Entrar0
Música sin red: crónica de un concierto en tiempos homéricos

Música sin red: crónica de un concierto en tiempos homéricos

No hace tanto, un concierto era un plan. Ahora, huérfanos de acción y planes, toda salida es una pequeña odisea. Todo es épica. Ese ingrediente, que antes era patrimonio exclusivo de los músicos artistas, hoy lo comparten también los promotores, técnicos, espectadores y, como veremos, hasta los instrumentos.

El puente entre mi último concierto y éste es José Luis Canal. Fue en Kutxa Beltza, a un mes escaso antes del confinamiento, entonces en formato trío revisitando a la Weather Report. Estuvieron formidables. Fue la última vez que bailé a tope en una sala oscura rodeada de gente. Canal es también el protagonista de mi única experiencia online, con la excepción de Nick Cave y su letanía Idiot prayer. Y el hilo entre todos ellos es el piano. Pianista y piano sin más aditamentos que el talento. Simple. Desnudo. Sin red.

Con el encargo de contar un concierto desde dentro, llega el salvoconducto imprescindible para trasladarse a municipios no colindantes. La periferia nunca ha estado tan lejos de la capital. Papeleo y aventura. Ese aire de clandestinidad que están cobrando detalles naturales en nuestra vida anterior: coger el coche e ir donde quieras, sin horario ni rumbo; fumar un cigarrillo en la calle sin mirar alrededor. Lo cotidiano es ahora una misión casi homérica. Pero para complicación, el viaje de Marcin Masecki: PCR obligatoria para viajar en avión; vuelo cancelado al hacer el check-in horas antes de viajar. El concierto en un tris de suspenderse hasta que se soluciona con cuatro escalas y muy poco margen para ensayar. Lo que se dice limando.

Voy con la sensación de ser una infiltrada entre bambalinas. Llego al Teatro Campos, entro por la puerta principal y, tras varios tanteos, me veo obligada a pedir sopitas para poder llegar a sus tripas. Han comenzado ya los preparativos de iluminación y sonido. El trabajo técnico imprescindible para que todo salga como debe. Primera sorpresa: la visión del piano de cola en el escenario. Imponente. Es momento de decidir dónde colocarlo para poder iluminarlo como pide. Pruebas, dudas, focos y colores. Primer aprendizaje: la importancia de los detalles. Como un buen traje se distingue por su interior, una producción cuidada consiste en una sala con buena acústica, el mejor piano, una iluminación elegante, un set de entrevistas con alfombra y butacas coordinadas, vasos y botella de cristal. Y un cartel constructivista, con el sello de Iban Gaztanbide.

De cuando en cuando llegan noticias del viaje de Masecki: media hora de retraso en el embarque en Frankfurt. Por si faltara emoción, la incertidumbre de si llegará a tiempo al concierto acompañará al equipo hasta primera hora de la tarde. La pregunta recurrente será: “¿Ha llegado ya el polaco?”.

Pasan las horas eligiendo tonos para la pantalla del fondo, empieza con un ámbar y un “vete saturándolo”, luego un “aquí yo me emociono”; y luego el rojo polaco, el magenta, y así hasta zambullirse en un azul piscina. Cuatro tonos componen la secuencia del ciclorama con un minuto de transición entre uno y otro. Alguien ofrece un bombón. Se va la mañana preparando las cámaras, colocando micrófonos y con las pruebas de sonido. Parte del concierto se grabará y quedará en el archivo de Konpartitu. Otro detalle de una producción con visión. Cae algún que otro pitillo furtivo en las puertas laterales del teatro, una a cada lado, con salida a dos callejones con vida propia entre buena arquitectura: el edificio de Correos y unas viviendas con balconada estilo corrala pegadas a la caja escénica, justo encima de los camerinos. Entre Madrid y Viena. Esa sensación como de calle 42 en el centro de Bilbao. Daría para otra crónica.

En el descanso de mediodía toca hacer la puesta a punto del Rolls. El especialista aprovecha la soledad para afinar el Steinway & Sons. Aún no lo sabe, pero será uno de los protagonistas del día. De momento muestra su magnificencia y su brillo impoluto de laca. Abren la tapa y quedan a la vista sus entrañas, con esa pieza de metal única que los caracteriza. Negro y oro. Alguien pregunta si se podría iluminar de cerca el piano abierto. Pecado mortal, contestan. Son muy sensibles, lo más que se puede hacer es aprovechar los focos situados en un palco del tercer piso. Se prueba. Luce precioso. Luego se verá que lo que verdaderamente le ha afectado es estar nueve meses sin que nadie lo tocara. La madera se hincha y algunas piezas se oxidan. Todo esto lo sabemos porque al comenzar José Luis Canal a probarlo, a dos horas del concierto, se oye un clac: es el pedal tonal. Por fortuna, el técnico está a diez minutos y llega a tiempo para resolverlo. Da gusto ver cómo desmonta la máquina: con la precisión de un relojero y un alicate en la mano. Canal pasea taciturno por el escenario. El fallo del pedal es buena muestra del rastro que está dejando la falta de actividad motivada por la pandemia en todo el sector. Músicos, técnicos, promotores y el propio instrumento la están sufriendo intensamente. Nueve meses de parón han dejado reseco el piano y los bolsillos de la profesión, como señala uno de los técnicos.

Por si faltara emoción, a Masecki le están haciendo otra PCR, esta vez en Bilbao. A hora y media del concierto se rematan las últimas pruebas de grabación y de sonido. Sigue un rato de silencio… Tan largo que me llama la atención. El primero en todo el día. La antesala de lo que vendrá. Momento para pensar y concentrarse.

Por fin, llega el pianista a tan solo media hora de la apertura de puertas. Simpático, con mochila y nada divo. Mira el escenario y pide mover el piano de sitio. Se nota algún sudor frío entre el equipo. Tras un pequeño tira y afloja, se llega a un entendimiento razonable para todos: apenas afecta a la parte técnica y el giro que solicita Masecki será más que lógico por su manera de tocar. Luego entenderemos por qué. Tiene muy poco tiempo para probar, pero ahí ya percibimos su calidad. La rapidez de sus dedos. Es listo. Observador. Tiene clase. Termina y pasa al camerino a cambiarse.

Y entramos en los minutos de descuento hasta que empiece la función. Ponen el sonido de sala, cantos de pájaros elegidos a propósito para compensar el encierro obligado del público. Comienza a oírse el murmullo de la gente al entrar. Pajaritos y conversaciones lejanas. Arden los Walkie Talkies del personal del teatro. Tras el telón, el técnico explica el tempo de los avisos: 5 minutos, 2 minutos, qué 2 minutos más largos, se oirá decir, apaguen los móviles… hasta que sueltan el protocolo de salida ordenada por la Covid.

A las 7 en punto empieza el concierto. Juan Feijóo presenta el programa Algo que cont@r y el plan condensado de hoy: comenzará Canal, le seguirá Masecki y, como colofón de la tarde, la conversación que mantendrá con Yahvé M. De la Cavada. Sin cortes. Hay que concluir antes de las 9 por el toque de queda. Nosotros, de pie tras los telones viéndolos de espaldas. Arranca Canal su Freestyle Suite. Media hora de viaje libre. La cabeza emprende vuelo y el cuerpo no puede evitar mecerse. Un viaje muy agradable.

Y llega el momento de Masecki. Cambia el sonido. Agita las cabezas con dos piezas desconcertantes del repertorio que presenta ahora: música polaca de los años 20 y 30, con múltiples influencias y totalmente desconocida. Insólito. Virtuosista. Descuadrado. Acelerado. Desmadrado. Suena a cine mudo, a cabaret, a charlestón. A ratos vamos galopando. Hay tango, ragtime. Marca un gurpil con el pie derecho. Lo gira. Da un manotazo al aire. Hace garabatos. Filigranas. Es Buster Keaton al piano. La película está en los pies y el guión en su cabeza. Cada mano va por libre. Sin enfadarse. De pronto, todo encaja. Qué alegría. Aplausos. Termina con un himno a Varsovia. Dice que la letra es kitsch. La música, maravillosa. Sale del escenario un poco aturdido. No me extraña. Nosotros sin dar crédito a lo que acabamos de escuchar.

Sigue la conversación con Yahvé. Saldrán Chopin, Beethoven, Frankenstein y su gusto por el piano de pared y el sonido sucio. Pobre Steinway, tan pulcro él. Ya lo decía alguien por la mañana: un piano no dura nada limpio. Y eso que el afinador lo deja impecable. La charla ayuda a comprender mejor lo que acabamos de vivir. Es difícil explicarlo con palabras, pero todos sabemos que ha sido algo extraordinario. Dejará huella en nuestra memoria.

Los críticos así lo ratifican al día siguiente. Pienso en lo que habría disfrutado mi madre. Y en el trabajo que tenemos por hacer quienes nos dedicamos a esto para conseguir que este tipo de propuestas lleguen al máximo de personas. Tratar de ir más allá del núcleo duro de sibaritas aficionados. Porque estoy segura de que lo vivido hoy lo disfrutaría cualquiera. Un momento de alegría intensa en tiempos de épica y bajón.

Cojo el coche y vuelvo a Ítaca, agradecida por la experiencia. Sé que me costará conciliar el sueño. Las notas de navidad de la Gran Vía, las luces en el Steinway quedan atrás.

Comparte:

Leave a Reply

Your email address will not be published.

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, así como el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúas navegando, supone la aceptación de la instalación de las mismas. Tienes la posibilidad de configurar tu navegador pudiendo, si así lo deseas, impedir que sean instaladas en tu disco duro, aunque deberás tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación. Más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar