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Ceremonias Kikubari

Ceremonias Kikubari

La consabida dicotomía entre el músico que se ancla a la partitura y el músico que huye en cuanto puede del papel.

Siempre existe una palabra japonesa que te resuelve el problema. El drama es que también hay una germánica que te lo desmonta. Esto de las lenguas aglutinantes es lo que tiene. La cuestión es que después de mucho darle vueltas al asunto de las razones que llevan a la gran mayoría de los músicos de clásica a renunciar a mostrarse permeables a todo lo que no sea el mundo que conocen y en el que satisfacen sus necesidades artísticas, uno llega a la conclusión de que tienen un déficit de kikubari, esto es, de estar atentos a todo desde la conexión con nuestro presente inmediato. Algo así como un carpe diem artístico aplicado con generosidad a cuantas músicas se cruzasen en el paso por la vida. Si Ki es la ‘energía de nuestra fuerza vital’ y kubari significa ‘distribuir’, kikubari supondría el arte de vivir el momento presente prestando atención a cuanto nos rodea, mediante la distribución de nuestra energía vital con objeto de conectarnos con el mundo que nos concierne. A más kikubari, más vínculos. Simone Weil diría que “la atención es la forma más rara y pura de la generosidad”. Pues no hay kikubari que valga en el mundo de la música clásica. Es como si el formato academicista viviera en una egoísta burbuja distópica fuera de la cual todo se sintiera con temor o indiferencia, nunca con empatía hacia otras músicas.

En el lado opuesto se encuentra el jazz, una música que nació con el gen fagocitador y acrisolador en sus entrañas, donde todo cabe si merece la absorción, lo que ofrece un resultado que no deja de enriquecer el género día tras día gracias a la atracción centrípeta que su núcleo ejerce sobre el resto de músicas con las que se topa. En realidad se trata de la consabida dicotomía entre el músico que se ancla a la partitura y el músico que huye en cuanto puede del papel. Ambos son médiums, pero el primero es vehículo para la expresión del alma ajena, y el segundo lo es del alma propia. No cabe duda de que el afán rebelde del último lo hace más atractivo y simpático que su contrario. El músico de jazz mata al padre en cuanto puede, mientras que el de la clásica explica con nota al pie filológica el legado paterno y su cometido reside en la interpretación rigurosa, lo más cercana posible a la voluntad de origen. La frescura enfrentada al inmovilismo, improvisación frente a literalidad, espontaneidad contrapuesta a rigidez, rebeldía frente a conservadurismo, espíritu juvenil contra encorsetamiento viejuno. La ejecución que sólo se da una vez de ese modo (de ahí la importancia del directo en el mundo jazzístico) y la que aspira a perpetuarse sin cambios hasta el fin de los tiempos: de nuevo el ichi-go ichi-e (‘una vez, un encuentro’) japonés frente a la fijación ad æternum de la composición. Vamos, haciendo amigos que anda uno con esto del reduccionismo y las simplificaciones. Es para entendernos, seamos comprensivos, que si no no hay forma. Valga como ilustración este símil cinematográfico: por un lado estaría la filmación plano a plano, secuencia a secuencia, que Gus Van Sant hiciera de Psicosis (1960) de Alfred Hitchcock en 1998; por el otro estaría el modus operandi del cineasta John Cassavetes, en el que si la toma era buena, aunque parte de ella se viera borrosa, la usaba, puesto que aspiraba a esa continuidad de las emociones, ese mantener el hilo sin interrumpirlo con otra toma que buscase la perfección. Adivinen a que se corresponde cada opción.

La cuestión es que ni todo es blanco y negro, ni hay que llegar a las manos con estos asuntos. Es un modo de afrontar el hecho de que en todos los géneros ha habido interferencias muy productivas. Aunque en caso de duda, siempre es bueno recurrir a autoridades como la de Duke Ellington, quien preguntado por las diferencias entre un tipo de música y otro dijo aquello de que la única diferencia está entre la buena música y la que no lo es, y por extensión, entre el buen intérprete y el que no lo es. A fin de cuentas, como decía aquel personaje del Decamerón de Pier Paolo Pasolini, “para qué tomarse el trabajo de hacer toda una obra perfecta cuando es tan hermoso soñarla”. Por eso a la música clásica le gustan los rebeldillos como Glenn Gould o Nigel Kennedy, porque en ellos hay una historia que contar. O como el maestro Vladímir Horowitz, tan propenso a los retiros como a las reapariciones, debido a sus inseguridades.

En esa gama de grises a la que siempre hay que aspirar más allá de humoradas, nos encontramos en la ribera clásica a intérpretes como Yo-Yo Ma, Katia y Marielle Labèque, Jean-Pierre Rampal, Friedrich Gulda, Thomas Quasthoff, Jean-Yves Thibaudet, Christopher O’Riley o jóvenes como Jess Gillam o Igor Levit que se arrojan con decisión —aunque con riesgos medidos, mucho Bill Evans, mucho Scott Joplin— a entornos tan hostiles e intimidatorios como el jazz y el pop en sus vuelos particulares. Por el otro encontramos compositores de la talla de Igor Stravinsky, Conlon Nancarrow, John Cage, George Gershwin, Dmitri Shostakovich, Bohuslav Martinu, Aaron Coplan, Claude Debussy, Erik Satie, Paul Hindemith, Erwin Schulnoff, Emil Frantisek Burian, George Auric que no dudan en apropiarse de las estrategias jazzísticas para conjugarlas con sus piezas y colorear el conjunto de su producción con alimento que escapa de su tradición inmediata. Al otro lado de la ribera, la jazzística, aparecen unos cuantos enfant terribles en algo así como una nómina de ensueño en formato de libérrima cofradía. Están ahí, entre tantos otros, Uri Caine, Jason Moran, Dave Douglas, Chucho Valdés, Herbie Hancock, Wayne Shorter, Stefano Bollani, John Zorn, Erik Friedlander, Mark Feldman, Miles Davis, Ron Carter, Jason Moran, Brad Mehldau, Joachim Kühn, Keith Jarrett o Jacques Loussier, dando carta de naturaleza a la confluencia de géneros musicales que sólo las verdaderas mentes retrogradas tratarán de mantener en compartimentos estancos. En palabras de Herbie Hancock, “el verdadero espíritu del jazz estriba en que es una música inclusiva, nunca exclusiva”. A fin de cuentas, de lo que se trata es de vivir el momento presente sin prejuicios. Libres. En ello debería irnos la vida. Por cierto, si alguno de ustedes conoce la palabra alemana que desmontaría todo este tinglado, que la comparta, porque yo todavía no he conseguido dar con ella.

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