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Batucadarg…

Batucadarg…

¿Qué es lo primero que a uno le viene a la cabeza al escuchar la palabra “batucada”? Pues de eso va hoy el asunto, de por qué algunos piensan en una reivindicación festiva y a mí me entran ganas de matar. De cuál es la causa de que haya quien se sume a la diversión en cuanto se cruza con una, mientras que yo reprimo las ganas de estrangular al del silbato con un calcetín.

Igual es cosa mía, pero creo que cualquier reivindicación aderezada con una batucada pierde. La batucada es una merma, es peor, es mal. Y no me refiero únicamente a la percusión, una horda de motivados que camuflan su mediocridad musical bajo un tsunami de porrazos. Lo que me resulta más vergonzante es la actitud, esas caras sonrientes que se gastan, a medio camino entre la natación sincronizada y la sobredosis de triptófano. Resumiendo, que su buen rollo me da muy mal rollo.

Pero si partimos de la base de que las batucadas se popularizaron como los tambores de guerra contra la globalización económica, lucha esta a la que soy bastante afín, entonces ¿qué me ha pasado? ¿Por qué ahora me producen tanto repelús? ¿Cómo ha evolucionado mi ya de por sí cascada psique para llegar a este punto?

Me propongo analizar a continuación el proceso de este desgozne y, como estoy muy mal de lo mío, a partir de ahora me referiré a mí mismo como Caso Clínico nº1.

Acompáñenme en esta triste historia…

 

La primera vez que el Caso Clínico nº1 tuvo contacto con la batucada fue en 1993, cuando escuchó “El matador” del combo argentino Los Fabulosos Cadillacs. Entonces el paciente no lo sabía, pero las percusiones sobre las que se desarrollaba la composición eran exactamente eso: ritmos de batucada que introducían aires de samba, de novedad y de mestizaje musical en el panorama alternativo español.

Un par de años más tarde, en el 95, un rapero italiano llamado Jovanotti se apuntó al carro del mestizaje con “L’ombelico del mondo”, otro temazo basado en la batucada que pronto se convirtió en un llena-pistas de fiestas patronales.

El Caso Clínico nº1 declara que, aunque ese estilo no era lo suyo, en aquel entonces y en determinadas situaciones, era mucho mejor desmelenarse con Jovanotti que acabar bailando una conga al ritmo de “Tengo un tractor amarillo”. Delito este, el de la conga del tractor, que no descarta también haber cometido puesto que confiesa haber vivido los 90  en un cebollón constante, razón por la cual hay una parte de su vida que le gustaría olvidar y otra de la que, directamente, no se acuerda.

A partir de este punto, el Caso Clínico nº1 comienza a delirar y afirma que, cuando en “El paraíso perdido” de Milton, Satanás reúne a su pandemónium, cometió un olvido: no mencionó al demonio más peligroso de todos. A uno que responde al tenebroso nombre de “Carlinhos Brown”.

Para el paciente, este brasileño sudoroso que popularizó la samba y la batucada con un derroche energético que ríete tú de Fela Kuti haciéndole el amor a sus 29 esposas una noche tonta, es el culpable de todo. A partir de su desembarco en nuestro país en 2004 al ritmo de “María Caipirinha”, la batucada pasará a ser sinónimo de reivindicación festiva para unos, y de plaga atorrante para el resto. El Caso Clínico nº1 se incluye entre estos últimos.

Así mismo, sostiene que esta tamborrada tropical se nos ha ido de las manos y, como prueba de su discurso, aporta información complementaria: un periódico local canario reseñó hace poco que los vecinos de Los Llanos de Ariadne, pueblo de Tenerife, hartos de los ensayos de agrupaciones de batucadas en un descampado cercano al municipio, extendieron una queja oficial al regidor. Uno de los parroquianos llegó incluso a calificar la situación de la siguiente manera: “Parece una carga de los Panzer de Rommel”. O bien se trataba de un veterano británico jubilado que sobrevivió a Tobruk, o es que el turre tomaba dimensiones bíblicas.

Tras una crisis nerviosa en la que el Caso Clínico nº1 no deja de gritar cosas como “¡Os crucificaba y os sacaba en procesión por Calanda para que aprendierais a tocar, hijos de p***!”, y otras lindezas parecidas, el paciente es sometido a la ingesta de un cóctel de calmantes. Media hora después, prosigue más tranquilo: según su opinión, es complicado reivindicar algo festivamente dando tanto la lata. En una cacerolada el mensaje es claro: “os vamos a molestar porque estamos enfadados”. Sin embargo, en una fiesta la intención no es molestar sino divertirse. Y, aunque en ocasiones la molestia pueda ser un daño colateral de la diversión, queda claro que ese no es el objetivo.

El paciente concluye su perorata apuntando que ese es el principal motivo de su tirria por las batucadas actuales. No tanto la vulgaridad, ni su mediocridad, ni el perroflautismo, ni que conformen un arte molesto, sino que, en el fondo, están vacías de contenido. Mucho ruido y pocas nueces.

El Caso Clínico nº1 también reconoce que el prejuicio propio de su proverbial esnobismo pueda afectarle al buen juicio, pero añade que aquellos a quienes le guste mucho una batucada, que no lo duden: forman parte del Caso Clínico nº2.

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