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Tú, a Boston y yo, a California

Tú, a Boston y yo, a California

Se mantenía en un discreto segundo plano, un lugar de avistamiento que más tenía que ver con el gesto humilde que acompaña a quienes saben que, sin ellos, las orquestas tendrían escasas posibilidades de rodar por el mundo. Ellos son el aliciente para que se llenen las plateas, coros y gallineros, para que se cuelguen los carteles de sold out con meses de antelación. Son los mismos que propician la cohesión del grupo y funcionan como excipiente donde el principio activo que son ellos mismos habrá de sanar los ánimos de quienes esperan escuchar algún tipo de verdad en la actuación de orquestas que suelen llevar el nombre del líder, iluminado con pan de oro. De pronto, el trompetista por el que el público ha pagado se levanta de su asiento, olvida la partitura y el atril, mira al frente. Decide que es el momento de romper la discreción y mostrar el sentido último de la velada. Es entonces cuando suena lo que no está escrito —aquí más que una expresión de excepcionalidad, se trata literalmente de lo que excede a las notas impresas en el pentagrama—, y da inicio un episodio en el que la magia improvisada se conjuga con la destreza que se acumuló en los años de práctica. Surge así esa verdad tan esperada y tan esquiva al mismo tiempo. No pasa con frecuencia. Son escasas las ocasiones en que sucede el milagro, de ahí que se conviertan en momentos que atesorar con los que hacer la existencia más llevadera hasta el futuro advenimiento de esta música simpar.
Quienes estuvieron en el Palau de la Música a principios de año saben a lo que me refiero: hacía cuatro lustros que el guardián de la ortodoxia Wynton Marsalis no aparecía por Barcelona (acabo de quemar la fotografía que atesoraba de aquella primera visita, el tiempo, que no perdona), para muchos el mejor trompetista en activo del mundo, y lo hacía al frente de la Jazz at Lincoln Center Orchestra. En una de sus intervenciones, píldoras magistrales de historia del jazz entre pieza y pieza, Wynton contó la anécdota que ha hecho que ahora esté yo aquí tratando de entender algunas cosas que les suceden a los seres humanos en general, y a los hermanos en particular. Impecablemente vestido, un tanto clásico, para no desentonar con la propuesta estética del repertorio que maneja la orquesta neoyorquina desde su fundaciónn, el segundo hijo del clan habló; ese clan que tiene en el pianista Ellis Marsalis al patriarca de esta estirpe musical de Nueva Orleans, con el primogénito saxofonista Bradford, seguido del trombonista Delfeayo y el baterista Jason, sin incluir en esta nómina a Ellis III y Mboye Kenyatta, que se han dedicado a menesteres extramusicales.
Decía que Wynton habló. Contó que los dioses le habían encomendado una misión: preservar el jazz, hacerlo progresar desde las raíces, trasladar el legado a las nuevas generaciones y mantenerlo con vida hasta nueva orden. Los dioses, claro está, fueron sus mentores Art Blakey y Dizzy Gillespie. Otros líderes de orquesta han seguido a otros dioses de este Olimpo musical, es el caso de Maria Schneider con Gil Evans. Pero Wynton lo tiene claro, tanto como que sabe que “la cosa no va de tener peinados cool ni apodos, sino de conocer bien el instrumento”, que viene a ser lo mismo que decir que se ha de conocer bien la tradición en la que el instrumento se ha expresado. Y aquí viene el asunto. Tal vez su hermano mayor, el mismo que a menudo se calza zapatos acharolados y traje de tres piezas cuando cuelga las zapatillas deportivas, la gorra de béisbol y las camisetas de sus equipos favoritos, no estaría de acuerdo con la propuesta de su insobornable hermano. En un momento del trayecto, Branford se bajó del tren; más bien cambió de tren, aunque no de vía, que sigue siendo la de hacer progresar al género hacia territorios indómitos y sustanciales, con los ojos puestos en el horizonte. Sin embargo, Branford se permite mirar por la ventanilla, pasarse por el vagón-restaurante, echar una siestecita y compartir una conversación con los jóvenes insolentes que se habrán sentado a su vera: el saxofonista sigue persiguiendo su sueño sin renunciar a convivir con las músicas que le circundan, en la idea de que ahí también hay alimento, que va bien renovar la sangre para no caer en la endogamia genética que haga aflorar el prognatismo en la estirpe de nuevos jazzmen y que, si le apuran, toda expresión musical es susceptible de ser fagocitada por el jazz, género híbrido donde los haya.
Lo que viven los hermanos Marsalis (desde el dogmático Delfeayo hasta el aventurado Jason) es lo que viven muchas familias de músicos: un tira y afloja entre la tradición y la innovación, una dicotomía en la que uno de los miembros de la familia toma la decisión de enarbolar la antorcha del fuego sagrado que habrá de iluminar el camino que seguirá el resto de mortales que decidan emprender la aventura. Otros, sin embargo, renuncian, se relajan, sienten que eso no va con ellos, evitan el peso de la responsabilidad y van por libre. Los hay que llevan bien la decisión —a veces inevitable—, y los hay que han de luchar contra el exceso de visibilidad o el defecto de transparencia. Cada cual en su guerra. Y si no que se lo digan a los hermanos de esa ficción que tanto tiene de real como la que se nos narra en Los Fabulosos Baker Boys (Steve Kloves, 1989), o las disputas entre Randy y Michael, formantes de los Brecker Brothers.
Ahora es cuando llega la nómina de hermanos a la greña, complacientes, comprensivos, o simplemente endiosados o a la sombra los unos de los otros: Sebastián y Mariano Loiácomo, Nat y Julian Adderley, Chuck y Gap Mangione, Juan y Víctor de Diego, Wes, Buddy y Monk Montgomery, Percy, Albert y Jimmy Heath, Nat y Freddy Cole, Anat, Yuval y Avishai Cohen, o ya puestos, las hermanas Katia y Marielle Labèque, epítome de la fraternidad (o hay que decir ahora sororidad, qué lío) bien llevada, puesto que siempre viven juntas. Se instalaron en Londres en 1987, después fueron a vivir a un palacio de Florencia en 1993, y desde 2005 viven en unos de los antiguos palacios de la familia Borgia de Roma, aunque mantienen residencia en París. Que Katia, después de emparejarse con John McLaughin, tenga ahora un novio treinta años menor que ella y que, sin embargo, su hermana Marielle siga conviviendo con su contemporáneo Semión Bychkov, director de la Orchesta Filarmónica Checa, no resulta impedimento para la buena convivencia. Tal vez el secreto resida en vivir en una villa de techos altos con varias alas y planta a cuatro vientos, jardín, servicio y mucho, mucho aire en los pasillos y estancias. Aunque, haciendo memoria, los Blues Brothers nunca necesitaron tanto para pasarlo bien. Será todo cuestión de saber elegir las batallas. Porque la guerra, lo puedo segurar por mis queridos Jake y Elwood, no te la quita nadie.

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