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Volúmen Brutal

Volúmen Brutal

El artífice de este invento llamado Konpartitu, un tal Juan Feijóo, me despierta de la siesta con un mensajito de móvil en el que me lanza la siguiente pregunta: ¿por qué las personas que llevan la música alta, muy alta o incómodamente alta nunca están escuchando, por ejemplo, a Bach, a Zeppelin, o a Coltrane? Tras rumiarla en mi cabeza durante los minutos que había destinado a echar la cabezada, llego a dos conclusiones:

1.- No le falta razón.

2.- Juan, la próxima vez que te atices dos güisquis después de comer, intenta no coger el móvil, majo.

Vamos con la primera conclusión, porque la segunda tiene difícil desarrollo más allá de la mera carta de despido.

Se escucha la música alta para compartir, para gritarle al mundo que estás ahí o, sencillamente, para fastidiar. Las tres razones confluyeron en mí cuando era joven, era heavy y siempre viajaba en metro con los colegas escuchando a Obús en un loro de pilas gordas para espantar abuelas. Todo se me ha ido curando con el tiempo menos, quizá, lo de espantar abuelas, empresa cada vez más costosa porque ya no se asustan por nada, las jodías.

 


Dice Nick Hornby, el autor de Alta fidelidad, en su libro 31 Songs sobre las canciones que le han marcado la vida, que la única manera que nos queda ya a los rebeldes de cierta edad para escandalizar a alguien es quizá, asegurar que te gusta el country. Lo cual no es mucho consuelo.

De manera que todos aquellos que llaman nuestra atención por el volumen de su música es muy probable que sean jóvenes y nos lo estén insultando. Por eso nos molesta. Es como esos memes del estilo: “Un día eres joven y al otro te emocionas por comprar una sartén de teflón”. Bien, pues ya no eres joven. La prueba está en el volumen de la música ambiente de una tienda como, por ejemplo, Loreak Mendian, o meterte a comprar ropa en un Stradivarius, que es como si te subiera la pirula. Eso, por no hablar de las tallas…

El primer resultado de este análisis sería que no es el volumen lo que molesta, sino la juventud insultante. Pero tranquilos, porque eso es algo que se pasa cuando empiezan a crecerte pelos en las orejas.

 


Pero supongamos que tus vecinos del apartamento vacacional se pasan el día entero poniendo bakalao cantao a todo lo que da, hasta el punto de que no te importaría pasarle su ubicación a Kim Yong Un, aun a riesgo de que tú también murieras del pepinazo. Más allá del fastidio que esto ocasione, y aceptando que esta molestia pueda ser premeditada, debo señalar que no creo que la culpa sea, necesariamente, de la música reproducida (menos en el caso de Obús, claro está). Es cierto que toda suele ser siempre de temporada, por definirla de una manera poco hiriente, lo cual podría significar que no sólo te están escupiendo su juventud, sino que, además, tienen muy claro que ellos se encuentran en el epicentro del rollo y tú no. Eres viejo y estás pasado, por resumir un poquito el sentido de tu próximo Trankimazín.

 


La música viene a ser como la comida: de chico sólo aprecias el sabor del chorizo Pamplona y de mayor se te llena la boca de matices con un bocado de merluza en papillote. ¿Y por qué? Porque con el paso de los años has ido educando el gusto. Bueno, y porque el chorizo sube el colesterol, eso también.

De manera que, ¿cuáles son las composiciones idóneas para compartir, gritarle al mundo que estás ahí o, sencillamente, fastidiar a los demás? Pues las menos complejas e irresistiblemente pegadizas. De hecho, si un estudiante de violín adolescente tuviera que recoger a sus colegas para salir un sábado por la noche, jamás llevaría en el coche la Sonata Nº 1 en Sol menor de Bach, entre otras cosas, porque se quedaría sin amigos que recoger. Hay un momento para todo y una música para cada momento. El resto es una mera cuestión de gusto y en cualquier género siempre existirán los himnos y los temas, digamos, más elaborados, fruto una sólida formación musical. Hasta en el Death Metal…

 


Otro asunto son aquellos que sin, ser jóvenes ni tener a nadie con quién compartir, se regodean fastidiando a los demás con el volumen brutal de su música. Para definirles, me viene a la cabeza un viejo refrán familiar.

Mi abuelo era de Chinchón, un pueblo madrileño famoso por el juego de cartas, el anisete y porque en su plaza Mayor se rodó 55 días en Pekín. Allí conservan el aceite de oliva en unas tinajas grandísimas de tal manera que, para saber cuánta cantidad contienen, los lugareños simplemente las golpean. De aquí mi abuelo extrajo un adagio que aplicaba a las personas: “La tinaja que más suena, la que menos aceite tiene”. Pura fanfarronería.

Y dicho esto, procedo a continuar mi siesta con el firme propósito de, cuando despierte, abrirme un plan de pensiones.

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