Pianismo temperamental
Brad Mehldau, After Bach (Nonesuch, 2018) – 69:46
Vivir de encargos es también vivir. Componer bajo petición es otra de las muchas formas que toma prestada la inspiración para desplegar sus poderes y lanzar sus productivos sortilegios. Brad Mehldau ha tomado afición a que la musa se enseñoree en cada uno de sus proyectos con la naturalidad del que cree que se trata de una aparición cotidiana, cuando en realidad es un hecho aislado y poco frecuente. Algo tendrá que ver una técnica muy bien engrasada, el instinto de rodearse de acompañantes inquietos e imaginativos, así como saberse elegido por un temperamento indómito, que tan pronto le hace componer para Anne Sofie Von Otter o Renée Fleming como sirve de vehículo para músicas ajenas, caso de Patrick Zimmerli, Joe Henry o Allen Toussaint. Por no hablar de la reinvención del trío que viene llevando a cabo desde hace más de veinte años, y que ahora vuelve a dar frutos mayores en Seymour Reeds the Constitution (Nonesuch, 2018).
After Bach (Nonesuch, 2018) parte de un encargo conjunto del Carnegie Hall, el Royal Conservatory of Music, el National Concert Hall y el Wigmore Hall, con la premisa de mostrar la filiación contemporánea del genio barroco. Todo clásico lo es por lo que puede llegar a contar en cualquier época, y Johann Sebastian Bach ha encontrado en los músicos improvisadores actuales como Chris Thile o Brad Mehldau la horma festiva que completa la rigidez obligada de Glenn Gould o Andrá Schiff. No es la primera vez que Mehldau tercia con los clásicos. De sus últimos intentos cabe resaltar los encuentros a piano solo en Wells y Bilbao a propósito de los Intermezzos de Brahms («the composer I have always felt so close to in my heart», confesaba Mehldau en las notas del libreto) que pueden disfrutarse en 10 Years Solo Live (Nonesuch, 2015), así como alguna que otra Meditation que aquí se emparenta con piezas oníricas como After Bach: Dream, una ensoñación ralentizada de gran calado que hacia la mitad de su recorrido se convierte en una pesadilla sónica que bien pudiera haber firmado Bernard Herrmann. El comisionado llevaba por título Three Pieces After Bach, pero aquí se amplía el mapa de reinvenciones con siete piezas propias de buscada simetría, cuatro Preludios y una Fuga a partir de los ejercicios tonales desarrollados por Bach en los dos libros póstumos de su Clavecín bien temperado [afinado].
Daniel Baremboim cuenta en sus notas a The Well-Tempered Clavier (Warner Classics, 2004) que, ya de adulto, encontró una gran enseñanza en un libro sobre Franz Listz en Weimar. El pianista austro-húngaro había explicado a un alumno que «el piano no debe tocarse con dos manos o con dos unidades. O se tocaba con una sola unidad, que consta de dos manos, o con diez unidades, donde cada unidad es independiente (…) Las piezas para teclado de Bach necesitan ineludiblemente diez dedos independientes unos de otros. Y si lo son, puede hacerse de ellos una unidad.» Mehldau consigue casi un imposible, y es lograr una sensación de unidad sin necesidad de la obligada independencia digital exigida por Listz para apropiarse del universo de Johann Sebastian Bach.
Las mayores alegrías reimaginadas del conjunto se las lleva el Rondo y Flux. El introito Benediction sirve como vehículo para mostrar lo que se nos viene encima: una suerte de oda a la improvisación —de la que tanto alarde hacía el propio Bach— y a la reescritura casi a modo de palimpsesto de los preludios y fugas contrapuntísticas (a partir del minuto dos ya estamos inmersos plenamente en el universo mehldiano). En el caso de Rondo, la memoria atrasa algo más de un lustro para encontrarse con las filigranas cinemáticas que Mehldau llevó a cabo junto a John Brion en Highway Rider (Nonesuch, 2010), en particular con la elegante y ubicua Don’t Be Sad, que conecta sin solución de continuidad con Flux, una pieza que, en efecto, fluye enorme hacia la cima del arte del pianista de Jacksonville.
El ensayo de Timo Andres que puede leerse en los créditos del disco trata de mostrar la magia del pianista y lo recontextualiza ante la música bachiana, haciendo que nos olvidemos de las aproximaciones de Keith Jarrett, pero, sobre todo, de las de Claude Bolling, Jacques Loussier o el joven Dan Tepfer, esfuerzos siempre cercanos al territorio jazzístico, no tanto en lo referente a las improvisaciones sino en lo que concierne al lenguaje pianístico. La ortodoxia de Yo-Yo Ma y Edgar Meyer junto a Chris Thile en Bach Trios (Nonesush, 2017), así como los encuentros del propio Thile (recordemos su disco a dúo junto a Mehldau), reimaginando las Sonatas y Partitas de Bach en clave mandolina (Nonesuch, 2013) confeccionan un state of art del legado bachiano en el segundo decenio del silgo XXI, con Uri Caine como heterodoxo testigo de cargo. Timo Andres justifica en su ensayo las dos vertientes, las dos riberas de la producción de Johan Sebastian Bach: la improvisación profesional en su labor de organista y clavecinista, y la composición de piezas más complejas sin menoscabo del virtuosismo que como estirpe familiar se le suponía. Que todavía colee la etiqueta third stream en la densa relectura bachiana de Mehldau habla por sí misma de la falta de naturalidad ante el hecho musical en sí, sin géneros ni etiquetas. Un portazo es lo que se necesita para conseguir lo que lograran Nusrat Fateh Ali Khan o Sigur Rós, cada uno por sus medios: que importase más la música y las emociones que el lenguaje verbal inventado sobre el que se construían los ritmos y las melodías, así como la armonía con la que se expresaban sus fantasías musicales.
Bach jamás hubiera imaginado los avances y desarrollos que cabrían en sus composiciones a través de su pupilo y acólito en el correr de los años, pero de nuevo After Bach: Rondo demuestra que quedan muchas cosas por decir cuando la excelencia se hace cargo de la apuesta. Allí se ralentiza el tiempo y se añade un componente pop logradísimo que hace olvidar por completo la solemnidad mal entendida con la que el propio Mehldau barnizó Elegiac Cycle (Warner Bros., 1999). Como álbum conceptual, el conjunto juega con las simetrías, desde la antesala Before Bach: Benediction hasta la coda Prayer for Healing, esta última pieza convertida en un verdadero himno sacro que aúna la grandilocuencia sonora de la mano izquierda con la sensibilidad casi mística de la derecha, sustanciando las emociones del clásico y subrayando los aires golpelianos que hubieran aparecido en la obra del genio barroco de haber nacido en Harlem dos siglos y medio más tarde. El conjunto pide una escucha detenida, como no podría ser de otro modo, pero habrá que dar aviso a navegantes en tiempos del reinado de la impaciencia y la multitarea. Siéntense en soledad, descálcense, digan no a todo excepto a una copa amistosa entre las manos, y mantengan los sentidos abiertos de par en par, para que se capte en toda su dimensión el ejercicio desprejuiciado que nos ha deparado Brad Mehldau en su madurez, cuando ya es amo y señor de su arte.
El avispado John Irving mantiene desde hace años la rutina de consultarle a su asistenta sobre las bonanzas o denuestos de lo susceptible de ser leído. Él no está para perder el tiempo (lee en la cinta de correr, a sus 76 años de edad). Es ella la encargada de confirmarle si, en el caso de que él se lo hubiera encargado, seguiría leyendo o, por el contrario, si con lo leído ya tendría suficiente para saber que no debería continuar con la lectura; es decir, que por ese libro merece la pena perder el tiempo, o que si no fuera porque se le exigió como tarea jamás la hubiera llevado a cabo. De ser nosotros esa asistenta eficientísima, no dudaríamos en recomendar la escucha de After Bach. El dilema de si tan placentera labor debe llevarse a cabo en un sillón orejero o en una cinta de running ya corre a cuenta del respetable.
