirido” en Alemania durante la guerra. Philo había pensado que con aquel aparato se podía ganar unos rublos utilizándolo como grabadora de las voces de sus compatriotas en vinilo, una práctica que resultó atractiva en aquella fechas y en aquel sistema político, por lo que relatan las crónicas. Pero el inquieto Stanislav también era melómano y conocía de los intereses de quienes podríamos llamar los “hipsters” soviéticos.

Si los originales hipsters (los auténticos, que podrían tener en la generación Beat un referente, no los lechuguinos que han proliferado en los últimos lustros) se movían en las dos costas estadounidenses alrededor del jazz, de la contracultura; en la URSS les había salido unos imitadores, la única cultura juvenil soviética conocida, que se llama Stilyagi. Como relata el film homónimo, más que recomendable, los stilyagi trataban de imitar a sus coetáneos occidentales: es de imaginar que en aquella sociedad tan hermética, lograrían escuchar alguna emisora británica o estadounidense en onda corta como en España se seguía Radio Pirenaica, aunque los jóvenes de la entonces dictadura española buscaban política, mientras que los stilyagi, como refleja la película, recorrían el dial en busca de jazz y rock´n’roll. Vestían como pensaban que vestían los jóvenes yanquis de aquel momento, a partir de lo que habían podido rastrear en alguna revista clandestina. Y, por supuesto, estaban perseguidos por la policía política soviética y, como cualquier otra tribu urbana (piénsese en los punk en la Inglaterra de finales de los setenta o el País Vasco de los ochenta), eran considerados como una amenaza para la juventud por los bienpensantes.


El fenómeno de los discos hueso, que se recupera al principio de este delicioso musical ruso de 2008, era prácticamente desconocido fuera de sus fronteras. Incluso en la propia Rusia. Como cultura marginal que era se quedó ahí, fuera de la historia, hasta que esta película la recupera en la ex Unión Soviética (con éxito de público) y, cinco años más tarde, llega al resto del mundo de la mano de The Bureau of Lost Culture, iniciativa impulsada por Stephen Coates para recuperar prácticas culturales olvidadas. Coates, músico y líder de la banda The Real Tuesday Weld había acudido a de gira por Rusia en 2013 cuando, en San Petersburgo, descubre los discos hueso en un mercado. Y con el encuentro con este formato singular, surge el proyecto The X-Ray, “dedicado a la comunidad clandestina de amantes de la música y contrabandistas que desafiaron la censura en la Unión Soviética de la guerra fría para hacer y distribuir sus propias grabaciones de música prohibida”, según se lee en la página web.

Lo que le movía a Coates, más que la anécdota, interesantísima por supuesto, de las radiografías como soporte para reproducir música, era el fenómeno cultural en sí. Porque aquellos melómanos clandestinos formaban un colectivo heterogéneo, más allá de la tribu urbana de los stilyagi. Obviamente, estos tenían que acceder a ese circuito clandestino para escuchar la música que tan bien relata el documental que surgió del proyecto X-Ray, pero también había otro tipo de aficionado que quería recuperar la música prohibida por el estado soviético. Como Coates  ha comentado en más de una ocasión, “cuando la gente escribe sobre el fenómeno, tiende a centrarse en el rock’n’roll, pero mucha de la música rusa con la que la gente había crecido también estaba prohibida. Hay un cantante ucraniano llamado Pyotr Leshchenko, un emigrante ruso especializado en el tango sudamericano y la música gitana. Después de la segunda guerra mundial, cuando su música fue prohibida, la gente tenía que sintonizar emisoras como Radio Teherán para escuchar sus canciones. Al final, las autoridades se impusieron una tarea demasiado grande. Había canciones populares rusas que se clasificaban como canciones criminales, pero en realidad no lo eran. Sólo se consideraban «baja cultura»». Es decir, el estado soviético prohibía lo que se considera música popular, fuera la que fuera.

¿Por qué se eligió la radiografía como soporte? Todas las investigaciones conducen al mismo lugar: una pura casualidad técnica. La radiografía era el método principal para descubrir la tuberculosis en los pacientes. Los hospitales se desprendían de ellas, por cientos, sin ningún control. Y era un material que permitía grabar una canción por una cara, a 78 revoluciones, para reproducirse una docena de veces antes de que se hiciera inaudible. El agujero central se hacía con la brasa de un cigarrillo. ¡Y a disfrutar!… mientras no llegara la policía, claro. Casi todos los protagonistas de aquella aventura pasaron por prisión, hasta tres veces, porque eran reincidentes: les movía la pasión por difundir la música más que el lucro, como se cuenta en este vídeo. Y la pasión por ese mundo, llevó a Coates, con motivo de la exposición que organizó en Londres en enero de 2015 alrededor de los discos hueso, a recrear aquel proceso de fabricación sobre radiografías en una performance que terminó con la escucha del disco recién fabricado en un gramófono de 1950: un viaje en el tiempo a un mundo que ya no existe.

 

 

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