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En compañía de mi instrumento

En compañía de mi instrumento

La singular y apasionada relación del músico con su herramienta de trabajo

De vez en cuando los medios de comunicación se hacen eco de robos de preciados instrumentos musicales antiguos, olvidos en taxis, o historias para no dormir acerca del “manejo” de estos frágiles objetos por parte del personal de algunas compañías aéreas. Los intérpretes propietarios -o que los utilizan en préstamo-, experimentan una desolación superior a la ira o la indignación. El daño o la pérdida sufridos es casi peor que el que se pudiera infligir sobre la persona. No se trata del valor económico. En el mundo se dan infinitamente más desapariciones o destrozos, de instrumentos más modestos y modernos, que los que salen en televisión, y el disgusto puede ser equivalente o mayor. Tampoco es una cuestión de la insustituibilidad. Se presume que el instrumento musical es un medio. Un buen intérprete, quizá con un poco más de esfuerzo que lo habitual, es capaz de seguir haciendo maravillas con un instrumento de menor calidad que lo que está acostumbrado.

Todas las personas, como resultado de la evolución biológica, están generalmente predispuestas a mostrar a nivel pre-consciente una actitud positiva ante objetos con determinadas características. Los instrumentos musicales cumplen con algunas de ellas: suelen tener colores brillantes y saturados, son de tacto suave, de forma simétrica y/o curvilíneos, y producen sonidos agradables al oído. A esto puede unirse el proceso de enculturación, por el cual es posible que determinados sonidos ásperos o fuertes se conviertan en gustos adquiridos, o que el instrumento se valore como emblema de estatus o por otros factores socio-económicos.

Pero cuando el dueño de un instrumento es músico, aquél se convierte frecuentemente en mucho más que un objeto físico, mucho más que una posesión material. En la valoración, más allá de la función -hacer música y, concretamente, de qué manera-, el rendimiento -su calidad- y su usabilidad -su facilidad de manejo, si el teclado es más o menos “duro”, si para tal nota hay que corregir la afinación desde la embocadura…-, está íntimamente ligada la inteligencia emocional. Y la expresión y experimentación emocional es el pan nuestro cotidiano de los músicos.

Para el intérprete, su violín o su saxofón puede convertirse en un símbolo que ha contraído un valor de referencia positivo extraordinario. Es signo de expresión de su identidad, ya que, quizá, solo a través de él, al tocar, es cuando se quita todas las máscaras, se desprende de toda coraza y se muestra, vulnerable, tal y como es en el fondo. Si el músico no solo disfruta por el musicking -concepto acuñado por Christopher Small-, sino que además se ve reconocido en, y motivado por, su instrumento, aumenta el nivel de autoeficacia y, como consecuencia, el autoconcepto. Desde otro acercamiento, también es susceptible de servir como aquello a lo que los psicólogos llaman “objeto transicional”, aportando confort y bienestar mental y emocional.

Aunque eso significaría que el intérprete disfruta tocando cualquier instrumento de su especialidad. “I love a piano”, que dice la canción de Irving Berlin. ‘Adoro el piano’, no importa cuál. Aparte, hay un grado de mayor concretización que se da cuando se adora no solo tocar el piano, sino un piano en particular. Puede deberse a un ejercicio de la memoria episódica, por el cual, al mirar y tocar su instrumento, el músico recuerda vivencias, sensaciones, situaciones, narrativas propias. A un nivel conceptual más abstracto, la responsabilidad es mayor si se tiene consciencia de ser únicamente depositario temporal: el instrumento podía tener su historia previa; durante un cierto tiempo, este individuo y este instrumento coincidirán y trabajarán juntos; finalmente, se espera que, aunque la música es un arte pasajero al igual que la vida, alguien tomará el testigo y este piano seguirá formando parte de la biografía de más gente.

También hay que tener en cuenta que hacer música no es solo un acto intelectual y expresivo emocional. Es una experiencia física, kinestésica (no está nunca de más recordarlo, pues es un detalle que, por obvio, se puede olvidar… hasta que llegan los dolores). El instrumento se convierte, entonces, en una prolongación del cuerpo. Pero, del mismo modo que en novelas de ciencia ficción hay debates éticos acerca de dónde reside el “yo” y hasta qué punto sigo siendo yo tras fantasiosos transplantes e implantes cibernéticos, ¿cuándo deja de ser el instrumento “mi” instrumento para convertirse en otro? Aparte de cambios pequeños por desgaste, como fieltros o zapatillas (el equivalente a la renovación de las células de la piel), es absolutamente corriente desechar la boquilla que viene de fábrica con el instrumento, sustituir el tudel o el puente… Por muchos cambios de piezas o reparaciones que se hagan, la respuesta es tan sencilla como: “el instrumento es mi instrumento mientras yo lo considere mi instrumento”, esto es, hasta que haya una “separación” por venta o cambio de modelo, “jubilación”, o “deceso”.

Lo cual nos lleva a la siguiente idea: no conlleva que el trato sea propiamente como con una parte del cuerpo, sino que es una relación con un “Otro”. Hacer música casi se trata de un trabajo en equipo que requiere el estudio y esfuerzo de la persona y el óptimo funcionamiento del mecanismo del objeto. Pero toda relación de “pareja” tiene sus altibajos. Determinados días puede haber enfados porque las cañas traicionan al no responder como la víspera o, quizá con el tiempo, el músico se da cuenta de que es precisamente cierto color oscuro en el sonido (que al principio no le convencía) lo que ha convertido en único e imprescindible a su instrumento. Esta especie de “personificación” lleva, incluso, a “bautizar” al instrumento. Quizá sea un nombre propio, común o apodo que esté asociado a alguna característica o algún acontecimiento relacionado con su historia. Ahí se llega al grado máximo de personalización e individualización.

Los cantantes tienen una situación única y difícil, que consiste en ser a la vez y en sí mismos, instrumentista e instrumento. Pero tienen la desgracia de no poder experimentar esta bonita relación con un objeto especial. Los pianistas y organistas se encuentran en la frontera, teniendo lo mejor de ambos mundos: En el domicilio o en la iglesia, tienen su instrumento de estudio ordinario, el que conocen al dedillo y que está en su hogar (“hogar es donde está el corazón”, dicen). Pero a la hora de ofrecer conciertos, estos intérpretes se encuentran con el reto y disfrute adicional de descubrir lo desconocido, las particularidades de un nuevo instrumento, quizá un nuevo “amigo”.

Tras toda esta explicación, no resulta tan insólito que, por ejemplo, Carl Philipp Emanuel Bach compusiera en 1781, a raíz de la venta a un alumno, el melancólico Rondó “Despedida a mi Clavicordio Silbermann” Wq66 H272, (y es muy significativo que sea este tipo de instrumento, en el cual el mecanismo permite una relación tan directa entre el contacto de los dedos y la emisión sonora). Con una duración casi tres veces más que lo habitual para las piezas clavecinísticas que componía, diríase que el segundo de los hijos de Johann Sebastian deseaba que la separación no llegara nunca.

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