Banda sonora para un cuadro: un acertijo musical

Resulta paradójico que uno de los hombres que más y mejor comunicó en música apenas dejara un puñado de palabras escritas sobre sí mismo. Por esa misma razón, contemplar el retrato para el que posó Johann Sebastian Bach (1685-1750) en los últimos años de su vida es una experiencia fascinante por la cantidad de información que podemos recabar y, sobre todo, por el vínculo directo que se establece entre el retratado y el espectador.

Bach posó en 1746 para los pinceles de Elias Gottlob Hausmann (1695-1774). No queda muy claro si lo hizo para la serie de retratos oficiales en los que el pintor inmortalizó a las autoridades y a las figuras más representativas de la ciudad de Leipzig o si lo hizo para cumplir uno de los requisitos exigidos para entrar a formar parte de la Sociedad de las Ciencias Musicales (Korrespondierenden Sozietät der Musicalischen Wissenschaften), fundada en 1738 por el matemático, médico, filósofo y músico Lorenz Christoph Mizler. Los candidatos que pasaban a formar parte de esta institución debían aportar un retrato y una composición musical.

En cualquier caso, lo que importa es lo que vemos en el lienzo: Bach posa con peluca y traje de gala y su mirada se encuentra con la nuestra. En la mano derecha sostiene una hojita de papel pautado. Al colocarse ante el lienzo de Haussmann, Bach no adopta una pose convencional de concentración o de reflexión sobre la música contenida en esa hojita; de hecho, la partitura no cae desfallecida doblándose hacia atrás debido a las largas sesiones de posado. Si hubiera sido así, no veríamos su contenido y no hace falta mucho esfuerzo visual por nuestra parte para comprobar que el texto musical se lee perfectamente. Es decir, Bach no está sosteniendo la partitura ante sí mismo, nos la está mostrando en lo que parece una invitación a mirar.

Imagen de la partitura del Canon triplex a 6 voces

 

«Canon triplex a 6 voces»

Si nuestra curiosidad acepta esa invitación, las sorpresas empiezan a llegar de manera inmediata: fácilmente identificaremos la totalidad de las notas que conforman el acertijo musical que Bach nos propone resolver con el enunciado «Canon triplex a 6 voces». Bach nos indica que cada uno de los tres pentagramas de la hojita esconde la entrada de una voz canónica, imitativa. No sabemos dónde estará, a qué altura ni en qué dirección: si siguiendo la estela de la voz original, a la manera de un eco, o invirtiendo su perfil. La única certeza que tenemos es que, una vez resuelto el puzle, de cada una de las tres líneas se habrá derivado una nueva melodía hasta entonces oculta; que serán nuestros oídos quienes validarán como correcta la solución si la polifonía resultante se acomoda en ellos en amistosa consonancia; y en un alarde final, que la unión de las seis melodías congeniará en asombrosa y feliz armonía.Quien se aventure a resolver el acertijo, sin caer en la tentación de mirar la solución que nos facilitan los musicólogos, tiene un buen trabajo por delante. La recompensa merece la pena. No obstante, nuevas sorpresas esperan tanto a quien se ponga a ello como a quien decida, simplemente, seguir contemplando el cuadro.

El pentagrama inferior, que es el que sustenta el armazón polifónico que resultará del juego propuesto por Bach, se revela inmediatamente familiar: una a una, están escritas las ocho notas del llamado «bajo Goldberg», el mismo bajo sobre el que Bach escribiera el tema principal de sus célebres Variaciones Goldberg pocos años antes. Se trata de un bajo tradicional con un frondoso árbol genealógico. Si subimos por sus ramas, llegaremos hasta el Renacimiento. Que no se inquiete el lector porque no hace falta irse tan lejos ya que, tanto en el entonces renacentista como en el ahora de Bach, dicho bajo se comportaba de similar manera y se utilizaba para lo mismo: como esqueleto melódico que servía de base para la realización de variaciones.

Además, en tiempos de Bach encontramos suficientes ejemplos ilustres de la utilización de ese bajo. ¿Una muestra? La conmovedora Aria «When I am Laid in Earth» (popularmente conocida como el «Lamento de Dido») de la ópera Dido y Eneas de Henry Purcell (1659-1695).

El denominado «bajo Goldberg» no es de Bach, pero sí suscitó el interés del compositor. Además de ser el fundamento de la conocida serie maestra de 30 variaciones, la propia Aria que las preside aparece anotada en el libro de familia musical, el cuaderno de música particular de Anna Magdalena, su segunda esposa, lo cual incide en la predilección doméstica hacia esa pieza. Y desde que nos hemos asomado al cuadro de Hausmann, Bach nos está enseñando su acertijo triple basado en idéntico bajo. La conexión entre el canon del cuadro y las Variaciones Goldberg había quedado establecida hace tiempo para los historiadores, no solo por estar basado en idéntico tema, sino porque en las Variaciones el canon es un procedimiento compositivo que tiene un evidente protagonismo: cada tres variaciones, una es un canon.
Partitura del aria de las variaciones Goldberg
«Aria de las Variaciones Goldberg»

Pero el hallazgo en una biblioteca particular de Estrasburgo, a comienzos de la década de los 70 del siglo XX, de un ejemplar impreso de las Variaciones que había pertenecido a Bach, trajo consigo una última sorpresa que vino a confirmar definitivamente dicho vínculo: se halló un folio en el que Bach había anotado, de su puño y letra, una nueva tanda de 14 cánones. ¿Adivina el lector sobre qué notas? Efectivamente, sobre las ocho notas del «bajo Goldberg». En esta nueva serie, Bach introduce un elemento que será característico de sus últimas creaciones: la exploración progresiva y sistemática de las posibilidades canónicas del tema. Bach anota los nuevos cánones en orden creciente de complejidad. El número 13, con algún pequeño retoque, es el mismo que aparece en el cuadro de Hausmann. Tras la exposición, una vez más, de un apabullante muestrario de talento, Bach escribe un «etcétera» al pie del folio que no sabemos cómo interpretar: si como una nota de humor o como la firme convicción del ilimitado potencial creativo que el compositor parece encontrar en el «bajo Goldberg».
Imagen de la partitura de los 14 cánones
«14 cánones»

Lo que sí está claro es que Bach, en el momento de decidirse a salir de su compás de silencio para posar en el lienzo de la posteridad, elige poner ante nuestros ojos un acertijo musical creado a partir de la escueta pero prolífica línea melódica que en tantas ocasiones mereció su atención y despertó su interés. Tanto como para decidirse a compartirlo con nosotros e invitarnos a participar de sus posibilidades.

Finalmente, que alguien que dedicó gran parte de su vida a sugerir imágenes mediante notas musicales haya decidido que sea una imagen la que contenga su música es un detalle que no debería pasar desapercibido en esta concatenación de guiños, ingenio y juego.

2 respuestas a Banda sonora para un cuadro: un acertijo musical

  1. No conozco el magazine. El contenido que publicais aquí, son trabajos personales o se han presentado en sesiones de trabajo? En la Filarmónica? En otro lugar?. Me interesa el tema

    1. Hola Carmen, muchas gracias por tu interés en el magazine. Los artículos que presentamos aquí son trabajos personales y originales. En el futuro no descartamos incluir contenidos relacionados con las actividades que desarrollamos en la Filarmónica y en otros lugares.

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