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Acerca de los jaleadores

Acerca de los jaleadores

Lo nunca visto, la clásica se embarra hasta los ojos en el último anuncio de la Orquestra Simfònica del Vallès. La imagen que ilustra la Novena de Beethoven que se interpretará en el Palau de la Música Catalana durante la actual temporada muestra dos veteranos compañeros de tropelías en ese fútbol primitivo que en Europa se llama rugby y en Estados Unidos fútbol americano. Se cogen del hombro, como los buenos amigos que saben lo que merece la pena y se miran con el cariño de quienes se reconocen elegidos para la gloria. Ya han llegado a esa edad en la que algunos no desean más triunfos que ver pasar las horas en comunidad amistosa y apuestan por un trago reposado de elixires que calientan el alma tras una merecida comida, expresión final y hedonística de tanto esfuerzo compartido. El compañero de la izquierda mira a su amigo esbozando una sonrisa de satisfacción, mas su compañero no necesita la correspondencia del reconocimiento visual y se abisma con placer en los recuerdos de las jugadas que precedieron al silbido final, mientras mantiene el balón bajo el brazo como si fuera la prueba y el trofeo a tanto esfuerzo heroico. Ambos visten atuendos tradicionales y no se molestan en mantener las formas ante el objetivo de la cámara –polos sudorosos repletos de fango, medias dispares que dejan entrever los tobillos recios y el cabello cano apelmazado por tierra y sudor-, pues han sido cazados en el fragor del disfrute previo a la ducha obligada.

El lema que acompaña a la imagen reza “som clàssics, som moderns” [somos clásicos, somos modernos], condición que también compartirá el hincha ideal del espectáculo, que tan bien entenderá la pasión futbolística como la entrega sinfónica. ¿Acaso estamos ante una extralimitación publicitaria de la vivencia musical y deportiva? ¿Cuánta verdad encierra la imagen que acabamos de describir? ¿Existe algún trasvase de actitudes entre ambos mundos, aparentemente opuestos? ¿Lo culto y lo popular deja de tener cabida cuando se trata de fanáticos –el término fan no deja de ser un apócope- que entregarían sus vidas por la causa y venderían su alma al diablo por ser correspondidos en triunfos? ¿Puede hablarse de un trasvase enfermizo entre los apasionados de la música y los del fútbol? ¿Horowitz o Messi? ¿Cristiano o Kempff? ¿Oeeé, oeeé, oeeé, Dudamel?

La música fue antes que el fútbol, desde luego, pero siempre hay quien entona cánticos cuando entra en juego eso de patear un balón –en alguna ocasión fueron cabezas-. Convengamos que el melómano fue anterior. Estamos ante un individuo que siente un amor exacerbado, excesivo, por lo musical, y que dedica tiempo y dinero al disfrute de la pasión que siente por ese ancestral arte amparado por la musa Euterpe, ‘la de placentero genio’, hija de Mnemósine y de Zeus, como el resto de sus hermanas. Pero si es verdad que existe una raigambre mítica, la culpa terrenal a tanto melómano la tiene el dramaturgo y músico francés Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, que alrededor de 1781 acuñó el término para designar a todos aquellos tocados por la locura o querencia desmedida y furibunda vinculada a la música. Nobles melómanos ha habido desde entonces, aunque hay que esperar al siglo XX para encontrarnos con nombres como los de Ludwig Wittgenstein, un obseso del compositor alemán Felix Mendelssohn, al que dedicó párrafos enteros de Cultura y valor para alabar las obras del pianista.

Entre las características del hincha melómano encontramos que, por lo general, éste posee un sinfín de conocimientos relacionados con el campo que le apasiona: la base de datos mental resulta ingente, directores, orquestas, intérpretes, grabaciones, fechas, curiosidades que no les cuesta apenas acumular y que expresan prolijamente a la menor ocasión, sea o no propicia, pues toda ocasión lo es para ellos cuando no existe el freno al valor de la pertinencia. Son inconscientes perpetuos de los que a menudo se huye para preservar el equilibrio personal y no acabar cometiendo un asesinato (sería homicidio si no hubiera ocasiones en las que hay conciencia de querer matar).

Como los hinchas futbolísticos, a menudo se atreven a poner en práctica su pasión, pero en ningún momento se trata de una ocasión banal, amateur, en ellos todo es absolutamente profesional. Tocan algún instrumento con la violencia con la que otros corren la banda, y presumen de sus glissandos y sus pizzicatos como otros lo hacen de sus regates y sus goles ante la grada de sus fans particulares. Creen así conseguir la admiración de quienes los rodean, y a menudo lo consiguen, casi siempre justo antes de rozar lo cansino y provocar la espantada generalizada. Sólo queda a su alrededor el canario que, enjaulado, no puede escapar del azote mortal del fanático.

El hooliganismo melomaniaco no está visto como un trastorno psicológico, aunque algunos pondrían objeciones a que no se trate de una enfermedad, y que su vivencia no implique un riesgo para la propia persona o para su entorno. De hecho, puede que estemos ante un trastorno enmascarado del espectro autista, dado que sólo la música despierta en este colectivo una necesidad de atenderla tan intensa que no focalizan en ninguna otra vertiente de su existencia. No hay amante ni placer que valga cuando se trata de alabar el sujeto de su pasión. Una mirada médica tal vez revelaría la disfunción de varios circuitos cerebrales, así como las estructuras involucradas en el desarrollo de la relación social –en este caso por exceso, por cansinos-, como puedan ser la amígdala, los circuitos frontoestriados y temporales, así como el cerebelo. Todas ellas zonas afectadas por la hipersensibilidad ante tanta ansia musical desbocada.

Hace unos días, Javier Pérez Senz escribía en su crónica para El País que “a sus 46 años, ajeno a las modas y presiones del mercado, [Arcadi Volodos] sigue deslumbrando por su espectacular virtuosismo y, cuando conviene, resuelve pasajes de dificultad extrema con una digitación tan asombrosa como su potencia sonora. Ahora lo esencial en su arte pianístico es la hondura en la expresión, el fraseo rico en matices, la belleza del sonido. Y con esas cualidades conquistó nuevamente un Palau repleto de fieles admiradores”. La clave está en el adjetivo “fieles”. La fidelidad tiene un punto de ignición –siempre hay combustión y fuego en el fan-. En el caso de la que se profesa a Volodos puede que se iniciara cuando el promotor Josep Maria Prat se encargó de programarle en la temporada Ibercamera. Corría el año 2000 cuando el pianista ruso, que a la sazón contaba 28 años, irrumpía en este ciclo con un recital legendario (Schubert, Rajmáninov y Liszt) que acabó con once bises. Bautizado en los noventa como el nuevo Horowitz, cuenta Prat que el insondable Volodos le sugirió que podía hacer un bis más “y así batiremos el récord de mi debut en el Carnegie Hall”, cuando alguien del público desplegó una pancarta desde la zona de coro del Palau de la Música para pedirle la Marcha turca, ha recordado Marciel Chavarría en La Vanguardia. ¿Una pancarta en la zona del coro del Palau? ¿Volodos, no quiero un hijo tuyo, sino dos? ¿Arcadi, te vienes a cenar a casa?

La anécdota bien parece una escena de Fiebre en las gradas, la novela convertida en historia de amor con la que el no menos melómano Nick Hornby quiso rendir cuentas a su pasión futbolera por el Arsenal entre 1968 y 1992. Porque, aparte de los caprichos del gusto y las amistades, pocas cosas son las que podemos elegir nosotros a tierna edad que no sea nuestro equipo de fútbol, o nuestro jugador favorito. También al fanático musical le ocurre lo que al protagonista del libro de Hornby (autor asimismo del generacional Alta fidelidad y de una preciosa compilación ensayística de selecciones musicales titulada 31 canciones). El fútbol y la música como obsesiones paralelas que se viven con vehemencia: los avatares de un equipo o de una orquesta, de un entrenador o de un director, de un delantero o de un solista, terminan por confundirse con los avatares personales, hasta el punto de que los resultados afectan al estado de ánimo del maniaco hasta conseguir gobernar cada instante de su vida.

Blanca Cia contaba hace escasos días en El País que “a Josep Pons, director de la Orquesta Sinfónica del Liceo, le encanta tirar del símil deportivo para explicar la evolución de una orquesta. Dice, por ejemplo, que para que un equipo de fútbol sea bueno hacen falta muchas horas de gimnasio, de pases a pelota parada o de rondos. Trasladado a una orquesta, como la del Liceo, Pons asegura que hay que propiciar la formación de cuartetos de cuerda y de otras agrupaciones de música de cámara, para que, después, la orquesta al completo suene mejor. ‘Si existe la complicidad de haber trabajado en grupos más pequeños, con una mirada o un gesto –pongamos por caso la de Christopher Walken en la película El último concierto– te entiendes perfectamente’, explicaba hoy Pons al presentar un nuevo ciclo de conciertos, Las cámaras del Liceo.” Se trata, sin ir más lejos, del Homo ludens vislumbrado por Johan Huizinga en 1938, para quien el juego es una actividad inherente al ser humano que debe concebirse como parte intrínseca de la cultura. El hombre que juega, el hombre que toca (recuérdese aquí la acepción del verbo jouer francés), o en última instancia, el hombre que ve jugar, el hombre que ve tocar. Y a todo esto añadámosle el concepto de ultra como hipertrofia de esa pasión desmedida.

Johann Sebastian Bach dijo una vez aquello de que el propósito final último de toda música no debería ser ningún otro más que la gloria de Dios y la revitalización del alma. Lo que estaba lejos de intuir el genio germánico es que para algunos Dios se encarnó en hombre, pero no nació en Palestina, sino en Argentina. Maradona y su famosa “mano de Dios” o las Variaciones Goldberg interpretadas por Glenn Gould al principio y al final de su carrera son tan decisivos para la historia de la Humanidad como los Stradivarius o el contrapunto. En el fondo no son más que artes de la fuga enmascaradas para un vivir placentero.

Numerosos expertos alaban los beneficios que pueden encontrarse en ambas disciplinas vividas con pasión, siempre que mantengamos a raya las subidas de colesterol y la presión arterial. Entre ellos se encuentra la estimulación de la capacidad cerebral y la creatividad, la mejora de la apreciación de las artes, el hecho de que tengan propiedades curativas, su actuación como reductor del estrés y, por supuesto, el que sirvan de ayuda para expresar las emociones. Al igual que estudios específicos han demostrado lo que tienen en común los fans de la música clásica y los del rock, otros habrán de llegar a conclusiones parecidas: ambos grupos sienten un amor incondicional por la magnificencia (Adrian North, Universidad de Heriot-Watt de Edimburgo). La materia de sus sueños es grande, es sagrada.

Pero los hinchas también cometen pecados, sobre todo los malos hinchas, que siempre son los falsos hinchas: se van del campo/auditorio antes de tiempo; abandonan al equipo/orquesta en las derrotas; muchos son clasiqueros, aquellos que van sólo a los partidos o representaciones importantes, a los derbis o a los clásicos; los aficionados comepipas son al fútbol lo que los instagramers a la música, acuden al evento mientras consultan el móvil permanentemente o viven la experiencia como un modo de pasar el rato mientras suben la foto de rigor (sí, ahora la fotos se suben); los que siguen a un intérprete o director, sin importar la orquesta a la que pertenezca; los que alientan sin saber por qué y desconocen el anecdotario o la historia de quien tienen delante; los que abuchean a su propio equipo cuando más los necesita; o, puestos a clasificar, los VIP, aquellos que no animan, ni aplauden, ni jalean y dejan una enorme mancha de asientos vacíos en los palcos tras el descanso.

Al fin, como aseguraba el siempre adelantado Manuel Vázquez Montalbán en Fútbol. Una religión en busca de Dios, “llegamos a la conclusión de que en algún momento de nuestra infancia percibimos el instante mágico en el que un artista del balón [o del arco, o de las teclas, o de la batuta…] consigue ese prodigio inolvidable que relatarán los que lo presenciaron, luego los que no lo presenciaron y finalmente entrará en la memoria convencional de las generaciones futuras.” Ya se encargarán los ultras de recordárselo al mundo. A todos esos hooligans musicales o futbolísticos se les reconoce a leguas, puesto que les ha desaparecido aquel útil mecanismo de defensa que algunos llaman sentido del ridículo. Gabriel García Márquez se ufanaba de haberlo tenido y de que empezó a estorbarle tras ver un partido entre los equipos colombianos de Junior y el Millonarios. Como todo hincha intempestivo que se precie, a partir de ese momento, lo único que deseó el autor de Cien años de soledad fue convertir a cualquiera a su nueva religión. Un jaleador de Nobel. Ay, y sin embargo, cómo se les quiere a esta horda de jaleadores. Qué haríamos sin ellos. Es la ternura que llama a nuestra puerta. No hagamos como que no estamos en casa. Démosles, al menos, un pequeño refrigerio y enseñémosles el camino a la puerta antes de que conviertan nuestro hogar en un infierno. Seamos misericordes, por Pelé, por Menuhin, por Cruiff, por Karajan. Por la afición.

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