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Saliendo del armario. La autenticidad en la música

Saliendo del armario. La autenticidad en la música

23 de septiembre de 1982. Como todos los jueves me pongo a ver Top of the Pops (TOTP), mítico programa de televisión en la época pre-Internet para las gentes de pueblo que no teníamos acceso a información sobre las últimas tendencias de la música más allá de la radio. Es más, en aquel tiempo poco podía escuchar un joven punk recorriendo el dial, a excepción de la emisión del célebre John Peel.  Casualmente, es el mismo Peel quien presenta TOTP. Aquel día, esperaba a The Jam ( que esa semana estaba el número 2 en las listas con “The Bitterest Pill”): es cierto, estaba pasando de ser un punk cabreado anti-sistema para convertirme en un tipo rude boy/mod cool. Pero The Jam no aparecieron. Después de algún tema de interés de la mano de Depeche Mode o Musical Youth, cuando ya me había retirado a mi mundo interior de reflexiones nada profundas, John Peel presenta un nuevo grupo, Culture Club, con su single “Do You Really Want to Hurt Me” y a su cantante, un tal Boy George. Me quedo  extasiado ante la pantalla, sobre todo por su look, aunque la canción me gusta también. Es un momento. Un antes y un después. Luego me daría cuenta de que aquel instante era la versión de mi generación de similares momentos visuales de gran impacto dentro de la historia de la música popular, como las apariciones innovadoras de Elvis y los Beatles en The Ed Sullivan Show en 1956 y 1964, respectivamente, por ejemplo, o la hipnotizante interpretación de David Bowie de “Starman” en TOTP en 1972.

Aunque tenía algún recuerdo de la época glam, no estaba nada acostumbrado a la androginia. La aparición de Boy George no me dejó indiferente, es cierto, pero mi respuesta no coincidió con la de los amigos de clase al día siguiente (más que nada por la canción, muy pop, nada cool) o con la de la prensa popular (“¡Un escándalo!” “¡Travestismo y, por consiguiente, homosexualidad en horario de máxima audiencia!”). Como era fiel miembro de la banda guay, me mantuve con la boca cerrada. Así que aquel día continúo dentro del armario en lo que se refiere a Culture Club y a Boy George porque no es cool entre mis amigos. Y de que no es cool me doy cuenta mucho más tarde, cuando me dicen que es pop, que está fabricado, en fin, que no es auténtico como los nuestros, sobre todo en esa época cuando The Clash era la referencia (los maestros que por aquel 1982 habían sacado temas como “Rock the Casbah”, una canción seria, profunda…, ¡cómo no!).

Desde entonces, me ha interesado el tema de la autenticidad. Profesionalmente, me he dedicado al estudio de la cultura en todas sus facetas pero aquí vuelvo a ese momento de 1982 para cuestionar lo que veo como una falsa dicotomía, muy extendida tanto en el mundo de la crítica musical como entre los aficionados mismos. ¿Por qué nos gusta la música?, ¿es simplemente una cuestión de gusto auditivo? En cuanto a la música popular, por lo menos, lo dudo. La música, como el resto de expresiones culturales, se consume. Y dentro de la dinámica del consumo se vende una idea, un concepto, a través de un conjunto de formas expresivas que van más allá de la propia composición musical: es más, creo que la música popular no puede existir sin su faceta visual. De ahí, el impacto de los mencionados performances de Elvis, The Beatles o Bowie: tres exponentes por excelencia de maestros de vender sus productos. Al fin y al cabo, lo visual es un elemento clave para la experiencia humana de la música. La música es un producto y, como todos los productos, se basa en el diseño del producto (desde la estética de las portadas de los álbumes y las representaciones escénicas hasta la tecnología para su reproducción y el atractivo de soportes y dispositivos como discos, CD, tocadiscos, etc.). Y el producto principal es el intérprete.

Me interesa la supuesta dicotomía verdad/falsedad en la música: la convicción general de que algunos artistas e incluso formas musicales son más ‘reales’ que otros y, por lo tanto, más significativos, importantes y, por supuesto, geniales. Los artistas reales y la música auténtica, se dice, tienen como objetivo decir la verdad. Las grandes ventas de discos y los conciertos con entradas agotadas pueden ser bienvenidos, pero no constituyen la razón de ser de su existencia. Estos músicos auténticos crean arte por el arte. Son sinceros. Por el contrario, los artistas falsos buscan, en el mejor de los casos, entretener y su motivo es el lucro. La suya no es necesariamente una búsqueda para contar una historia. Pueden confiar puramente en la cadencia para retratar su música, y su letra tienen poco o ningún significado intrínseco más allá de la forma agradable en que interactúa en el oído.

Siendo joven, y no tan joven, caí yo en la tentación de creer en esta dicotomía. Me gustaba el punk, el ska o cualquier otra forma de música por su aspecto ‘auténtico’. Y durante años adoré ante el altar de la autenticidad. Incluso pude justificar mi gusto por un grupo como The Ramones, con su aspecto de caricatura, su música pop-punk nada sofisticada y letras huecas, expresión irónica de la vida dura, callejera, de Nueva York en los años 70. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que este grupo estaba intentando, como cualquier otro, crearse una imagen para vender discos. El objetivo básico de cualquier músico. En resumen, no hay mucho que los separe de su compañera y también habitante en la Gran Manzana de aquella década, Madonna Louise Ciccone.

Cuando se trata de artistas y estilos específicos, ¿por qué otorgamos agencia, autoridad y voz a unos más que a otros? Me parece que la respuesta se basa en nuestra percepción de ellos como más auténticos. Bob Dylan es importante porque escribe letras relevantes de una manera que Billy Joel no puede. Dylan, con sus homólogos Leonard Cohen y Neil Young entran fácilmente en la banda legítima mientras que Billy Joel o incluso Elton John lo tienen más difícil. La música soul proviene, como su nombre lo indica, del alma, en contraste con lo superficial y fabricado del reggaeton. Y si criticamos a este último por sus letras misóginas, ¿por qué aceptamos esos mismos mensajes en géneros como el blues y el soul, de la mano entre otros de Chuck Berry o James Brown? ¿O acaso es por el aspecto repetitivo del reggaeton, un signo para muchos —incluso Theodor Adorno— de lo infantil (¡como si fuera una cosa mala de por sí!) de la música popular? Entonces estaríamos en contra de toda forma de repetición en la música, sea de la mano de Stravinski, Ravel, los ritmos sufís o prácticamente la totalidad de la música subsahariana basada en la rítmica en cruz. ¿Es así?, ¿o es que no nos gusta porque no es auténtica o relevante? No es cool.

Siempre que un artista comienza a hablar de su proyecto como una creación personal, por ejemplo, o significativa en un contexto social o político más amplio, no se me va de la cabeza la sensación de que detrás de tal enfoque hay un esfuerzo, consciente o no, de imbuir al producto (porque siempre es un producto, ya sea un disco o una gira o lo que sea) de una trascendencia más allá de la propia producción musical. Y, sin embargo, todo el arte está pensado, planeado, elaborado, hecho, rehecho, reelaborado, etc. Muy pocas expresiones artísticas pueden considerarse una experiencia espontánea, libre de cualquier intervención humana con una intención definida. Y todo esto se aplica tanto a estilos musicales como el folk o la música popular en países no occidentales, a las composiciones interpretadas por individuos o grupos minoritarios marginados. En este sentido, ¿acaso estaríamos ante una situación donde nada, de verdad, es auténtico?

Por si acaso, a modo de conclusión, habría que decir que muy poco de este artículo es original o auténtico. Tengo una gran deuda con el libro Faking It: The Quest for Authenticity in Popular Music, de Hugh Barker y Yuval Taylor. Dentro de sus artículos sugerentes subrayaría su exploración de la variopinta creación y recreación de la canción “Where Did You Sleep Last Night?”, interpretada tan emotivamente por Nirvana en el concierto de MTV Unplugged; la defensa, desde una perspectiva estrictamente musical, del potente wall of sound único establecido por Steve Jones, guitarrista de los Sex Pistols; o la importante y, por cierto, auténtica contribución a la música popular de uno de los grupos fabricados de más renombre, The Monkees.

Y para terminar, salgo del armario en defensa de Culture Club y de Boy George.

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