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Música y física, romance inmemorial

Música y física, romance inmemorial

La rama de la física denominada “cuántica” tiene más pretendientes que un protagonista de «Supervivientes». Este artículo nació precisamente de una inocente combinación de los términos música y física en Google, después de disfrutar de un entretenido momento con las placas de Chladni. Las búsquedas desembocaron en Pitágoras, sí, pero también en centenares de webs y vídeos que hablan de música cuántica, como éste. Llega, pues, el momento de separar el grano de la paja, de delimitar cuándo estamos ante una investigación seria en donde desde la física se estudia el sonido en toda su amplitud semántica y cuando estamos ante un charlatán o un impostor que trata de sacar partido de un adjetivo descontextualizado.

Los sonidos, ondas en el mundo físico, consiguen que en función de la selección de los mismos y su ordenación en el tiempo, el oyente se embelese, se enamore, arda en el fuego de la ira o desprenda lágrimas de compasión… Y hasta alcance el nirvana, es decir, se duerma, mecido por las melodías que acompañan habitualmente las sesiones de meditación o mindfulness como se dice ahora. De la primera vibración del universo hasta la última canción de Rosalía, todos esos sonidos armónicos tienen un sustento en la física, como se conoce desde aquel original experimento de Pitágoras, con el monocordio, instrumento que estaba formado por una cuerda que podía adoptar diversas longitudes. Pitágoras descubrió los intervalos que producían un sonido agradable y se dio cuenta de que, si establecía determinadas longitudes, proporcionales a cuatro, los sonidos que se producían eran placenteros. Descubrió, en fin, el sustento físico o matemático de la armonía.
Pasaría el tiempo hasta que se estableciera la vinculación de los sonidos con los herzios, pero ya antes de que se definiera que el La son 440 Hz, ya era la referencia para que las orquestas y los instrumentos se afinasen. Del mismo modo de que mucho antes de que Ernst Chladni nos maravillara con sus placas cubiertas de sal y las figuras que generan cuando se les aplican diferentes vibraciones, ya los seres humanos vibraban al son de la música desde su nacimiento hasta la muerte e incluso una vez enterrados, como sugerían Siniestro Total en una célebre canción, réquiem punk, heredero de los clásicos, la música por excelencia que acompaña al finado en su despedida.

Esta relación de la música con el ser humano que, además de la propiamente subjetiva, ha corrido paralela a la evolución de la física ha llevado a alguno a aprovecharse del adjetivo cuántico, como se ha dicho. No sólo los tunantes citados al principio, también hay intérpretes con buena voluntad que confían en el poder sanador de las melodías (que en algunos casos lo puede tener) para calificar sus composiciones de cuánticas, como Raúl Thais que actúa en lugares tan prestigiosos como la Casa Encendida de Madrid.

Ya en el ámbito más serio, donde nos encontramos con físicos que son músicos, podemos vislumbrar diferentes tendencias. Así, por ejemplo, Peter Janzen, doctor en física cuántica, pianista y firme defensor de los beneficios de la improvisación es escéptico: “Muchísimas veces, durante un cierto tiempo, casi cada semana, me preguntan qué tiene que ver la física cuántica con un área de la vida humana. En efecto, el mundo atómico y subatómico tienen resultados tan raros… y la física cuántica, una de las ramas de la física más exacta, describe estos fenómenos. El mundo esotérico capta esta parte y quiere vincularla con cierta espiritualidad. Pero en cuanto a la música, la parte de ella que se puede investigar con las herramientas de la física, en mi opinión no tiene ninguna vinculación con la cuántica. Ya ve que no soy muy partidario de quienes andan detrás de la física cuántica para derivarla a otros ámbitos humanos”.

No es de la misma opinión Gerardo García Naumis, investigador del Instituto de Física de la UNAM, quien ha comprobado que la afinidad que Albert Einstein tenía por el violín y que Max Planck sentía hacia el piano, son más que una casualidad.  En una entrevista concedida a El Universal decía: «Una de las cosas más importantes que descubrieron, a principios del siglo XX, Einstein y Planck, fue que a escalas subatómicas, las partículas se comportan como ondas. Por eso, muchos de los fenómenos que pensamos cuando hablamos de música son aplicables a la manera como se comporta el mundo dentro del átomo, lo cual ayuda a comprender también la mecánica cuántica».

Este relación entre la física y la música se observa en otros ámbitos: En nuestro magazine colabora Almudena M. Castro quien ha puesto su mirada cómplice a las relaciones entre ambos campos en diferentes publicaciones. Y al otro lado del Atlántico, Alberto Rojo lleva años combinando estas dos disciplinas en su labor divulgadora. Almudena M. Castro, que prepara un libro sobre estas vinculaciones fisico-musicales, además de ilustrar este artículo, es una apasionada de este asunto. En el Cuaderno de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco se encuentran algunas de sus referencias.

Y comenta:

“Históricamente: la música formaba parte del Quadrivium, las cuatro disciplinas que desde tiempos de Platón conformaban el saber matemático: Aritmética, Geometría, Astronomía y Música. Esta vinculación influyó poderosamente en muchas de las primeras teorías científicas y, en concreto, en el desarrollo de la Física. Cuando Kepler enuncia sus tres leyes sobre el movimiento planetario lo hace acompañando sus explicaciones de pentagramas y analizando los sonidos que debían emanar de su sistema. El mismo Newton definió siete colores (los siete que hoy atribuimos al arco iris) inspirándose en los sonidos de una escala musical. Durante toda la Edad Media y hasta el siglo XVIII, las conexiones entre las teorías físicas y musicales se suponían ‘racionales’ y de esa antigua relación provienen conceptos como el de ‘armónicos’, que se pueden encontrar en los libros de física para describir los movimientos de una cuerda o los orbitales que caracterizan a los distintos átomos.

Así que la física lleva toda su vida mirando a la música para explicarse. Janzen considera interesante, en este ámbito, que dará para un próximo artículo, las investigaciones que se vienen haciendo en colaboración entre la Física, la Biología y la Neurociencia sobre cómo se hace la música hoy en día y cómo se hará en el futuro. “He dedicado mucho tiempo para conocer cómo una cierta interpretación musical, la improvisación, influye en el cerebro. Se está investigando, por ejemplo, qué tipo de música interviene en el estado de ánimo de las personas. Si de verdad supiéramos qué tipo de música influye en nuestros sentimientos y emociones, una composición creada ex-profeso para ayudarnos a ser felices, entonces se podría componer música destinada a generar el bienestar de las personas. Es más, estoy convencido de que las empresas que trabajan en el ámbito de la inteligencia artificial están interesadísimas en estas investigaciones para generar música para generar felicidad. Tanto en el ámbito de la composición como en el de la interpretación”.
Eso sí, el físico alemán tiene claro que “cómo físico no interpreto la música de otra manera, porque hay otros aspectos de la vida que me llevan a interpretar. Cuando se piensa en música y física, siempre aparece Einstein. Que se dice que tocaba el violín como un físico a partir de sus descubrimientos. Yo creo que no. Que lo interpretaba como un ser humano”. Todo un jarro de agua fría para el romance de la música y la física. Y sobre todo la cuántica.

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