Variaciones

Variaciones

Se recomienda acompañar con el disco «Bach, The Goldberg Variations, Glenn Gould», grabado entre abril y mayo de 1981 en los estudios Columbia de Nueva York y publicado bajo el sello CBS Records – Masterworks en septiembre de 1982.

Aquella mañana el Steinway sonaba más ronco. Él había llegado muy temprano y por un rato a todos nos pareció un tipo normal, uno más, alguien que buscaba la aprobación de los demás. Años después supimos que la noche anterior había confirmado lo que siempre sospechó: que moriría solo. Dicen que ella le quería mucho y que estuvo a punto de dejarlo todo para irse con él. Imagino que lo hubiera hecho de no ser por los niños.

Mis cascos no son capaces de evitar las carcajadas de una pareja de jóvenes en los asientos traseros del autobús del aeropuerto. Ahí van tan felices. Aria, canturreos del pianista y risas combinan bien y siento gratitud hacia aquel tipo maniático y aprensivo que dedicó su vida a capturar en vinilo la música compuesta en otro tiempo y en otro lugar por otra persona. ¿O quizá no fuera otro? Después de un vuelo intercontinental me pongo así. Debe ser el exceso de oxígeno en cabina.

El teléfono irrumpe en las variaciones. Es mi hermana. Le digo que el vuelo ha estado bien y ella que todos me esperan en el tanatorio. Me hubiera gustado reconciliarme con papá pero no va a poder ser. Y no me voy a sentir mal por algo que no tiene remedio. Con la tercera siento un calor en el pecho y vuelve la gratitud. ¿Ahora a mi padre? Alucinante. Lo cierto es que si me pude ir a Nueva York a pesar de él fue gracias a él. Seguro que se sintió fatal pero no me hizo ningún reproche cuando le dije que había vendido el coche que me había regalado hacía menos de un año. Con ese dinero compré los billetes y viví los primeros meses. Mucho tiempo después tuve hijos y supe lo duro que debió ser, con casi setenta años, ver marcharse a tu hija a buscarse la vida al otro lado del mundo con el delirio de que quiere ser cantante de jazz. Recién licenciada en Medicina. En aquellos meses no pensé en ellos ni un momento. Tampoco me voy a sentir mal por eso, aunque lo intente. Ni por esto otro, que, después de cinco meses sin llamar ni escribir, menudo cabreo se agarró mamá cuando le dije que echaba de menos su comida. Yo solo intentaba ser cariñosa pero la verdad es que ni siquiera eso echaba de menos. ¡Qué carajo, tenía veintitrés años y estaba en Nueva York! Me encantan los trinos de la séptima. Y esas escalitas ascendentes me obligan a cerrar los ojos. Ni siquiera les conté que acababa de encontrar trabajo. Claro que no les hubiera gustado mucho saber que su hijita del alma, la doctora, se dedicaba a limpiar. Y no les hubiera consolado saber que limpiaba el estudio de grabación donde un tipo estaba capturando la esencia del universo. Esto no se lo podría haber dicho porque me acabo de dar cuenta ahora con la lucidez de los años y el exceso de oxígeno.

Cuando terminaba mi turno me las arreglaba para demorarme un rato y verle. La primera vez fue por simple curiosidad: ¿por qué se llevaba todos los días el acolchado de su asiento? Yo limpiaba por la noche y disfrutaba por el día. Haciendo nada: caminando por las calles, yendo en metro o comprando huevos caducados. La novena entra de puntillas. Como yo la primera vez que me colé en la pecera, que es como llaman a la habitación donde están los técnicos, separada por una luna de vidrio de los músicos. El músico es un pez para el técnico. ¿O al revés? Nadie me prestó atención. El tipo llegó, saludó y se sentó sobre el armazón de la silla, un listón de madera que apenas sería capaz de sujetarle el isquion. Pensé que debía ser el afinador. Ningún pianista se sienta así. Yo había visto algunos. Mi padre era muy aficionado y de vez en cuando me llevaba a conciertos en los que me aburría razonablemente. Pero no. Era él. Y empezó a tocar. Años después vi un documental en el que mucha gente afirmaba que verle tocar había cambiado sus vidas.

La ciudad está colapsada y el bus rueda muy despacio. Eso también lo agradezco. Decimotercera. Simple y tan hermosa. Dos melodías que se entrelazan. Calor. Es invierno, hace mucho frío y llueve. Según me dijo mi hermana lleva así más de un mes. A él le apasionaba el cielo nublado. ¿Fue Einstein el que dijo que lo primero que debe hacer todo ser humano es decidir si el universo es amigable u hostil? Imagino que para él era muy hostil y buscaba la protección de los cielos cubiertos y la soledad del estudio de grabación. A mí me gusta el sol. Hay alguien durmiendo en un saco sobre el felpudo de una local en venta en el que antes había una clínica de cirugía estética. Me pregunto si aquí la gente estará contenta con sus cuerpos. El del saco se levanta y comienza a recoger. Es un hombre joven y no tiene aspecto de vagabundo. Si fuera verano pensaría que es un turista.

La decimosexta me sobresalta. Me parece estar viéndole ronroneando como un gato, encorvado sobre el piano, acariciando el aire con una mano, la mandíbula oscilando nerviosa mientras tararea, cerrando los ojos y rozando las teclas con delicadeza y abriéndolos para golpearlas con fuerza. ¡Qué cabrón! Desde aquel día me quedaba un buen rato todas las mañanas. Hasta que alguien me vio y me pidió café. Con el tiempo llegue a ser una más del equipo. Nunca abrí la boca pero seguro que él me hubiera escuchado. En una entrevista le oí decir que sus discos eran mitad autocráticos, mitad democráticos. No entendí muy bien lo que quería decir. Él tocaba y tocaba y yo soñaba con él. Hacíamos el amor y discutíamos sobre música. Durante unos cuantos días me arreglé y le esperé a la salida. Llegué a hablar con él y hasta le invité a café sin éxito. Años más tarde leí que después de que ella se fuera nunca había vuelto a estar con otra persona. Me sentí bien al oír eso. Espero que me perdone.

Él terminó de grabar las variaciones y yo no volví a rondar por el estudio. Decimonovena. Una tortuguita veloz. En esa época había conocido a un guitarrista argentino que tocaba jazz en antros de mala muerte. Tendría doce años cuando a mi hermana le regalaron aquel disco de Louis Armstrong. Durante mucho tiempo pensé que esa era la única música que realmente merecía la pena. Recuerdo incluso haber leído a algún teórico decir que el músico de jazz buscaba la belleza mientras que el músico de “clásica” buscaba la perfección. Qué estupidez. Cuando me enteré de que él aborrecía el jazz ya era muy tarde, por fortuna. Había pasado media vida dedicada a cantar en clubes, daba clases y hasta había hecho alguna pequeña gira. Me gusta mi vida y si me dijeran que voy a morir en un mes no saldría corriendo. La vigesimosegunda avanza a trompicones, como si quisiera ir adelante y atrás al mismo tiempo. Él murió solo. Y demasiado joven. Me dio muchísima pena y pensé que debía ir a Toronto a su funeral. Había ido a funerales de gente que me importaba mucho menos. Papá, no lo digo por ti. Claro que me importas. Y siento que ahora puedo escucharte mejor. Vigesimoquinta. ¿Ves? Ya aprendí los ordinales, puedes estar tranquilo. Seguro que nos arreglamos. Es triste y bella. ¿Por qué nos gusta lo triste? ¿Qué canturrea él? Seguramente hoy en día se podría separar del piano, aunque imagino que no tiene mucho interés.

Aborrecía el público. Eso dijo. Porque sólo podía tocar cada pieza una vez mientras que en el estudio podía repetir hasta encontrar la buena. A mí todas me lo parecían pero tampoco sé distinguir un vino excepcional de uno sublime. Vigesimonovena. En algún rincón del universo alguien debe haber decidido que esta música debía ser compuesta e interpretada de esta manera. Que una determinada energía se debía utilizar para crear un Bach y un Glenn Gould y que esas energías juntas servirían a muchos para sentir agradecimiento porque el universo es fructífero y bueno. Parece que esta vez tengo oxígeno para rato. ¿O eres tú, papá?

Subimos por una carretera sinuosa. Ahí está el tanatorio. El Aria da capo termina y el bus se detiene. Hacía mucho que no las escuchaba. En qué habré estado pensando.

 

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