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When you believe in things

That you don’t understand,

Then you suffer.

Superstition ain’t the way.

“Superstition” de Stevie Wonder

Cuando crees en cosas

que no comprendes,

entonces sufres.

La superstición no es el camino.

“Superstition” de Stevie Wonder

 

Ya lo cantaba el gran Stevie Wonder: la superstición —esto es, la atribución de una explicación mágica (la creencia religiosa queda excluida de la definición) a la generación de los fenómenos y sus relaciones sin prueba científica— no es el camino. La práctica, con mayor o menor grado de creencia y convicción, de rituales supersticiosos es algo contrario a la razón. Pero, claro, los músicos, por el propio carácter creativo y emocional de su actividad artística, suelen ser seres bastante irracionales.

A este rasgo psicológico se une la idiosincrasia de la tarea musical a llevar a cabo. Plena de imprevistos en su desarrollo, hay aspectos tanto internos como externos que pueden impedir alcanzar la cota de satisfacción personal y profesional deseada. Julian B. Rotter (1916-2014) teorizó en 1966 acerca de la inclinación individual a considerar si nuestros resultados, sean buenos o malos, dependen de lo que hacemos o de otros elementos fuera del control personal propio. Ello lleva a una posible división en ‘locus’ de control interno o externo. Una característica representativa de este último grupo es culpar a fuerzas externas (ya sean terrenales o sobrenaturales) de las adversidades encontradas. Ante la incapacidad de afrontamiento, quizá sólo cabría la evitación.

Arnold Schoenberg (1874-1951) fue uno de los compositores más influyentes del siglo XX. Ideó la técnica dodecafónica, proponiendo una elaboración racional del procedimiento de ordenación de las notas en cada pieza. Paradójicamente, estudiaba numerología; y la atribución de valores significativos a determinadas cifras no se limitaba al simbolismo tradicional aplicable en sus composiciones. Influyó en su vida cotidiana llegando a provocar una tremenda triscaidecafobia. Se especula que fue adquirida a raíz de que su esposa Mathilde lo dejara por un joven pintor durante varios meses en el verano de 1908, mientras estaba componiendo el ciclo de 13 ‘lieder’ Das Buch der Hängenden Gärten, Op. 15. Después de ello, y fijándose en que había nacido en día 13 (de septiembre), consultó a astrólogos y se convenció de que fallecería en edad múltiplo de 13. Comenzó a rehuir cualquier referencia al número 13: en sus partituras pasaba del compás 12 al 12a antes de saltar al 14; quitó una “a” al título de su ópera Moses und Aron para dejarlo en 12 letras… Falleció en día 13 (de julio) a la edad de 76 años. A quien conspire sobre la suma 7+6=13 convendrá señalar que sobrevivió a sus 49º, 58º y 67º cumpleaños. Pero es muy plausible considerar que fue el propio miedo de Schoenberg al número 13 lo que contribuyó a su muerte.

Otra característica del ‘locus’ externo es que quienes lo padecen no creen poder cambiar su situación mediante su propio esfuerzo, lo cual nos retrotrae a la Maldición de la Novena. Gustav Mahler (1860-1911) se obsesionó con el hecho de que Beethoven y Bruckner, sus dos grandes referentes, sólo habían compuesto 9 sinfonías antes de fallecer (Bruckner murió sin finalizar sus bocetos del 4º movimiento, pero el análisis revela esta 9ª como su “despedida”) y temió que le sucediera lo mismo. Además están las 9 sinfonías de Schubert, Dvorak o Spohr (quien compuso una 10ª, pero la retiró). Aunque estos compositores se incluyan en la hipotética lista de la supuesta “maldición”, no eran casos reconocidos por Mahler por diversas circunstancias. Y también ahí entra el sesgo de confirmación, uno de los principales errores de lógica: sólo se interpreta la información nueva de forma que sea compatible con las teorías y convicciones que ya tenemos. Mozart o Haydn compusieron muchas más de 9 sinfonías, al igual que han superado ese registro otros compositores anteriores y posteriores, por lo que no habría de considerarse tal “maldición”. Mahler, sin embargo, no les tuvo en cuenta. Cumplió la profecía en la que creía y murió víctima de neumonía cuando sólo había finalizado el 1er movimiento de su 10ª sinfonía.

Aún con todo, estos son casos extremos. Es más cotidiano y cercano a nuestro entorno observar efectos apotropaicos, esto es, actos, rituales u objetos que se utilizan como mecanismo de defensa y que, a menudo, su implementación proviene de distorsiones cognitivas. Hay algunos que tienen su origen en la influencia social. Un ejemplo sería entrar en el escenario con el pie derecho. Si tanta gente entra (o dice que entra) con el pie derecho para tener buena suerte, lo correcto ha de ser pisar de la misma manera. Es lo que se denomina la prueba social, que está relacionada, en cierta manera, con el sesgo de autoridad. Por éste, la razón no se atribuye a la mayoría, sino a alguien notable (“si Keith Richards dice que se toma un whisky antes de cada concierto, cuando me lo tome yo, tocaré tan tranquilo como él”).

Pero otros muchos actos son fruto de una falsa causalidad. Y es que, por que una cosa suceda después de otra, no quiere decir que estén relacionadas. Por ejemplo, supongamos que, el día de un recital, cierto concertista se viste con el traje sobre unos calzoncillos azules. Si el resultado es exitoso y, como decíamos más arriba, el sujeto queda satisfecho a nivel personal y profesional, no solo puede pensar que, como se ha puesto los calzoncillos azules, ha triunfado. Además surge el sesgo de supervivencia, consistente en la sobreestimación sistemática de la perspectiva de éxito. Nuestro músico ha olvidado las ocasiones en que llevaba esa misma ropa interior en conciertos de calidad mediana. Únicamente se centra en el buen resultado y ahora pasan a ser los “calzoncillos de la suerte”. Al fin y al cabo es lo único que ha cambiado ¿no? O lo que es peor, si ese concertista hace memoria y recuerda que en aquel concierto anterior en que le fue tan mal llevaba boxers de corazones, el prejuicio de retrospectiva le dictaría qué ropa interior no debe volver a llevar. Cuando lo cierto es que todo está en la mente de ese concertista. Si es cómoda, la ropa interior no influye en la música. Como suele aparecer cierto tropo narrativo en los momentos de epifanía, la habilidad estaba en su interior desde el principio.

It might make a difference

It might bring me down

But no superstition is gonna turn things around

“Superstitious” de Europe

Podría marcar la pauta;

podría hacerme caer.

Pero ninguna superstición va a cambiar las cosas

“Superstitious” de Europe

 

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