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El momento de lanzarse a la aventura

El momento de lanzarse a la aventura

Festival de Taragalte 2018

Raros son los viajes que no dejan ningún recuerdo en la memoria. Hay algunos incluso que llegan con el tiempo a la categoría de inolvidables. Entre estos se encuentra el que me llevó al Festival de Taragalte en el año 2018. El origen de este viaje se lo debo agradecer al mítico “Festival au Désert”, que se venía desarrollando desde el año 2001 en diversos lugares del norte de Mali. Durante su existencia se convirtió en un punto de encuentro para la difusión del patrimonio cultural de las diversas etnias que conviven en Mali, ganando prestigio internacional a raíz de la presencia de artistas como Robert Plant.
Los graves acontecimientos políticos derivados del colapso del régimen de Gaddafi en Libia allá por el 2011 y sus consecuencias dramáticas en la región del Sahel acabaron con la celebración del Festival.
La idea de viajar a Mali quedó por tanto suspendida en el tiempo, pero no así la búsqueda de alternativas.
Pasó el tiempo y hace escasos años se barajó la posibilidad de viajar a Saint Louis en Senegal con motivo del festival de Jazz, pero no fructificó. En esa época, investigando el panorama musical en Marruecos descubrí el Festival Gnaoua de Essaouira y poco después el Festival de Taragalte, y entonces supe que había llegado el momento de lanzarse a la aventura. La idea de volver al último lugar donde llega la carretera asfaltada, a las puertas del desierto, era irresistible.
El Festival nació en el año 2009 como forma de promocionar el patrimonio cultural de las poblaciones nómadas a la vez que impulsor del desarrollo socio cultural de la región. Se desarrolla una vez al año en los meses de octubre/noviembre. El nombre Taragalte significa en lengua tamashek lugar de encuentro. El epicentro del festival se encuentra en el oasis de M´Hamid el Ghizlane, un lugar por donde transcurrían en ambos sentidos las caravanas que cruzaban el desierto del Sahara hasta las orillas del rio Niger. Este lugar de paisajes maravillosos está amenazado por el avance de las arenas del desierto y la sequía. Es por eso que el festival, aparte de ofrecer un espacio para la música, se dedique a ofrecer, para quienes estén interesados, charlas y debates sobre la realidad social, económica y ecológica y los enormes retos a los cuales se enfrentan. Asimismo, los locales tienen una buena ocasión para la venta de artesanía de cuero, orfebrería, ropa, turbantes, puestos de comida, especias etc.
La organización ofrece por un precio muy digno la opción de recogida en Marrakech y traslado hasta el festival en un viaje de dos días, haciendo noche a mitad de camino en Zagora. Nosotros elegimos esta manera de viajar, muy cómoda, ideal para los que dispongan de pocos días y no conozcan bien el terreno. Para el resto que no tenga problemas de tiempo queda el sabor de la aventura y el reto de llegar hasta destino por medios locales (esta opción no la descarto para el futuro, Covid mediante). A quienes os guste ver mapas, como es mi caso, comprobaréis que para llegar desde Marrakech es necesario cruzar la cordillera del Atlas y atravesar el maravilloso palmeral del valle del Draa.
A la entrada del festival te entregan una tarjeta de acreditación para los conciertos y comidas y te asignan una tienda de campaña (nada de Quechua, una al estilo del desierto). Basta muy poco tiempo para adaptarse al diferente concepto de tiempo, a perdonar pequeñas cosas como el horario siempre aproximado del comienzo de las actividades, el cambio de planes o la cancelación de los eventos; al fin y al cabo estás viviendo una experiencia única . Además no hay que olvidar que aquí manda la naturaleza y si algo se constata al momento es la enorme fragilidad del ecosistema y la insignificancia del ser humano frente a la fuerza del desierto. Se aprende a valorar nuestras comodidades occidentales, a economizar el agua y a ducharse con el contenido de un simple cubo.

La edición de aquel 2018 estaba dedicada al escritor francés Antoine Saint Exupery, un enamorado de la cultura nómada y del Sahara, fuente de inspiración de su famoso libro El pequeño príncipe.


El cartel tenía como grupo estrella a Tinariwen, quizás el grupo con mayor proyección internacional de la cultura tuareg; un proyecto de artistas del norte de Mali que surge a comienzos de los años 80 en Libia y Argelia en los campos de refugiados, que ha viajado con su música por todos los puntos del planeta. Pero hubo otros artistas muy interesantes invitados, como el maliano Habib Koite, los marroquíes Daraa Tribes, el grupo local Generation Taragalte, o Lo Jo de Francia. La cantante Oum, habitual del festival y parte del equipo organizador también se subió al escenario para deleitarnos con su voz hipnótica. Me dejo en el tintero algún otro grupo más, pero la memoria es por naturaleza selectiva.

Sin duda hubo momentos que se han quedado grabados en la memoria, y en particular el último día cuando se levantó al mediodía una tormenta de arena que no dejó de arreciar hasta bien pasado el atardecer; el campamento se convirtió en un pequeño caos, la gran jaima donde se encontraba el comedor voló literalmente, el pequeño mercadillo instalado por los locales quedó inutilizado (surrealista el momento vivido al atardecer dentro de una tienda, apretujados, sin apenas luz, el viento soplando sin parar, sujetando la tela para no salir volando, mientras intentaban cocinar unos pinchos morunos que nunca llegamos a comer). Las rachas de viento tumbaron numerosas tiendas de campaña, entre ellas la nuestra, que quedó parcialmente derrumbada y transformada en un colador de arena En un primer momento, vinieron a ayudarnos para hacer un muro provisional con los restos de la tela de la tienda, pero muy pronto se vio que la arena seguía entrando por todos los lados; nuestras mochilas quedaron cubiertas en un manto de arena y hasta bien entrada la tarde no nos proporcionaron otra tienda de campaña donde alojarnos.
A todo esto la tormenta no arreciaba, ofreciéndonos unas imágenes bellísimas en medio del caos. Dábamos por perdido el día, la programación se canceló y todos nos arremolinábamos en torno al edificio central a la espera del fin de la tormenta. Al atardecer nuestros pensamientos se centraban en como dormir esa noche sin salir volando, cuando de pronto cesó la tormenta y en otro ejercicio de eficiencia logística pudieron montar un escenario dentro de una jaima donde se instalaron los músicos de Tinariwen. Por obra y gracia de Allah misericordioso el concierto se llevó a cabo, en un ambiente nocturno mágico. Tinariwen no defraudaron y pusieron el broche final perfecto para un festival maravilloso.


Al día siguiente iniciamos la vuelta a Marrakech, tristes y llenos de arena pero con la idea de volver.
El mito del festival de Taragalte había comenzado ya en nuestras mentes …

http://www.taragalte.org/

 

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