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Flautas de oro, de plata y de cemento

Flautas de oro, de plata y de cemento

James Galway es, probablemente, el flautista más conocido del mundo. Poco antes de cumplir 30 años de edad se convirtió en el flauta solista de la Orquesta Filarmónica de Berlín bajo la batuta de Herbert von Karajan. Apenas seis años después (y para sorpresa de todos pero especialmente, de Karajan), Galway abandonó su puesto para emprender una carrera en solitario. Su extraña apuesta terminó saliéndole bien. A día de hoy, es uno de los virtuosos más reconocidos internacionalmente, el intérprete que creó los sonidos que ya todos asociamos a La Comarca, ha colaborado con todo tipo de agrupaciones, dentro y fuera del repertorio clásico, y ha vendido más de 30 millones de discos. Pero además de esta meteórica carrera, James Galway es conocido por un llamativo detalle: su flauta dorada.

El mismo Galway atribuye a su propio prestigio el haber “puesto las flautas de oro en el mercado”1. Empezó a usar una flauta de 14 kilates cuando todavía era miembro de la Orquesta Filarmónica de Berlín y ésta le ha acompañado durante el resto de su carrera. No en vano, hoy se le conoce popularmente como, “The man with the golden flute” y no es de extrañar que muchos otros flautistas hayan querido seguir sus huellas doradas. Hoy, es habitual encontrar instrumentistas dispuestos a pagar un precio considerablemente más alto por las supuestas propiedades acústicas de este material pero… desde un punto de vista científico, la inversión no tiene mucho sentido. Si bien el bisel afecta fundamentalmente a la producción del sonido, el tubo y su material de fabricación no deberían tener demasiada importancia.

Para entenderlo, tomemos por contraste un instrumento de cuerda. Para que un violín suene, cada cuerda debe transmitir su movimiento al cuerpo del instrumento que, con su propia vibración, da lugar a la mayor parte del sonido que percibimos. Todos los instrumentos de cuerda requieren de algún tipo de caja o tabla de resonancia y en todos los casos su material de fabricación resulta ser crítico, ya que determina su capacidad para vibrar. En el viento, en cambio, es el aire mismo el que se mueve desde el principio. La función del tubo no es la de producir sonido sino, más bien, contener la onda originada en la boquilla y definir su tono imponiendo unas determinadas condiciones de contorno. En consecuencia, lo que importa es su forma geométrica, mientras que el material de fabricación es más bien irrelevante.

Desde los años 70, el físico John W. Coltman es uno de los investigadores que más ha explorado esta cuestión. En 1998, en una conferencia llena de musicólogos, pidió a su audiencia elegir entre dos flautas tocando una misma melodía. Ante el pasmo de los oyentes, incapaces de diferenciarlas, desveló su secreto. La primera era una sencilla flauta travesera fabricada con madera de cerezo. La segunda era idéntica a la primera en cada detalle de su diseño y construcción excepto por un pequeño detalle: la segunda flauta estaba hecha de cemento2.

Más allá de la anécdota, varios estudios experimentales demuestran que el sonido de los instrumentos de viento no se ve afectado por el material de fabricación3 4 5. En 2001, unos investigadores de la Universidad de Viena, llevaron a cabo un estudio a doble ciego6 con siete flautas idénticas, creadas por un mismo fabricante en siete materiales distintos: plata, oro de 9 kt, de 14 kt y de 24 kt, platino y otras dos bañadas en plata y en platino respectivamente. Su rango de precios abarcada desde los 1.000 $ a los 70.000 $. Para ponerlas a prueba, invitaron a 7 profesionales de distintas orquestas vienesas a tocar pequeños solos con cada una de las flautas y después analizaron estas grabaciones en busca de diferencias tímbricas. También interrogaron a los propios intérpretes de las grabaciones y a otros flautistas profesionales. El resultado fue contundente. No existían diferencias significativas entre el sonido de los distintos materiales. Resultaban mucho más apreciables, en cambio, las diferencias tímbricas debidas a la ejecución de los distintos intérpretes o, como decía Widholm, uno de los autores del experimento: “cualquier músico puede crear su propio sonido personal con cualquier flauta”.

Este hecho, por supuesto, no está exento de polémica. Habitualmente, los flautistas profesionales suelen calificar el sonido de las flautas de oro como más cálido y profundo, complejo, mientras que la plata se suele asociar a un sonido brillante y ligero. Es posible que haya factores subjetivos, asociaciones simbólicas y visuales que puedan llevar a esta percepción yo misma diría, desde una subjetiva sinestesia, que el oro es más cálido que la brillante plata. Por otra parte, las flautas caras, independientemente del material con que estén hechas, suelen implicar estándares de calidad más altos en su fabricación. Esto puede dar lugar a que las flautas de oro sean, de facto, mejores que las plateadas en general, sin que la causa sea su preciado metal.

Más allá de asociaciones simbólicas o correlaciones no causales, puede que el origen de las diferencias percibidas entre unos instrumentos y otros se encuentre en el efecto placebo. Es posible que las flautas caras sean mejor percibidas y más disfrutadas por el hecho de ser más caras, ante unos oyentes conocedores de su precio. No serían los primeros en verse afectados por algo así. En el año 2008, unos investigadores invitaron a 30 voluntarios a una peculiar cata de vino7. Durante la misma, todos debían probar cinco tintos Cabernet Sauvignon, de precios comprendidos entre los 5 y los 90 dólares, y puntuarlos según su sabor. ¿Lo peculiar? Que todo esto sucedía dentro de un escáner de resonancia magnética funcional, que los investigadores habían tenido el mal gusto de “dejarse” las etiquetas con el precio de cada vino y que, en realidad, los participantes no estaban probando cinco vinos distintos sino sólo tres. Los otros dos se repetían con los precios cambiados aleatoriamente cada vez. Sin saberlo, los voluntarios estaban participando en un experimento para determinar el efecto del precio en el placer percibido. Y lo curioso es que funcionó. Los participantes no sólo reportaron percibir un mejor sabor para los vinos que creían más caros sino que, de acuerdo con las mediciones del escáner, se vieron más estimulados en regiones cerebrales asociadas al placer al ver que el precio era más alto. De alguna manera, los voluntarios no estaban fingiendo, no se plegaban a la presión social, ni intentaban parecer unos connoiseurs. El vino, de hecho, les había sabido mejor porque la etiqueta les había llevado a pensar y anticipar que era mejor8.

Puede que cuando vamos a un concierto suceda algo parecido. El día D a la hora H, nos ponemos guapos, con nuestros mejores zapatos. Nos acercamos hasta un auditorio imponente, un edificio lleno de historia, belleza e inteligencia. Ya en la butaca, saboreamos con calma el programa para recordarnos que la música que va a sonar es, por méritos propios, un hito histórico tantas veces repetido y tan único cada vez. Aprendemos también que quienes la interpretan son los mejores en lo suyo. Salen los músicos y empiezan los aplausos. Puede que nos fijemos en los instrumentos y en el dorado de esa flauta, tan brillante, una obra de arte en sí misma. Todo ello nos ayuda a anticipar un disfrute que nosotros mismos hemos ido sembrando y que después recolectamos. A fin de cuentas, el placer estético de asistir a un concierto o de tocar un instrumento es una experiencia compleja, llena de símbolos y de matices. Lo extraño sería que sólo la apreciásemos con las orejas.


1The Man with the Golden Flute. Sir James Galway y Linda Bridges. 2009.

2 Karla Harby. “Unsound reasoning. Are wind musicians loving tropical woods to death?” Scientific American March 1998

3 J. W. Coltman. “Effect of material on Flute Tone Quality”. Journal of the Acoustical Society of America Vol. 49, p.520-523 1971.

4 Effect of Wall Material on the Steady‐State Tone Quality of Woodwind Instruments”. J. Backus, The Journal of the Acoustical Society of America. Vol.36, p. 1881-1887. 1964.

5 J. Backus, T.C. Hundley. “Wall vibrations in flue organ pipes and their effect on tone”. Journal of the Acoustical Society of America, Vol.39, p.936-945. 966

6 Widholm, G., Linortner, R., Kausel, W., and Bertsch, M. (2001). “Silver, gold, platinum—and the sound of the flute”. Proceedings of the International Symposium on Musical Acoustics, Perugia, pp. 277–280

7 Hilke Plassmann, John O’Doherty, Baba Shiv, Antonio Rangel (2008). Marketing actions can modulate neural representations of experienced pleasantness Proceedings of the National Academy of Sciences

8 Liane Schmidt, Vasilisa Skvortsova, Claus Kullen, Bernd Weber, Hilke Plassmann (2017). How context alters value: The brain’s valuation and affective regulation system link price cues to experienced taste pleasantness. Scientific Reports

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