Voces del Iceberg: Un viaje musical en la Fundación San Cándido. Parte 1

A principios del verano avistamos el iceberg, un coloso de hielo que, a pesar de las inclemencias del tiempo, se mantuvo firme. Con el paso de los meses y la llegada del otoño, comenzamos a trazar los planes para nuestra expedición. Así, un sábado de noviembre, desembarcamos y establecimos nuestro campamento base en la Residencia San Cándido. Allí, un grupo de intrépidos exploradores aguardaba para acompañarnos en los sondeos que nos llevarían a descubrir la vasta y oculta masa de hielo oculta bajo la superficie del mar, sosteniendo la punta de ese iceberg que sonaba a música.
Contábamos con todas las herramientas necesarias, aunque en realidad no teníamos claro qué íbamos a necesitar en esa aventura en la que utilizaríamos, eso sí, la creación musical colectiva. Un teclado, un ukelele, un saxofón, una guitarra y una variedad de instrumentos de percusión de todas formas y tamaños nos esperaban, listos para ser percutidos, sacudidos o tintineados, creando infinitas bases rítmicas. El campamento, sorprendentemente cálido y acogedor para ser un gran bloque de hielo, se iluminaba con la luz que entraba a raudales por una amplia cristalera que ofrecía vistas al Parque de la Vaca —¿acaso alguien lo conoce por su verdadero nombre?—, invitándonos a sentir la conexión con el mundo exterior.
“Estoy encantada de estar aquí”, saludó Cris, La Cris, quien, junto a Yoel Molina, sería quien guiaría a los participantes durante los tres fines de semana que duraría nuestra exploración. En medio de un ordenado desorden, los participantes, dispuestos en círculo, comenzaron a presentarse mientras, de vez en cuando, se unía algún nuevo integrante.
EL COMIENZO
“Lo que nos proponemos es, ante todo, disfrutar. Aquí no hay presión, ni juicios; todo gira en torno a la música, a la alegría que esta nos brinda”, con estas palabras se presentó Juan Feijóo, el artífice de esta hermosa travesía. Y así, poco a poco, comenzamos a conocernos, como si cada palabra compartida nos llenase de energía para emprender el proyecto.
—¿Cómo te llamas? —preguntó La Cris.
—Ángela.
—¿Puedes cantarme tu nombre?
Sin dudarlo, Ángela entonó su nombre, y el grupo, como un eco armonioso, lo repitió.
La siguiente fue Elvira.
—Yo soy gallega, de Ferrol —anunció Chichí, y el coro respondió a modo de eco de su nombre.
A María no le hicieron falta invitaciones; se lanzó con un vibrante “Mariiiiiiiaaaa”, y todos la acompañaron en un unísono “Mariiiiiaaaa”. Emilia no encontró el modo de que la voz saliera de su boca, pero La Cris lo hizo por ella. Así, el grupo fue sumando nombres: Miguel, Pablo, Rosa, Amparo… Nuria, la directora, se unió con un sonoro “Nuuuuriaaaa”, y el coro resonó en respuesta. Aaaaaana, Aaaaalba, Mariiiiiita, Manueeeel.
Poco a poco, el hielo del iceberg comenzaba a derretirse y Yoel aprovechó la oportunidad para presentarse. Con entusiasmo expresó su deseo de escuchar las canciones que habían acompañado a cada uno a lo largo de su vida, aquellas que les enseñaron sus padres o abuelos: “Sería maravilloso irnos de aquí habiendo aprendido esas melodías que se pierden en el tiempo”.
El ambiente se fue caldeando y Manuel trajo al presente el momento de su infancia en el que se aprendió la canción de San Fermín. Sin dudarlo, se lanzó a cantar: “uno de enero, dos de febrero…” Luego, evocando a Nino Bravo, un coro se unió a él para entonar: “al partir, un beso y una flor, un te quiero, una caricia y un adiós…” La Cris, contagiada por la energía del momento, empezó a hacer percusión corporal y el grupo culminó la melodía con un entusiasmado aplauso colectivo.
En ese momento, Chichí tomó el testigo y, con voz firme, cantó en gallego un poema de Rosalía de Castro: “adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos, adios vista do meus ollos, no sei cando nos veremos…” Mientras La Cris iba deshaciendo una madeja de algodón que repartía entre los participantes, Amparito recordó que había nacido en el 36, en tiempos de guerra. Así, poco a poco, fuimos conociendo detalles de las vidas del resto y descubriendo las canciones que algunos se animaron a compartir.
El grupo coincidió en que Ángela tenía mucho que aportar. Había cantado en coros durante toda su vida y ahora disfrutaba versionando canciones conocidas con letras que ella misma escribía. Su gran éxito en ese encuentro fue una adaptación de ´Las chicas de la cruz roja’, que ella transformó en las de San Cándido: “las chicas del traje blanco, el de naranja azulado, unas lo tienen granate y las que nos cuidan lo tienen morado. Son todas maravillosas, nos tienen encantados y a Candy, nuestra mascota, lo tenemos todos mimado”.
Pablo confesó que no recordaba ninguna de las canciones de su infancia: “Ha pasado el tiempo, qué tristeza, ni oído ni voz”, pero en un instante se dejó llevar y comenzó a cantar ‘Muñequita linda’. Amparo explicó que siempre iba cantando por los pasillos, lo que no significaba que estuviera loca, sino, simplemente, que le gustaba cantar. La locura del repertorio que afloró en aquel primer encuentro fue absoluta.
Toñi se lanzó con entusiasmo, entonando: “la Virgen del Pilar diceeee, que no quiere ser francesaaaa, que quiere ser capitanaaa, de la tropaaaa aragonesa”. Manuel, sin perder el ritmo, se unió con “Santander la marinera”, mientras Pilar se dejaba llevar por la melodía de “La Parrala”. Pepe, a sus 98 años, advirtió que su voz ya no era la misma, pero, desafiando su propia limitación, cantó no una, sino dos canciones: “borrachera tuve anoche, borrachera esta mañana, borracho tengo que estar el resto de la semanaaaaa”. Manoli, se sumó con “Viento del norte”, y La Cris sorprendió a todos al hacer percusión con dos cucharas de madera. Pura celebración en esa primera jornada de contacto.
Afuera, el sol brillaba con fuerza, y a través de las amplias cristaleras, se podía observar en el parque cómo un grupo de unas 50 personas hacía ejercicio al aire libre. En nuestro pequeño iceberg, Ángela se atrevió a versionar la salve rociera, mientras María se lanzaba con otra de Nino Bravo, en un ambiente ya totalmente cómplice que marcó el inicio de Iceberg.
LOS GUÍAS DE LA EXPEDICIÓN
La Cris y Yoel Molina son los músicos profesionales que, como faros en la penumbra, guiaron al grupo a lo largo de esta travesía. Dos almas artísticas de perfiles totalmente dispares.
La Cris se embarcó en esta aventura con la ilusión de desvelar las historias ocultas tras las miradas de los participantes. “Nunca sabemos qué se esconde detrás de una persona mayor, pues son muchas las capas que las envuelven. Podemos acercarnos con calidez, permitiendo que ese hielo se derrita poco a poco, hasta que se revele lo que habita en el interior de esa masa. La música, en este sentido, actúa como el calor que derrite el iceberg, estableciendo un vínculo de confianza que es nuestro objetivo primordial”.
Esta “artesana musical rara”, como le gusta definirse, decidió centrar su creación musical creación en la figura de las madres, consciente de que las personas mayores suelen evocar con nostalgia a sus progenitores. “Me enfoqué en este tema para entrelazar voces y generar un primer registro colectivo que, a su vez, se pudiera convertir en un regalo para las familias”.
Si bien comenzó su formación musical en el conservatorio estudiando piano clásico, pronto se sintió fascinada por otros instrumentos más accesibles e, incluso, por la música corporal. Así, ha llegado a convertirse en una multi-instrumentista versátil, capaz de ofrecer conciertos y performances, componer bandas sonoras, impartir talleres y seguir explorando en busca de nuevos recursos musicales. “La música vertebra todo lo que me interesa”, confiesa.
Precisamente, una parte esencial de su contribución a este iceberg se centró en la realización de diversas dinámicas de percusión corporal, donde cada integrante participaba según sus capacidades.
Por su parte, Yoel Molina es productor musical, multi-instrumentista, docente y mentor de proyectos musicales. En 2020, decidió trasladarse a Valderredible, Cantabria, con el propósito de enfocarse en la producción musical y reconectar con las raíces de su familia.
En ese entorno nació el grupo Casapalma, una colaboración entre Yoel y e Irene Atienza, que se dedica a reinterpretar temas tradicionales, incorporando “frecuencias más propias del pop alternativo, la electrónica experimental y el reggaetón lento”. Desde el primer momento, Yoel tuvo una visión clara de su propósito en esta travesía hacia el descubrimiento de nuestro iceberg. “Mi gran obsesión es establecer un diálogo entre lo que existe y lo que ha existido. Es fundamental tender, con respeto, los puentes necesarios. Los jóvenes, a menudo, anhelan más de lo que imaginamos conectar con sus raíces, y, sorprendentemente, la mayoría de las personas mayores se muestra más receptiva a las estéticas contemporáneas de lo que podría parecer a simple vista”.
EL DESARROLLO
Si algo quedó claro tras la primera sesión, aquella en la que se “rompió el hielo”, fue que la exploración se llevaría a cabo siguiendo dos hojas de ruta, aunque al final todos convergeríamos en un mismo destino.
Desde el inicio, el proyecto había contemplado la división del grupo en equipos más pequeños, lo que permitiría un trabajo más cercano y personal. A partir de la segunda jornada, se implementó esta metodología. La Cris permaneció en el acogedor espacio acristalado con vistas al parque, mientras que Yoel se instaló en el salón de actos del centro, situado a unos metros de distancia. Un sencillo sistema de rotación garantizó que cada participante pudiera disfrutar de, al menos, tres sesiones con cada uno de los mentores.
El punto de partida del trabajo de La Cris consistió en infundir calidez humana, con el propósito de derretir ese Iceberg “hasta descubrir lo que se ocultaba en su interior”. Lo esencial aquí no fue tanto la creación de canciones, sino la construcción de un vínculo de confianza y cariño que permitiera desvelar la música que ya habitaba en cada uno.
Los participantes comenzaron a compartir recuerdos sobre sus madres, evocando a esas mujeres que se revelaron como valientes, generosas, cariñosas y luchadoras, aunque también estrictas y, en ocasiones, distantes, según el caso. Esa fue, precisamente, la gran apuesta creativa que La Cris transformó en música, dando vida a lo que terminó llamando ‘La Orquesta de Mamás’, un proyecto que comenzó con un puñado de testimonios y se fue enriqueciendo con el paso de los días, añadiendo más detalles y figuras maternas a la narrativa colectiva.
Así supimos que la madre de Fina, llamada Aleida, había fallecido en París en un incendio, junto a su hermana de diecinueve años. La madre de Manuel, según contó divertido, se llamaba Esperanza, aunque todos la conocían como Curra; cuando su vecino llamaba a la burra, ella, desde su hogar, solo escuchaba el “ra” y se asomaba a la ventana, respondiendo con la ilusión de que se referían a ella.
Las historias de las madres unieron al grupo en torno a esos sentimientos y recuerdos que hasta entonces habían permanecido ocultos, generando una melodía cargada de emoción. Algunos compartieron simplemente el nombre de la mujer que les dio la vida, otros relataron experiencias concretas, y hubo quienes trazaron perfiles más sentimentales.
Juntos descubrimos que la madre de Rosario se llamaba Victoria Eugenia, como la reina, aunque todos la llamaban simplemente Victoria. La madre de María se llamaba Isabel. Era, según contó, hermosa, cariñosa y bondadosa, poseía una cultura excepcional y falleció a los treinta y dos años, dejando en este mundo cuatro hijos. La madre de Chichí se llama María Rita. A sus noventa y siete años vive en una residencia de Ferrol y se alegra con las visitas de su nieta, a pesar de que ya no reconoce a nadie.
La madre de Elena se llamaba Balbina y había tenido seis hijos, de los cuales cinco aún vivían. “Era una mujer extraordinaria y siempre acudía en ayuda de quienes no tenían. Yo era muy pequeña y recuerdo que me enviaba con cosas escondidas para ayudar a otra familia del pueblo, pues mis padres tenían pensamientos diferentes. Ella me decía: ‘que no lo vea papá’. Yo era tan solo una niña, tenía seis años o poco más. Cuando mi madre falleció a los setenta y ocho años, las hijas de esa familia vinieron desde el pueblo hasta Palencia para el entierro”.
La madre de Rosa, que se llamaba Ángeles, fue una mujer muy trabajadora que se quedó viuda con seis hijos cuando ella nació. Carmen recordaba una infancia colmada de felicidad junto a su madre, también de nombre Carmen, y sus tres hermanos. “Era una mujer simpatiquísima. Yo puedo haber sacado algo de ella, pero muy poco”, explicó modestamente.
Trinidad era el nombre de la madre de Pablo, quien, en un arrebato de carácter, no dudó en propinarle un bofetón en la cara cuando, siendo un niño, se refirió a una mujer embarazada con la expresión “iba preñada”. “Ese era el carácter de mi mamá”, recordó con una mezcla de respeto y cariño.
A pesar de que la madre de Milín había fallecido a los cuarenta y ocho años, ella la recordaba en presente, como si aún estuviese a su lado. Su nombre era Emilia, y el emocionado recuerdo de su figura le impidió continuar hablando.
Con su voz metálica, Pinape compartió con el grupo que su madre se llamaba Angelines y que era maestra. Recordó que en su hogar siempre reinaba la música: su padre tocaba el violonchelo, su tío Jesús el violín, y ella, en un intento de afinar sus orejas, decidió lijárselas, aunque, como confesó con humor, “no me valió de nada. Seguí teniendo las orejas igual”.
“La Orquesta de Mamás ha sido capaz de crear belleza a partir del dolor. Ha sido un proceso fascinante en el que han sucedido cosas extraordinarias, como el momento en que Ángela, sin saberlo, cantó el nombre de su madre, Manuela, justo en el tono de la música que yo había compuesto. O cómo, a veces, si eliminábamos las palabras, solo con la prosodia casi se podía entender lo que nos contaban”, explicaba Cris, quien adornó esta sucesión de recuerdos sobre la figura materna con acordes, hasta dar forma a una poderosa canción.
Además de esa orquesta, La Cris desarrolló con los integrantes de la expedición una serie de dinámicas de percusión corporal, adaptadas a las diversas movilidades de los participantes. Algunos utilizaban las palmas, otros percutían su pecho o golpeaban el suelo con los pies. “Son cuerpos que llevan consigo toda una historia, y de eso trata el bodymusic”. El grupo también practicó distintos ritmos con instrumentos acompañándose mientras entonaban un repertorio integrado por canciones conocidas por casi todos.
La campaña de exploración de Yoel se centró en torno a un set de producción musical que recreó algo parecido a un estudio de grabación profesional. La intención era grabar diversos sonidos para convertirlos en percusiones o en elementos armónicos o melódicos, con los que crear nuevas piezas musicales a partir de canciones tradicionales. El primer paso consistió en recuperar aquellas melodías aprendidas en la infancia, que, al principio, resultaron estar algo mezcladas con versiones adaptadas para coros o con composiciones más contemporáneas, como ‘Santander la marinera’ o ‘Viento del Norte’.
El proceso llevó su tiempo pero, poco a poco, comenzaron a surgir temas interesantes, como aquel que decía: “Dónde vas morenuca, dónde vas a lavar, al arroyo, al arroyo, debajo del moral. Dónde vas morenuca, dónde tengo de ir. A peinarme los rizos, a la luz del candil”. Un tema que fue objeto de un intenso trabajo, gracias a las aportaciones de unos y otros, quienes, al escuchar cómo sonaba su voz con el autotune, se fueron animando.
Así, se pasó de una situación inicial en la que les costaba recordar canciones de su infancia, a toda una lluvia de melodías.
“Antes se volvía de las romerías cantando”, decía uno de ellos, y, sin dudarlo, se lanzaba a entonar: “cuando pasó por tu casa, paró la burra y escucho. Oigo decir a tu padre que eres tonta y comes mucho”.
Yoel pasaba el micro de uno a otro. Todos querían escuchar cómo sonaban sus voces gracias al autotune y comentaban divertidos sus sensaciones. “suena fantástico, me gusta mucho”, o “me recuerda a cuando pusieron el teléfono en casa y yo oía a mi padre hablar por teléfono y me sorprendía lo mucho que cambian las voces. Yo ahora oigo cómo me ha grabado Yoel y es que no parezco yo, es como lo del teléfono”.
En una de las primeras sesiones, Pepe grabó la primera canción, que luego se completó con percusiones elaboradas a partir de golpes de bastón y ruidos de sillas de ruedas, todo ello sobre una melodía que decía: “paso el río, paso el puente. Siempre te encuentro lavando. La hermosura de tu cara el agua alba llevando. Si vas a Reinosa, bájate en Pesquera, verás que chavalas más guapas te esperan”.
Y aunque al principio parecía complicado hallar una canción tradicional, una vez que la expedición se puso en marcha, el iceberg de la creatividad hizo que lo difícil fuera seleccionar entre tantas opciones, pues apenas uno terminaba de cantar, otro se reenganchaba con un nuevo tema. Así descubrieron que muchos se sabían ‘El Molondrón’, aunque en distintas versiones.
El encargo de Yoel para el próximo encuentro fue buscar sonidos del día a día que pudiesen incorporarse a las canciones que iban descubriendo. Y así consiguieron incorporar a su caja de sonidos susceptibles de convertirse en acompañamiento de la música vocal el choque de las perlas de un collar, el tintineo de las llaves al posarse sobre la mesa, el abrir y cerrar la cremallera del bolso, el golpe seco de la tapa del asiento del andador al cerrarse, o el ‘zás’ del abanico al abrirse, entre otros.
Yoel ya había anunciado que ese puente que pretendía tender no solo serviría para traer al presente las canciones del pasado, sino también para acercar la música actual a los participantes de la expedición. Así que en una de las sesiones habló de la música y los ritmos que triunfan ahora entre los más jóvenes y puso música trap para conocer la opinión de los ‘iceberguistas’ (que si bien es una palabra que no existe, nosotros la incorporamos a nuestro proyecto). Pablo lo encontró bonito y comentó que tenía sentido; Carmen se imaginó a la gente bailando, y el grupo, al unísono, movió los brazos siguiendo el ritmo.
