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Oficios invisibles de la música: 1. Walter Homburger, representante

Oficios invisibles de la música: 1. Walter Homburger, representante

En la redacción de este magazine comenzamos a trazar la ruta de una serie de artículos acerca de los oficios invisibles de la música, aquellos que, a pesar de su importancia decisiva, pasan desapercibidos para el oyente que consume la música enlatada o en vivo. ¿Por dónde empezar? La propia invisibilidad aparente de esos oficios hace que cueste comprobar la cantidad de ellos que forman parte del engranaje de la música y que desempeñan su labor entre bambalinas: desde el técnico que diseña la atmósfera sonora y cuida de la calidad del aire que la música respira hasta un afinador de pianos en sala de conciertos, oficio preciso donde los haya y que requiere, en la búsqueda de la perfección sonora, de paradójico silencio.

Entre medio, y entre otros, un editor de partituras, quijotesco oficio en un mundo que tira de oído y de fotocopiadora o un programador de eventos, la persona que decide qué vamos a escuchar y por quién y en qué momento.

Fue una noticia de los periódicos, al informar del fallecimiento, a los 95 años de edad, del mítico representante musical de artistas, Walter Homburger, la que decidió qué oficio abriría la serie.

El de representante musical es un oficio que, además, cuenta con mala prensa. Hay una boceto previo del representante en general realizado con trazo grueso que nos lleva a torcer el gesto ante la imagen de un tipo malencarado, soberbio, caprichoso, chupasangres. Los adjetivos no son de la cosecha de quien escribe esto, están recogidos de los archivos de los testimonios y podrían continuar, pero me parece oportuno señalar que el de representante es un oficio entre dos aguas bravas, la del empresario o gestor cultural y la del representado, a quien el representante se debe como cuidador, contable, guardaespaldas, una mezcla extraña entre nodriza y domador, dueño y esclavo.

Un trabajo arduo para el que no todo el mundo está preparado porque exige astucia, psicología, saber mostrar el colmillo afilado en caso necesario y, sobre todo, hablar el idioma de la diplomacia con acento exquisito.

Walter Homburger dignifica el oficio al tiempo que lo representa a la perfección: es (fue, nos rectifica la necrológica que tenemos sobre la mesa y será, a tenor de los méritos cosechados en su larga trayectoria) un agente artístico de libro, personificación de las mejores virtudes de la profesión puestas en práctica con virtuosismo y elegancia de caballero, de buen tipo, de señor inteligente para las cosas de la estrategia, astuto para la gestión de los dineros, poseedor de un agudo instinto de psicólogo que supo aplicar a su cartera de clientes y a quienes echaban un ojo a dicha cartera para terminar señalando: este, esta, estos.

Homburger se labró un futuro con quijotesca perseverancia yendo a la contra del sentido común: siendo alemán de nacimiento, decidió viajar a Inglaterra en tiempos convulsos, lo que le valió ser acogido temporalmente como “enemigo amistoso”; de allí viajó a Canadá, descabellado entorno sobre el papel a la hora de querer desarrollar el oficio que desarrollaría una vez saliera de los diversos campos de internamiento en los que fue recluido: el Canadá de comienzos de los 40 era una extensión de terreno en la que cabría Europa entera pero poblada por apenas 10 millones de personas. Un país desconectado de sí mismo y del mundo y, por razón, dependiente. ¿De quién? De las colonias -Reino Unido y Francia- y de los vecinos, concretamente de la Costa Este norteamericana, por cercanía y poderío.

Ellos suministrarían los recursos que hicieran falta y, de paso, dictarían el qué y el cómo, e incluso el hasta cuándo; en definitiva, las modas y maneras, lo que se hacía en el mundo y de qué modo.

Para situarnos en contexto y hacernos idea, en los días que Homburger desembarcó en el vasto y despoblado territorio canadiense, sólo existía en aquellas latitudes un agente de artistas. Enseguida serían dos, porque Homburger pronto pondría sus esfuerzos a ello. Allí se convertiría en agente del legendario pianista canadiense Glenn Gould, lo que dice mucho de las habilidades de este hombre, Homburger, y a nosotros nos deja confusos porque no sabemos si profesarle una rendida admiración o sentir por él una profunda lástima.

Walter Homburger fundó en Toronto la agencia “International Artists”. Suena bien, ¿verdad? Suena bien, sí, pero de momento es lo único que hay, un nombre sonoro. Si el lector imagina una pequeña oficina con puerta de cristal translúcido a la manera del despacho de Sam Spade, detective privado, en el blanco y negro de los tiempos, acertará con la dirección de “International Artists”, podrá llamar a la puerta y ver una actividad reducida a la organización de un par de conciertos anuales casi siempre deficitarios.

No era Homburger, sin embargo, hombre que se rindiera fácilmente, sino que encarnaba la figura del hombre de negocios con visión de futuro y templanza para capear el temporal de los primeros compases de una obra que necesitaba perseverancia, perseverancia, perseverancia, lo escribimos tres veces no porque el procesador de textos se haya atascado sino como recurso trillado, por uso y abuso, pero eficaz, para representar un intervalo de tiempo notable.

Si seguimos a las puertas de “International Artists” es probable que veamos salir a Walter Homburger a buscar a su primer artista: Glenn Gould, de 14 años de edad, que lleva un tiempo saliendo en los periódicos locales como talento del piano y al que Homburger ha tenido oportunidad de escuchar, para deleite de sus oídos de melómano y de su olfato profesional.

Homburger se entrevistó con los padres del artista, el discreto, correcto, conservador, puritano, religioso matrimonio formado por Rusell y Florence, que escucharon con temor y educación y dieron sorpresivamente el sí, poniendo la única condición de que su queridísimo hijo único -hijo único porque no tenía hermanos (“la respuesta a una plegaria”, había dicho la madre al quedar embarazada a los 40 años tras una serie de abortos) y único porque Dios había esparcido generosamente un gran talento en él-, no fuera explotado como niño prodigio.

Eso no fue problema para Homburger porque Glenn Gould no fue un niño prodigio y porque el interés puesto en él se conjugaba en tiempo futuro.

Tomar las riendas de la dirección artística y comercial de un chaval que expone con vehemencia, a quien le quiera escuchar e incluso a quien no, su rechazo al repertorio escrito desde la muerte de Bach a los tiempos de Schönberg, esto es, a la totalidad del repertorio pianístico, y que expone con igual vehemencia su rechazo a la exposición pública, a la competición insana que, según él, fomenta el concierto, para colmo terreno de exhibición de egos, cosa que Gould ve con desagrado, parece una apuesta desconcertante.

El concierto era para Gould, ya a finales de los años 40, un evento anacrónico, con sentido decimonónico y un sinsentido en pleno siglo XX en que la tecnología permitirá, grabación mediante, llevar la música a casa y llevarla de parte de un intérprete que no está sometido a las presiones innecesarias del directo (“detesto al público (…) No me gusta el público ávido de sangre que acude a esos recitales como antaño acudía a los espectáculos de los gladiadores; no me gusta que haya personas de esa calaña y no me gustaría tenerlos como amigos”), y que, a través del disco, se comunicará con su oyente en una atmósfera sonora más cercana y propicia (“Bach escribió su música para oyentes que estaban cerca del instrumento; es imposible recrear esa atmósfera cuando tienes que hacer un ingente esfuerzo para proyectar el sonido a la última fila de un auditorio de 4.000 localidades”).

Apostar por alguien como Gould para llevar las riendas de su carrera artística parece insensato o dice mucho de la habilidad de Homburger, que fue paciente, dialogante, que ejerció de padre y psicólogo a tiempo completo, que tendía a tomarse con sentido del humor lo que a otros habría desesperado, que supo esperar y ser comprensivo cuando los nubarrones se cernían con especial virulencia sobre su representado, y que supo ser convincente y allanar el terreno las pocas ocasiones en las que soplaban aires propicios.

Fue Homburger quien consiguió que la discográfica Columbia diera el visto bueno para que un artista primerizo grabara, en 1955, una obra poco comercial que muchos pianistas de primera división graban al final de su carrera o ni siquiera la contemplan, las “Variaciones Goldberg”, de Bach. El álbum se convirtió en un éxito de ventas sin precedentes, cuyos ecos todavía perduran, y significó el inicio de la leyenda Gould.

Sólo puede ser brillante alguien que, con un representado frágil físicamente, frágil emocionalmente, que tiene unas ideas como las expuestas un par de párrafos atrás, inseguro pero genial, es capaz de llevarlo de gira por la Rusia soviética en 1957, convirtiéndolo en el primer artista de nacionalidad canadiense/norteamericana en pisar suelo soviético tras atender y resolver satisfactoriamente complicadísimas negociaciones a tres bandas: la del gobierno canadiense –que mira de reojo a su vecino todopoderoso, el estadounidense, para no contrariarlo-, la del aparato soviético en tiempos de Kruschev, zapato en mano y misiles en los bolsillos, y finalmente las reservas del propio Gould, hipocondríaco extremo, que antes de partir se siente paralizado ante la perspectiva del horror indecible de los misterios del agua del grifo de esas latitudes, el tipo de comidas, los gérmenes y el probable horror de las camas, asuntos todos ellos que lo llevarán a pedir refugio en la embajada canadiense una vez aterricen en Moscú, ambos, representante y representado, con 50 elepés de las “Variaciones Goldberg” bajo el brazo, el mejor de los salvoconductos.

La gira será un éxito mayúsculo, con la aprobación entusiasta de la plana mayor de los maestros de los maestros del piano soviético (los maestros todavía vivos de los Gilels y Richter, quien pedirá con entusiasmo adolescente estrechar las manos de Gould, aun sabiendo la fobia del canadiense a todo contacto físico).

Los soviéticos aplaudieron los 6 conciertos abriendo mucho los brazos para hacer sonar las palmas de las manos planas, como quien toca los platillos en una orquesta, igual. A Gould le asustó mucho ese ruido seco y Homburger tuvo que explicarle que esa era la manera que tenían los rusos de mostrar lo que el simple aplauso no puede demostrar.

Gould le enviaría a Homburger muchas cartas de espantada -todas ellas expuestas con barroca educación y profusión de datos médicos ante cuadros de gravedad imaginaria- y dos espantadas reales y dolorosas: la primera, el abandono de la actividad concertística a los 32 años de edad, justo en el momento de alcanzar la cumbre. La segunda, a los pocos días de cumplir los 50 años, cuando la automedicación recetada por su neurótica hipocondría -en concreto la preocupación por la tensión arterial, que se tomaba cada 15 minutos- le ocasionaría un derrame cerebral agudo, falleciendo a los pocos días en un hospital de Toronto.

Homburger perseveró toda su vida ante las dificultades y siempre salió airoso con su inteligencia y su olfato: las dificultades del comienzo, cuando fue tratado como “enemigo amistoso”, las dificultades cuando “International Artist” fichó como primera figura en todos los sentidos al joven Glenn Gould sin saber, o sabiendo, el reverso de su talento y las turbulencias que vendrían en la travesía profesional conjunta (“Walter y yo nunca discrepamos en nada –dijo en una ocasión Gould- salvo en cuestiones de dinero, pianos, programación, fechas de conciertos, mis relaciones con la prensa y mi manera de vestir”).

Con el tiempo, y conforme su prestigio crecía, Homburger también fue pionero en traer por vez primera a Canadá talentos del exterior, como a Vladimir Horowitz, Louis Armstrong o Luciano Pavarotti y durante 25 años, fue manager de la Orquesta Sinfónica de Toronto, entidad que este verano se sumó a la larga lista de condolencias por la pérdida de un profesional brillante e infatigable y de una persona buena.

Konpartitu ofrece esta temporada el curso especial Glenn Gould. La Idea del Norte, a cargo del autor del artículo. Próxima edición del curso el 27 de noviembre y 4 y 11 de diciembre. Más información, aquí.

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