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Las melodías del habla

Las melodías del habla

La pianista y física Almudena M. Castro se acerca a los orígenes evolutivos de la música y el lenguaje

 

Búsquense un humano adulto y un humano bebé -el bebé, cuanto más pequeño, mejor. Colóquense uno enfrente del otro. Obsérvese la reacción.

El resultado, probablemente, no sorprenderá. El adulto, que hasta ese mismo momento parecía un sapiens normal, con un dominio perfecto de su lengua materna, se inclinará sobre el bebé, abrirá mucho los ojos y empezará a emitir todo tipo de sonidos agudos y sin sentido.

“¡Ah cuchi cuchi cuchi cu!“

Ahí donde lo ven, este comportamiento tan tonto e inocente constituye una de las conductas más instintivas y culturalmente universales de la humanidad, una pieza fundamental para estudiar los orígenes evolutivos de la música y el lenguaje. Es el lenguaje dirigido a niños o “padresés”[1].

La primera vez que la psicóloga Anne Fernald se interesó por este fenómeno, se encontraba en un hospital de Munich. El hospital, debido a su ubicación, tenía la peculiaridad de atender a una gran diversidad étnica y cultural. Gracias a ello, al pasear por la unidad de obstetricia, Fernald encontró una escena de lo más curiosa: cada vez que las mujeres tenían cerca a sus niños, empezaban a entonar una especie de melodías, todas en distintos idiomas, todas extrañamente parecidas entre sí. Las mismas notas, los mismos giros, la misma voz aguda…

Con ayuda de su grabadora, Fernald descubrió lo que estaba pasando: aquellas mujeres no estaban “cantando”. Era su forma natural de hablarle a sus bebés. Pero esta forma de hablar seguía patrones muy similares en todos los casos. Para empezar, porque todas aquellas madres elevaban mucho la frecuencia de su voz (emitían sonidos más agudos de lo normal). Pero además, todas estaban exagerando la entonación y el ritmo de sus palabras, sacando a relucir, de alguna manera, la música que hay implícita en cualquier idioma hablado. En un contexto donde las palabras eran privadas de su significado, donde las madres no podían recurrir a símbolos para comunicarse,  el lenguaje se había convertido en significante puro, en melodía pura.

Estas melodías del habla son lo que en lingüística se conoce como prosodia. Y la prosodia juega un papel fundamental por varios motivos. En primer lugar, porque nos marca el sentido y la estructura de cualquier mensaje. El habla, como la música, tiene cadencias, fraseos y ligaduras. Las claves para detectarlas son también melódicas y rítmicas. La prosodia nos indica cuándo empieza o cuándo acaba una frase, nos permite entender si alguien nos está preguntando algo, si está siendo irónico, si ha terminado de hablar, o si todavía le quedan cosas por decir.

Este tipo de claves prosódicas son uno de los primeros elementos de un idioma que aprenden los bebés. Mucho antes de saber qué significa una conversación, los bebés aprenden “cómo suena”, más o menos, e intentan imitarlo siempre que pueden, como demuestran este par de tertulianos:

Pero además de estructurar mensajes, la prosodia sirve, fundamentalmente, para comunicar emociones, para decir todo lo que no se dice estrictamente con palabras.  Y para un bebé, entender ese tipo de emociones, saber si sus cuidadores le están animando, calmando o advirtiendo de un peligro, resulta mucho más importante que comprender exactamente qué es lo que le dicen.

Las emociones son, en definitiva, el primer idioma que hablamos. Y parecen ser, además, un idioma bastante universal.

Después de grabar las interacciones de madres de distintos orígenes con sus niños, Anne Fernald observó que había una serie de claves sonoras, de giros e intervalos melódicos que se repetían sistemáticamente en sus audios. En general, las madres usaban grandes saltos descendentes para premiar a sus niños, melodías ascendentes para llamar su atención sobre algo y sonidos más graves y cortantes, stacatto, para regañarlos por algo.


Fuente: The Adapted Mind: Evolutionary Psychology and the Generation of Culture. Jerome H. Barkow, Leda Cosmides y John Tooby

Para comprobar que, realmente, estas propiedades sonoras eran la clave del mensaje, probaron distintas alternativas: Usaron palabras sin sentido,  grabaciones de padresés en otros idiomas… probaron también a intercambiar palabras y prosodia —es decir, a pronunciar mensajes positivos con entonaciones negativas y viceversa. En todos los casos, los niños respondían únicamente a la prosodia. Para ellos: la melodía era el mensaje.

El lenguaje dirigido a niños es, quizás, uno de las formas del lenguaje más cercanos a la música. Sus huellas se pueden rastrear hasta la música para niños: Anne Fernald encontró que tanto las nanas como las canciones de juego recogen algunas de las claves sonoras características de su prosodia. Pero cualquier melómano puede pensar cientos de ejemplos donde música y lenguaje se combinan y se confunden: desde los recitativos de la ópera a la poesía, pasando por los mantras de la India, o algunas formas de canto litúrgico que, más que canto, parecen pura oración declamada.

Música y lenguaje son, de hecho, así de cercanos. Son las dos facetas culturales humanas más universales. Allá donde hay humanos puede no haber números, puede no haber pintura, puede no haber una artesanía especialmente elaborada. Pero necesariamente hay música y lenguaje. Por ello, musicólogos y antropólogos piensan que ambos podrían tener un origen evolutivo común.

Una posibilidad es que la música quizás surgiese del lenguaje, una especie de subproducto accidental mantenido luego en el tiempo gracias a la selección sexual. Pero existe otra posibilidad, una hipótesis mucho más hermosa y fascinante. Quizás… fuese el lenguaje el que nació de la música o de algún tipo de comunicación, fuertemente rítmica y melódica, como el lenguaje dirigido a niños, sobre la cual, con el tiempo, se fueron fijando los significados de las palabras. La música, por su parte, sería la especialización de esa misma forma de comunicación hacia su vertiente más emocional y abstracta.

Esta hipótesis se basa en una teoría conocida como teoría de la recapitulación o ley biogenética. La formulación más compacta de esta teoría dice que “la ontogenia recapitula la filogenia”, o, dicho de otro modo: cada humano reproduce, durante su desarrollo como individuo, las mismas fases que la especie humana durante su evolución. Por eso un embrión humano no se distingue fácilmente del de un ratón, pongamos, pero poco a poco, durante su desarrollo, van diferenciándose entre sí.

Si aplicamos este mismo principio a la adquisición del lenguaje, encontramos que para estudiar los orígenes del lenguaje humano debemos observar cómo aprenden a hablar los bebés y ahí es donde aparecen las melodías del habla. Quizás, los primeros homínidos parlantes usaron sus vocalizaciones para comunicar esencialmente emociones: peligro, alegría, calma, enfado. Siendo como somos monos sociales, este tipo de mensajes pudieron ser los más importantes para sobrevivir. Sólo más tarde llegaron los símbolos, las palabras con un referente externo y consensuado, que probablemente sólo los sapiens dominaron.

La idea es preciosa: pensar que cada bebé reproduce, a pequeña escala, la aparición de la lengua misma, que el lenguaje vuelve a nacer cada vez que nace un nuevo humano. Pero, sobre todo, es precioso imaginar que las primeras palabras de la humanidad pudieron ser cantadas.

 

Referencia.

[1] Traducción libre del “motherese”, término que sí se utiliza en la literatura anglosajona.

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