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K-Pop

K-Pop

Lo confieso. No tengo ni idea de K-Pop. Me pasa como a tantos padres cuyos hijos son seguidores de este subgénero pero, en mi caso, sin hijos. Y aunque esta monserga la he llamado “K-Pop”, bien podía haberse titulado “todo lo que usted quiere saber sobre el K-pop pero no se atreve a preguntarle a sus hijos”. De nada.

Bien, aunque de primeras esta tendencia parezca un mero cruce entre lo mejor de “Gangnam Style” y lo peor de Eurovisión, cuidado, un respeto, porque el número de grupos es tan grande que ni con 100 ediciones de “Operación Triunfo”, a 3 mastuerzos famosos por cada, llegaríamos a competir con la cantidad de jóvenes coreanos que militan en las bandas de este estilo. Y eso en un país como Corea del Sur, un poco más grande que Castilla y León y bastante más pequeño que la superficie de todos los cuartos de baño de Isabel Preysler.

 

Para ilustrarme al respecto, me cito con una fan madrileña de esta música que, además, pasa largas temporadas en Seúl. Mi informante está preocupada por la posibilidad de que sólo me interese hablar con ella para poner al K-Pop a caer de un burro. Le aseguro que no, que sólo quiero conocer. Tiene lo que yo llamo “complejo de Karmele Marchante”, es decir, que sabes que vayas donde vayas te van a dar de lo lindo. De hecho, no me extraña que Karmele se haya hecho independentista después de las tundas que ha recibido en los platós de Madrid. Pero volvamos al tema…

El K-Pop surge como una respuesta a las boy band británicas, tales como Backstreet Boys y Take That!, aunque con un toque más rapero. El origen de todo fue un grupo que, a mediados de los 90, cambió la historia coreana del pop, ya de por sí un poco raquítica entonces. Se llamaban Seo Taeji and Boys, y que me aspen si no percibo en ellos ecos lejanos de Cypress Hill, pero mejor coreografiados y sin estar fichados por la policía.

Lo primero que hay que entender es que el K-Pop es un producto diseñado en una oficina y, contrariamente a lo que se pudiera pensar, están orgullosos de ello. De hecho, su laboratorio es la todopoderosa agencia SM Entertainment, el sello por excelencia del K-Pop: si tu grupo no lo han creado ellos, no eres nadie.

Lo curioso es que el mandamás, un tal Lee Soo Man, pese a que ahora es el padrino del K-Pop, se dio a conocer en los 80 como líder de la primera banda coreana de Heavy Metal: Lee Soo Man & The 365 Days. Y basta una breve escucha para darse cuenta de que, aunque de metal no tenían mucho, la cosa sí que era muy heavy…

Hemos hablado de Seo Taeji and Boys pero, el primer grupo que de verdad sentó las bases del K-Pop a finales de los 90 se llamaba H.O.T. ¿Y cuáles son estas bases? Pues grupos de cantantes de tesituras variadas, estudiadas coreografías, vestuario conjuntado más o menos disparatado y cortes de pelo de esos que sólo te quedan bien si eres asiático. Y puede que ni eso.

En cuanto a las letras, mi contacto en Seúl reconoce que son del tipo blandengue para no provocar polémicas y llegar a cuantos más adolescentes mejor. Ella las entiende, claro, aunque eso es lo de menos, porque tampoco entendemos las canciones anglosajonas y bien que las consumimos. De hecho, hay grupos indies españoles a los que entiendo menos que si cantaran en coreano.

La pregunta del millón es: ¿dónde radica el éxito del K-pop? Pues, por un lado, en la segregación de género. Aunque al principio existieron grupos mixtos de chicos y chicas, esto trajo algún que otro problemilla, ya nos imaginamos de qué tipo. En este tipo de asuntos las hormonas funcionan igual aquí que en Corea. Así que, con la segregación, no sólo se ahorraron el papelón de tener ídolos de menos de 18 años con más de dos hijos, sino que afinaron en el enfoque: las chicas hablan de problemas de chicas y los chicos, pues de chicos.

El segundo motivo del éxito radica en la cantidad de contenido que aporta el K-Pop a sus fans: Música, coreografías, estilismos, una jerga propia y, para los cada vez más numerosos admiradores occidentales, el exotismo.

Como no-padre que soy, acabo este pequeño tránsito por el K-Pop con un truco que se me antoja efectivo para aquellos progenitores que tengan a su prole atrapada en esta red. Corren rumores de que el mismísimo Kim Yong Un es un fanático de esta tendencia. Pues bien, la próxima ocasión que tengan ustedes que enfrentarse a un visionado conjunto con sus hijos de una jartá de video-clips, o que se vean forzados a un largo viaje en coche con esta música a todo lo que da el volumen, imagínense al sátrapa de Corea la Mala, en calzoncillos y calcetines, ensayando las coreografías de los grupos de K-pop de su vecina Corea la buena. Lorza arriba, lorza abajo y ahora una media vuelta…

Así se las gasta mi capacidad para el esperpento, y sin mezclar medicamentos ni nada.

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